La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Antonio Abad García
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Antonio Abad García

El ferretero sale dando bandazos con los hombros y arramblaría con cualquiera que se cruzase en su camino; por fortuna ni un alma lo hace y llega hasta el camuflado en el que las ventanillas están convenientemente bajadas, y parte de mi cabeza asoma por la más cercana a su negocio.

—Buenos días, Antonio. Gracias por atendernos.

—¿Otra vez tú?

—Me alegra que me recuerde.

—Que no te alegre tanto, hombre.

El tono del tipo me pone de mala hostia. Saco la placa y, con mi mejor sonrisa, se la pongo casi en las narices.

—Inspector jefe Del Olmo, si no te importa.

—Muy bonito, ¿y qué quieres?

—Señor Abad, le pido por favor que entre y se siente en el asiento del copiloto —Olga interviene con sabiduría al notar el exceso de testosterona pulular por el plomizo aire avilesino. El tipo no se va a amedrentar por una placa policial, y me doy cuenta del error.

Antonio duda, aunque al verse rodeado por tanto madero, da la vuelta al coche y entra en la plaza delantera indicada por Olga. En cuanto se sienta, vuelve a preguntar qué queremos. Saavedra se identifica y le hace, otra vez, las preguntas de rigor.

—¿Otra vez con lo mismo? Ya declaré cinco veces en la comisaría, y el otro día volví a hacerlo ante otro de sus compañeros.

Ya me investigaron y me pusieron en evidencia delante de mi familia y mis amigos.

Y a punto estuvieron de cargarse mi negocio.

¿Qué coño más quieren ahora? Yo no conocía a esa mujer, ni la había visto en mi vida.

—Ahí te equivocas, Antonio —ataja la inspectora—. María Ostende compró un cierre de seguridad en tu tienda un par de meses antes de su asesinato.

—Y le atendió mi mujer, ya se lo dije, incluso al juez. En el tique de la factura viene que no la atendí yo.

—Y en otros tiques de ese día figura que sí estaba usted en la tienda a la misma hora.

La Judicial encontró en su día estas pruebas de compra en casa de María y fue lo que les condujo hasta Antonio, que en ese momento resopla.

—Vale, puede que la viera de reojo, pero le juro que no me acuerdo.

—Yo quiero creerte, Antonio —intervengo—, pero si entras en contradicciones me costará más.

El tipo vuelve a resoplar y baja los brazos.

—Señor Abad, solo queremos una cosa de usted y esto se acabará para siempre —dice la inspectora. Me quedo mirándola, nervioso.

Aunque más nervioso está Antonio, al que le tiembla el labio superior coronado por un gran mostacho.

—¿Qué?

—Una muestra de sangre.