La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Pizzas y magia
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Pizzas y magia

Miro hacia atrás todo lo que mi dolorido cuello me permite, y contemplo a Abad García de pie e inclinado hacia adelante con los puños tensos, como si fuera un boxeador en la esquina del cuadrilátero antes de empezar un asalto.

Entiendo la rabia que debe sentir, porque le hemos puesto entre la espada y la pared, o para salirnos del tópico: entre la jeringuilla y la pared. Algo tan simple como una muestra de sangre para un test de ADN puede exonerarlo de cualquier duda o sumirlo en la miseria para siempre.

—¿Entonces vais a hacer lo mismo con el resto de la familia de Manel García? —pregunta Toribio.

—Solo con la que sea necesario —explica Olga.

—¿Y eso cómo lo vais a saber? —insiste Amaya.

—Solís, coño, pareces nueva —increpo.

—No, inspector. Solo pregunto el criterio a seguir para analizar o no el ADN de la gente.

—Cada uno aportará su visión sobre las personas que ha entrevistado y decidiremos a quién merece la pena analizar y a quién no —aclara Olga—. Y tiene que ser voluntario, porque su señoría no nos lo va a poner fácil. De momento que haya calma que lo mismo esto termina aquí.

—¿Con el ferretero? —pregunta Toribio. Por nuestro silencio todos deducen que sí—. Voluntario entre comillas. ¿No?

Mis ojos le dan la respuesta.

Olga toma el móvil y llama por teléfono.

—Inspector Vilda, necesitamos que pongan rabo a una persona —Al otro lado del aparato, Vilda debe de estar preguntando quién es esa persona y cómo osamos molestarlo si no hemos contado con él hasta ahora.

O lo mismo ha cambiado la actitud y nos da una sorpresa agradable.

Por el gesto de Olga deduzco que ni lo uno ni lo otro—.

Está bien, aunque me gustaría que fuese hoy mismo.

Nosotros tenemos demasiado volumen de trabajo y no estamos para esa tarea. Además, nos conoce a todos.

Después de unos segundos de escucha, la inspectora cuelga.

—No nos va a ayudar, ¿verdad? —pregunto.

—Dice que hará lo que pueda.

Suspiro y llamo por teléfono al comisario Alamillos. Si hay que tirar del Director Adjunto Operativo de la Policía, se tirará. No voy a tolerar que se nos escape un sospechoso claro porque al tocapelotas de Vilda le dé la gana.

El comisario me dice lo mismo: que hará lo que pueda.

Llego al apartamento de mala hostia; sin embargo, Listín y Pleite nos reciben con aroma a tomate, mozzarella y orégano que me levanta el apetito y el ánimo al instante. Devoramos las pizzas y la cerveza sin alcohol, y le doy las gracias a los dos inspectores por el detalle.

—No todo va a ser comida asturiana —dice Pleite.

—Esto engorda tanto o más —protesta Olga.

—Pero si te lo has zampado igual —incide Toribio, que recibe una peineta de la inspectora.

—Si nadie saca copa y puro, nos ponemos con el sumario —bromeo.

—He pedido la orden al juez de intervenir todos los teléfonos de la familia de García.

Y de pedir las BTS de hace catorce años a las compañías.

También he verificado lo del coche blanco, en efecto solo el primo que entrevistaron Toribio y Amaya lo tuvo.

Tengo la matrícula, y estoy pendiente de que tráfico envíe datos.

—¿Alguna posibilidad de conseguir imágenes de cámaras de seguridad de la época?

—Aparte de las que consiguió la Judicial de aquí en 2010, no. Se ven varios coches blancos a unos kilómetros del lugar donde se encontró el cuerpo, pero imposible ver matrículas, ni siquiera qué modelos eran —aclara Pleite.

—Su puta madre … —protesto. La indignación me dura poco, porque no tenemos tiempo para ello—. Bien, vayamos entonces al turrón: Olga se va a encargar de pedirle al juez el requerimiento para que Antonio Abad se someta a una prueba de ADN.

—Si no se ofrece él mismo mañana de forma voluntaria —aclara la inspectora.

—¿Cómo le ves, Saavedra? ¿De qué pie cojeará? —pregunta Listín.

—Hemos hecho bien el poli bueno y el poli malo con Del Olmo —contesta Olga—. Creo que sí, que mañana a primera hora lo tenemos en comisaría.

—¿Y quién ha sido el poli malo? —pregunta Pleite.

—¿Tú ves a la inspectora con cara de hacer el mal?

—No me jodas, Del Olmo —protesta ella.

Nos reímos en grupo. El humor siempre sienta bien en cualquier relación entre humanos, más entre los que rebuscamos entre el propio mal de nuestra especie.

—¿Qué hacemos ahora, Del? —pregunta Amaya.

—Yo me voy a echar una siesta que no he dormido una «M». —señalo el lugar en el salón—. Vosotros colocad en la pizarra esa tan chula que ha comprado Pleite todos los nombres del caso; si lo hacéis rápido, os ponéis también a descansar. Tenéis dos horas.

—¿Y después? —pregunta Olga.

—Después nos vamos a la comisaría a organizarlo todo con Vilda. Habrá que solicitar sanitario para el análisis, supongo que podrá venir alguien de su equipo en Oviedo… —un bostezo me interrumpe—. Bueno, me voy al catre. Que nadie me despierte a no ser que encontréis al culpable en estas dos horas.

—Cuidado con ese cardias, inspector, que acostarse recién comido no es bueno para el reflujo —se mofa Toribio, y se lleva de regalo otra peineta mientras me encamino a la habitación.

Cuando me despiertan a las dos horas, no han encontrado al culpable, aunque…

—Del Olmo —dice Listín inclinado sobre mi cama—. Tengo algo que necesitas ver.

La noticia que me enseña en el portátil me despabila en el acto de la modorra post siesta.

Es pura magia.