Árbol Genealógico
Le tengo que pedir a Luis que me lo explique todo de nuevo porque sigo con la modorra posterior a la siesta y no me termino de aclarar.
O quizá no asimilo lo que me acaba de anunciar.
Olga me mira como la profesora mira al niño al que ha explicado la lección dos veces y sigue sin enterarse. Los demás, expectantes y callados.
—OSINT, que creo que es la palabra que te mantiene confuso, ¿no inspector?
—Lo que le tiene confuso es la pedazo de siesta que se ha echado… —se mofa Toribio
—Que te vayas al carajo, Lucas —le hago un gesto con la mano—. No, no es eso, Luis: OSINT es internet de fuentes abiertas, si un poco de inglés sí que sé. Lo que no me queda claro es cómo un crimen de 1916 puede estar ligado con uno de 2010 solo por una investigación que has hecho por internet.
—¿No te queda claro en qué parte?
—En qué grado de familia es el supuesto criminal de 1916 con Manel García.
—A ver, los padres de Manel serían sobrinos terceros del tipo que acabó con la vida de la colmenera Agustina Sarria en 1916.
—¿Cómo sobrinos terceros?
—Mira, el padre de Manel es este…
Me enseña un rudimentario árbol genealógico que ha hecho con un programa de diseño de su portátil. Me va trazando unas líneas del árbol para que entienda la relación entre el padre de Manel García y Eduardo Valdés, el asesino de la muchacha de 1916.
—Familiares lejanos, lejanos —protesto cuando termina.
—Sí, pero comparten ADN. El tal Eduardo Valdés, un asesino de hace cien años, es familiar lejano de Manel García…
—Pero eso no significa que tenga que ser familiar lejano de nuestro hombre, porque nuestro culpable podría ser familiar por la línea de la madre de García —interrumpo a Luis, que resopla.
Olga consulta algo en el móvil—. No me queda claro lo siguiente: según estas líneas genealógicas, suponemos que hay una relación genética/familiar entre un criminal de 1916, y Manel García. Pero Manel García no es nuestro hombre.
—No, pero un primo lejano suyo sí —insiste Luis.
—¿Y?
—Pues que es bastante posible que ese primo lejano sea familia de este tal Eduardo Valdés.
—¿Y en base a qué haces esa suposición? —inquiero.
—En que hay una predisposición genética a la psicopatía —interviene Olga.
—¿Predisposición genética? ¿Me estás diciendo que el tal Eduardo Valdés era un psicópata y el que asesinó a María Ostende también porque hay una predisposición genética a la psicopatía y eso implica que son familia? ¿Has analizado la personalidad criminal de Eduardo Valdés?
—Lo que te digo es que a las dos mujeres las violaron y las mataron abriéndolas en canal con un arma blanca. Y que ambos asesinos comparten un lazo de sangre —responde Olga, molesta.
—Pero… —me aturullo en lo que quiero decir—. Pero, insisto, ¿no te das cuenta de que nuestro hombre puede ser familiar de Manel García, pero por la línea de la madre?
—En la línea de la madre de Manel no hay nada similar. Y hay más datos que en la del padre.
—¿Cómo más datos?
—Hay más familia documentada, y ninguna relacionada con ningún crimen.
—¿Y eso cómo lo has averiguado tan rápido?
—Ya te he dicho varias veces que uso un programa, un software que busca en los datos OSINT, se llama scrapper, y me extrae datos en función de unos parámetros que yo le indico.
—¿Y es infalible?
—Sí.
Me llevo las manos a la cara, me cuesta asimilarlo todo. Olga se levanta y se acerca hasta mí, me mira a los ojos y me toca la mano, con la intención de tomarme el pulso.
—¿Qué te dice tu intuición, inspector?
Me quedo callado y bajo la mirada, como si la respuesta estuviera en el falso parqué de ese reformado apartamento.
—No podemos basar la investigación en intuiciones, Olga —Retiro la mano—. No obstante, si admitimos que hay una relación de parentesco entre el tal Eduardo Valdés, y nuestro hombre… ¿cuál sería el siguiente paso?
—Lo primero esperar a los resultados del test genético de Antonio Abad García —responde ella.
—¿Y lo segundo? —insisto.
Ella suspira y mira a Listín, pasándole la patata caliente.
—Hay un problema —dice él.
—Obvio, si no, no pondríais esas caras.
Pleite, Toribio y Solís están como en una sala de cine atentísimos a nuestras diatribas. Solo les faltan las palomitas. Y es a ellos a quien me dirijo.
—¿Alguno de vosotros me cuenta el problema?
—Eduardo no tuvo descendencia —dice Amaya.
Resoplo y emito un gruñido.
—¿Entonces, Luis?
—Entonces tienes que hablar con tu «amigo» Lorenzo Vilda para que nos ayude.