La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) 1916
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1916

Primavera de 1916.

(Segundo viaje en el tiempo; apuntes de

la inspectora Olga Saavedra)

Agustina Sarria caminaba feliz por el monte.

Cansada, pero feliz. Si el invierno había sido duro en cuanto a lluvias y nevadas, la primavera había llegado soleada y ventosa, lo que garantizaba una buena floración y, por consiguiente, una buena cosecha de miel.

Agustina se dedicaba a las colmenas, al igual que su padre y su abuelo se habían dedicado antes.

Además, se había arrejuntado con un muchacho que tenía cabras, y muchas veces recorrían el camino juntos.

Si las colmenas de Agustina estaban a cinco kilómetros del pueblo, casi todo cuesta arriba, las cabras de su medio novio pastaban unos metros antes, en un pequeño prado delimitado por muros de no más de un metro, que en más de una ocasión los animales se saltaban.

Por eso Pedro, que era como se llamaba el enamorado, debía estar allí casi de forma perpetua.

Agustina visitaba las colmenas todos los días, y, como por aquellos lares eran casi los únicos humanos, el hecho de que acabaran yaciendo juntos bajo un castaño se hacía inevitable.

A Pedro no le importaba que Agustina tuviera la piel llena de picotazos, y a Agustina no le importaba que a Pedro le faltaran dos o tres piezas dentales.

Ya habría tiempo de visitar a un dentista o de comprar un mejor equipo de protección.

La vida les había regalado algo que, a sus más de treinta años, ya no esperaban y eso les hacía felices.

Por ello, Agustina caminaba contenta aquel inusual y soleado día, porque esperaba ver a Pedro apostado en el castaño que se había convertido en su nidito de amor rural.

Lo malo fue que cuando llegó al árbol, no estaba sentado Pedro, sino un tipo grande con unas cejas que no tenían límite ni entre ellas ni con su larga melena.

Un tipo con una sonrisa con más dientes de los que Pedro tendría jamás, y con unas manos que no necesitarían ningún arma para acabar con la vida de una persona o de una bestia.

—Buenos días —saludó ella, tímida y educada.

—A los buenos días, muchacha —La sonrisa del hombre inquietó a Agustina, que se abstuvo de preguntar y siguió su camino.

—Pedro no viene en unos días, está malu. Yo soy Eduardo.

A la mujer le extrañó que Pedro no le hubiese hecho llegar ningún mensaje de que estaba enfermo.

—¿Qué le ocurre?

—Unas fiebres —dijo el tipo, y se encogió de hombros.

Agustina le dio las gracias y siguió su camino, a paso más ligero del que traía y no tan animada.

Echó un par de veces la vista hacia atrás, el sustituto de Pedro seguía sentado bajo el castaño.

Sintió como si el enorme culo de aquel tipo mancillara el lugar que tantas veces había sido testigo de su amor y pasión.

Llegó a sus colmenas, se puso el rudimentario equipo de protección y se dispuso a realizar su tarea.

Después de una hora, había llenado un par de tarros de los que llevaba consigo y decidió hacer una pausa.

Cuando se quitó la protección de la cabeza y abrió una cantimplora con agua, la dejó caer del susto.

—Perdona, muchacha, no quería asustarte —dijo Eduardo mientras se agachaba a recoger la cantimplora.

Se la ofreció y ella la tomó, con la mano temblando y con mucha más sed que segundos antes.

Pese a ello, no quiso beber por no quitarle el ojo al sujeto que, cada vez más, la inquietaba—. ¿No te dan miedo las abejas?

Ella negó con la cabeza al mismo tiempo que cerraba la cantimplora.

El hombre se dio un paseo por las colmenas, de lejos, eso sí.

Desde el otro lado sonrió a Agustina, que lo miraba de reojo mientras se colocaba de nuevo la protección de la cara.

La sonrisa del tipo se le borró en el momento en el que se golpeó de forma instintiva en el cuello.

Un manotazo que debió de acabar con un aguijón dentro de la piel, y que le provocó un grito.

—¡Muchacha, muchacha, ven!

Agustina estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se decidió a ayudar a un tipo tan grande que le resultó cómico que gritase tanto por el simple picotazo de una abeja.

Eduardo se señaló el cuello y aullaba de dolor pidiendo que le arrancasen el aguijón.

La mujer se quitó los guantes y se aproximó a él; se había puesto de rodillas y le imploraba ayuda.

Ella juntó sus uñas sobre la piel del hombre y le sacó el aguijón en un santiamén.

—¿Lo has sacao? Duele mucho.

Agustina afirmó, y le dijo que se fuera a dar con un poco de barro de su prado, que se le pasaría en un rato. El hombre se levantó y maldijo y se cagó en la madre de la abeja reina y en toda su descendencia. Se marchó sin dar las gracias y Agustina suspiró, aliviada.

Después de unas cuantas horas más de trabajo, la mujer dio por finalizada su jornada. Le dio un par de mordiscos a una hogaza de pan y un trozo de chorizo de oveja, un par de tragos a la cantimplora y se dispuso a bajar hasta el pueblo con la recolección diaria de miel.

