Ayuda de Vilda
Conduce Olga.
Me apetece disfrutar un poco de su solidez al volante, aunque nos separen unos escasos dos kilómetros de la comisaría de Avilés.
Las casas de los barrios residenciales que recorremos también tienen, algunas, su encanto: bloques de edificios de unas siete u ocho alturas en cuyos laterales hay fachadas de piedra.
Y en todos, sin excepción, tejados oscuros de pizarra o de algún material que imite a la pizarra, con el objetivo de atraer el mayor calor posible en una tierra peleada con el sol.
La papeleta que tenemos es importante: lo primero es preparar al juez de cara a una probable orden contra Antonio Abad; necesitamos que se haga el test genético, y, en caso de que no se presente voluntario, habría que «animarlo».
Al juez le va a costar dárnosla, por lo que tenemos que pedir ayuda, un poquito, a Vilda.
Quiero creer que él entenderá que es nuestra mejor baza.
La segunda y más compleja, es, también, pedir ayuda a Vilda. En este caso para que nos ponga en contacto con alguien de la ciudad, de la comarca, o de la comunidad autónoma, que nos facilite el acceso a archivos históricos.
¿Por qué?
Porque la línea sucesoria del tal Eduardo Valdés se corta, y no hay más datos digitalizados en internet.
Aunque el hecho de que no haya más información en internet, no quiere decir que no exista.
Solo que no está digitalizada. Aún resuenan en mis oídos las palabras de Listín: «archivos diocesanos».
Es decir, documentos que conserva y protege la Santa Madre Iglesia.
Así, con toda la magnificencia de las tres palabras.
En dichos archivos esperamos encontrar más familia del tal Eduardo, para poder investigar y ver si nos lleva a alguien que esté vivo en la actualidad y concuerde con el perfil que buscamos.
Porque de los familiares que ha conseguido averiguar Listín con el OSINT ese, no hemos llegado a ningún puerto.
Quiero reunirme con Vilda a solas, pero Olga no está de acuerdo.
Y como no quiero soliviantarla, permitiré que nos reunamos los tres.
No conozco lo suficiente al inspector asturiano, pero sí a suficientes tipos como él para saber que no le hace gracia tener que lidiar con una inspectora.
Sobre todo, una inspectora de la talla de Olga Saavedra y del aura de magnificencia que arrastra.
—Buenas tardes, Lorenzo —digo en cuanto entramos en la comisaría y me lo encuentro en el pasillo, vestido de calle.
—Dichosos los ojos, me pillaban yéndome a Oviedo. Aquí no parezco muy útil.
—Se equivoca, inspector —dice Olga—. ¿Nos acompaña a la sala de reuniones?
—¿Ahora? Son casi las siete —protesta.
—Es importante, inspector —enfatizo.
Vilda está rodeado, literalmente, por todo un equipo de Homicidios: seis personas, dos mujeres y cuatro hombres. No puede negarse. Hace el gesto de dejarme pasar con la mano, como si fuese un torero que da un muletazo a un morlaco, y avanzamos hasta la sala de reuniones.
Una vez dentro, le pido a Pleite, Solís y Listín que se vayan. No a Toribio, y Olga se extraña de esto. La miro y aprieto los labios, mandándole un mensaje telepático de que Lucas es ahora jefe de grupo y no puedo dejarlo al margen en una reunión tan importante.
—Bien, inspector. Hemos hecho bastantes averiguaciones estos días.
—Me alegro, hombre, me alegro. Yo he estado por aquí en lugar de en Oviedo, esperando que me llam...
—Inspector, vamos a dejarnos de chiquilladas.
Si necesitas que me disculpe por no haberte contactado, me disculpo.
Tienes razón. No te hemos llamado por varios motivos que sabes bien.
Pero, insisto, olvidemos las tonterías de adolescentes que nos han separado, y vamos a trabajar.
A partir de ahora vas a estar con nosotros el resto de la investigación, porque acepto que te vas a comprometer al máximo. Sin horarios de entrada ni salida.
Los orificios nasales de Vilda se dilatan como los del imaginario morlaco al que ha dado el imaginario pase de pecho en el pasillo, minutos antes.
Alza las cejas y apoya los puños en la mesa sobre la que tiene apostado su musculoso trasero, como con ganas de impulsarse.
Pasados unos segundos, sus orificios nasales se cierran, sus cejas caen, y sus puños se abren y se separan de la mesa.
—Está bien, inspector Del Olmo. Que haya paz —propone—. Tienes que entender que es complicado para mí recibir órdenes de extraños en casa…
—No somos extraños, inspector —interviene Olga—, ni son órdenes; es estrategia y protocolo de un grupo de Homicidios.
—Sí, inspectora. Como le iba diciendo a su jefe —Vilda parece tener intención de rebajar la tensión, pero no se ahorra las puyas.
Ese «jefe» dirigido a Olga confirma que no va a ceder tan fácilmente—, por mí todo en orden.
Acepto mi parte de culpa, y me comprometo a seguir vuestras directrices y a colaborar en todo lo que humildemente pueda.
—Nada de humildad —digo—. Estoy seguro de que va usted a ayudarnos muchísimo. Olga…
Miro a la inspectora y ella ya sabe lo que tiene que hacer para que Lorenzo se amanse, de verdad, y nos ayude.