La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Cena en el Tagu
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Cena en el Tagu

Las costillas de cerdo caramelizadas a la miel del Tagu es un plato fuera de carta que Lorenzo Vilda conoce y que gracias a él disfrutamos. Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para su integración en el grupo.

—Madre que me parió, qué buenas están —babea Toribio mientras devora cual hiena hasta el último pellejo del hueso de una costilla.

—Sosiega, querido, que ya es tarde; y luego me dices a mí no sé qué del reflujo —me mofo.

Lucas levanta la mano que tiene libre en posición horizontal, y la mueve un par de veces arriba y abajo: es decir, me acaba de decir que me pire.

—Yo no sé ustedes, pero hoy me voy a ir a la cama bien tarde procesando esta información —admite Vilda.

—Luis te la repite si tienes dudas —digo.

—No, no, si la inspectora me lo ha dejado clarinete. Lo que digo es que es difícil de asimilar. Y, sobre todo, difícil de vendérselo al juez.

—Ya.

Nos quedamos mirando, hay algo de desafío entre nuestras pupilas. Vilda se decide a hablar.

—Entiendo que no me habrías invitado a cenar de no necesitarme para lo de los archivos diocesanos ni para hablar con el juez.

—Lo primero, yo no te he invitado; has sido tú el que ha dicho de venir aquí que conocías un plato que nosotros no —digo, y consigo arrancarle una sonrisa que tapa con la mano porque tiene los dientes sucios (Vilda es un grandísimo presumido)—.

Lo segundo es que no me hagas preguntas que nos estropeen la digestión de esta pedazo de cena que te debemos, precisamente, a ti.

—Oye, oye. No te creas que por regalarme la oreja voy a pagar yo, eh.

Consigue arrancarme otra sonrisa.

—Paga Toribio, no te preocupes.

Lucas levanta la cabeza del plato con los hocicos brillantes de la miel o de la grasa, y me tira un beso. Las sonrisas en el equipo son evidentes, menos en Olga, que apura la ensalada que ha pedido.

—Tranquilo, que te tire alguna puyita no significa que vaya a tocarte los cojones. Tan solo dame un poco de tiempo —pide Vilda.

—Estoy tranquilo, sé que el resentimiento necesita un proceso de duelo.

—¿Resentimiento?

Me quedo mirándolo, serio. Al cabo de unos segundos sonrío.

—Te estoy vacilando, Lorenzo. A ver si te crees que te van a salir gratis las puyas.

—La madre que os parió a todos los madrileños —dice sonriendo.

—Yo no soy madrileño, no me jodas, inspector —Toribio levanta la mano con la palma abierta.

—Ni yo —dice Pleite.

—Yo medio medio —dice Solís

—Cuenta, Amaya —pregunta Lorenzo con galantería, o con coquetería, no sé distinguir bien entre ambas.

—Nací en Donosti, pero mis padres se mudaron a Móstoles a los pocos meses de nacer yo.

—Qué horror de cambio —resume el inspector.

—Yo no cambio mi barrio por nada, Lorenzo.

Hay una especie de sintonía entre los dos, como si su origen norteño les empujara a juntarse. Aunque Amaya, como bien ha dicho, es más de Móstoles que Iker Casillas.

La charla sigue animada por Toribio, que alaba las maravillas de su Córdoba, y hasta Luis se atreve a mencionar que no hay un lugar más bonito en el mundo que Aranjuez; en estas le pido a Vilda que me acompañe fuera. Sé que él fuma y lo uso de excusa.

No le digo nada a Olga, y por el rabillo del ojo, noto que gira su cabeza como una cámara de videovigilancia siguiendo a un intruso. No voy a ceder, necesito unos minutos a solas con el inspector local.

Una vez fuera, Vilda se lía un cigarro con admirable rapidez y le prende fuego con un mechero publicitario que le acaban de dar en el propio Tagu.

—Dispara, Del Olmo —dice mientras expulsa una generosa bocanada de humo blanco y tóxico.

—Villanueva.

—¿Qué pasa con ella?

—Dímelo tú.

—¿Yo? —pregunta mientras se señala el pecho con el dedo índice de la mano libre.

Me quedo mirándolo, con una ligera mueca sonriente.

—Tengo el culo pelao. ¿No se nota?

Vilda me señala con la mano que tiene el cigarrillo, mira hacia el suelo, sonríe y da una patada a algún balón imaginario.

—Fuimos buenos amigos en el pasado, ella llevaba deportes en Oviedo, y yo jugué hasta bien mayor en el equipo de fútbol de la ciudad. Todavía no tenía hijos.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes. Y desde ya te pido que no vayas por ahí.

Levanto las manos a modo de perdón.

—Solo quiero que me asegures que no habrá filtraciones.

—¿Me lo puedes asegurar tú? —dispara. Yo alzo las cejas, sorprendido. Y giro los labios hacia el lado derecho—. Tranquilo, tan solo me ha dicho que la visitaste, nada más. Es una pedazo de profesional que ni te imaginas.

—Lo sé.

Otra calada inunda el pequeño espacio entre los dos, y aparto el humo con las manos.

—Disculpa.

—No, disculpa tú —digo, sincero—. Lorenzo…

Me mira y da una nueva calada.

—Me voy que a mí me queda media hora larga a casa, y mañana hay que madrugar.

—Lorenzo, en serio. Te necesitamos. Y no solo quería hablar contigo por lo de Esther. Si no porque avises en casa: si Antonio Abad no da positivo, vas a ver poco a tu familia en los próximos días.

—Lo sé, no te preocupes.

—Me preocupa el juez.

—Tranquilo, has hecho bien en implicarme —dice—. Aunque haya sido por mero interés.

Sonríe, le correspondo, y expulsa la última bocanada de humo antes de largarse y pedirme que me despida del resto. Cuando me giro, Olga está apostada en la entrada del Tagu.