Cuando pasó junto al castaño, no halló allí a Eduardo y se alegró de ello, no se alegró tanto cuando lo sorprendió tras el cobertizo en el que Pedro pasaba muchas noches cuando las cabras requerían de su presencia.

—Muchacha, ¿quieres queso?

El tipo le ofreció una cuña de queso adherida al cuchillo con el que la había cortado.

—No, gracias, ya he comío. Adiós.

Agustina se despidió del tipo y cuando iba a acelerar el paso notó unas manazas firmes sobre su cintura y un aliento fétido sobre su nuca, que provocaron que se cayeran al suelo varios tarros de miel que portaba en su talega.

—¿Dónde vas con tanta prisa? Me tendrás que compensar por el rejonazo de tu abeja.

El hombre restregó su anatomía masculina por entre las nalgas de Agustina, que le dio un pisotón con la esperanza de que le soltara.

Como solo consiguió que el hombre la apretara con más fuerza, gritó.

Un grito que no duró más de dos segundos porque Eduardo le puso la mano en la boca.

Agustina le mordió y, esta vez sí, consiguió zafarse.

No por mucho tiempo, porque lo siguiente que notó la mujer fue la tierra meterse en su boca y romperle algún que otro diente que le pondría a la par con Pedro.

El tipo le había puesto la zancadilla y ella cayó de bruces sobre el prado.

Se montó encima y comenzó a romperle la ropa y, cuando lo hubo hecho, la metió mano entre las nalgas y sus propias babas se vertieron sobre la espalda de la mujer, que no podía ni gritar porque tenía la boca llena de tierra, ya que aquel desgraciado le apretaba la nuca desde atrás.

Cuando se cansó de mancillar su intimidad con la mano, el sujeto se desató la cuerda de pita que llevaba por cinturón, se bajó los cochambrosos pantalones y se sacudió su hombría hasta ponerla dura.

—Ahora me vas a compensar.

La penetró con violencia. Y Agustina dejó de intentar el grito porque se dio cuenta de que solo conseguía llenarse la boca de más tierra y eso la estaba asfixiando.

Se abandonó y esperó que aquello acabara pronto, para salir huyendo en cuanto aquel desgraciado se hubiera vaciado o, al menos, satisfecho.

Ya se encargaría Pedro de darle su merecido cuando se lo contara.

—No iba a ser solo el Pedrito el que disfrutara de este cuerpo, Agustina, hay que compartir —El tipo siguió embistiéndola con fuerza hasta vaciarse en un gemido más propio de una cabra que de un humano.

Se tumbó todo lo grande que era sobre la mujer y ella maldijo que no fuera tan delgado como su Pedro, porque con esos más de ochenta kilos encima no podía moverse.

Hasta pasados unos minutos no lo hizo, y entonces ella aprovechó para levantarse y salir corriendo, cosa que no consiguió porque el tipo la sujetó del tobillo y la hizo caer de nuevo.

—Tú no vas a ningún lao, que se lo cuentas a los guardias.

—Se lo voy a contar a Pedro que te va a hacer algo mucho peor que los guardias.

Quizá Agustina debió callarse aquel comentario. Quizá si se hubiera dejado hacer otra vez, hubiera escapado mejor de aquella humillante situación. Quizá Eduardo no le hubiera dado un puñetazo que la saltó un tercer diente. Ahora sí que estaba empatada con su amado.

Pero todos esos quizás no ocurrieron, y lo que hizo el tipo, al sentirse amenazado, fue estrangular desde atrás a la colmenera hasta que perdió el conocimiento.

Eduardo la creyó muerta y se agobió. Preparó, incluso, una zanja donde enterrarla.

Y cuando la hubo metido en dicha zanja, se dio cuenta de que movía los pies.

La zarandeó y, en un alarde de astucia o de instinto de supervivencia, Agustina le pegó una patada en la espinilla que lo dejó doblado de dolor.

Después se levantó, medio desnuda y con una sola sandalia, y se puso a correr.

Ya era casi de noche y entre el desmayo y la oscuridad no se dio cuenta de que lo hacía en la dirección contraria.

Cuando llegó a sus colmenas, pegó un grito de rabia.

Decidió refugiarse entre ellas. No tenía ni el equipo de protección que, aunque miserable, algo la protegía.

Por no tener no tenía ni ropa, y las abejas comenzaron a cebarse con ella.

Como si le tuvieran algún tipo de resentimiento por llevarse la miel.

El sujeto no se hizo esperar, y Agustina se agachó con la esperanza de que los panales la ocultaran lo suficiente. Aguantó con estoicismo los más de veinte picotazos que sufrió. Cuando estaba a punto de desmayarse, notó una mano en el cuello que la levantó en volandas.

—Ahora lo vas a pagar, muchacha, estoy lleno de aguijones.

En ese instante notó el cuchillo, con el que minutos antes el hombre había cortado el queso, rasgar su vientre.

Rasgó su abdomen y siguió bajando hacia abajo, hacia su entrepierna, provocando que se le salieran parte de los intestinos.

Las abejas se colaron entre sus tripas y se dieron un festín, culminando su particular venganza.

El tipo salió de allí cagándose en la madre de todas las colmenas y en la puta de la colmenera, de la que no se preocupó ni en enterrar. «Que se la coman las abejas».