La ferretería
Apenas pego ojo. Por muy solo que esté en la habitación, la cama es un desastre.
Cuando no se me clava algún muelle del colchón, chirrían las patas; cuando consigo encontrar una postura, me tengo que cambiar porque me siento incómodo.
Un infierno que me deja con un balance de algo más de cuatro horas de descanso.
A las seis ya estoy en planta, revisando los archivos del caso en la cocina para no molestar a Toribio, que duerme en el sofá cama del salón.
Como no podía ser de otra manera, Luis lo ha dejado todo muy ordenadito.
Lo primero que reviso es la ficha de Antonio Abad García.
Hombre de cincuenta y cinco años. Cazador miembro de la Sociedad de Caza de Avilés desde hace más de veinte.
Por la foto que tenemos de la investigación previa, se le ve un tipo fuerte y corpulento.
Con una buena melena, y unos ojos pequeños de miope.
Me quedo más de diez minutos buscando en esos ojos pequeños y oscuros una respuesta.
Me suena del día de la desastrosa visita a la sociedad, la primera vez que vinimos a Avilés, aunque no lo identifico del todo.
Una coincidencia en el ADN nos ha llevado hasta él.
Y una coincidencia de ADN será lo que nos confirme que es el tipo que buscamos.
—¿Qué estás pensando, Del?
—Buenos días a ti también, inspectora —No tengo la cortesía de girarme para mirarle la cara porque ella tampoco ha sido educada. Aunque no se lo tengo en cuenta por aquello de que la confianza da asco—. ¿Qué piensas tú?
—Creo que más o menos lo mismo.
—Yo estoy pensando en ir al Tagu a comerme un pincho de tortilla.
—¿Vamos a alimentarnos siempre allí?
—Si no vas a cocinar, sí.
Se hace la indignada con un resoplido. Lleva un pijama largo y una chaqueta polar que no despertarían el deseo sexual de nadie. O casi nadie.
—Después de desayunar vamos a hacer una visita a Antonio. Sin pasar por comisaría —dice.
—Me parece bien.
—¿Qué tal ayer con Vilda y la periodista? Que al final no te pregunté.
—Bastante bien, la verdad. Creo que, de momento, no tendremos que preocuparnos de eso.
—De momento —dice con retintín.
Después del copioso desayuno, nos vamos todos menos dos: Luis, que se ha quedado en el apartamento solicitando órdenes al juez, y comprobando toda la información que pueda comprobar de las declaraciones de los otros familiares.
Pleite se ha quedado también para ayudarlo y, de paso, comprará la pizarra que la noche anterior encargo a Lucas.
Nosotros enfilamos hacia el casco antiguo de Avilés, en busca del negocio de ferretería que regenta Antonio Abad.
Conduce Solís y en la radio pone una horrible emisora de éxitos pop que me taladra la cabeza.
Se me han vuelto a olvidar los cascos en el apartamento, pero, cuando enfilamos la Carretera del Muelle, me abstraigo del irritante pachangueo porque vuelvo a observar la ría y todo lo que la rodea: es un espectáculo esa mezcolanza de industrialización y belleza natural que alberga el lugar.
Cuando llegamos a la altura del centro Niemeyer, un halo de luz solar se cuela por entre las nubes y se refleja, otra vez, en la cristalera de la torre con forma de platillo volante.
Olga me pilla sonriendo con cara de bobo y aprovecha para burlarse.
—Eres como un crío con zapatos nuevos.
La ignoro y sigo a lo mío. Cuando la oficial vira a la izquierda y pierdo de vista el centro cultural, la luz parece desaparecer.
Todo se vuelve un poco más sombrío al refugio de las casas de colores del casco histórico.
La población tiene un encanto marinero singular; es como si hubiésemos retrocedido un par de décadas.
La ferretería se encuentra en una calle estrecha de edificios de cinco alturas que apenas dejan pasar una gota del poco sol que hay en el ambiente.
Amaya aparca en la misma puerta, en una plaza para personas con movilidad reducida en la que ningún pitufo se atrevería a multarnos.
Le pido a Toribio y a la propia Solís que entren, que se identifiquen y que le rueguen a Antonio que salga a charlar con nosotros en el coche.
No quiero darle la ventaja de estar en su territorio y menos con esas sierras mecánicas y hachas que cuelgan de los expositores.
Tras ese mismo ventanal, observo a un tipo con menos melena de la que espero, quizá el paso de los años se haya cebado con su ferviente cabellera y se acerque más a los indigentes capilares como un servidor.
O quizá simplemente se ha cortado el pelo porque piensa que ya tuvo bastante de época rebelde.
El escaparate da para observar también cómo el tipo charla con una clienta de forma afable.
Me imagino que le está recomendando la mejor hacha para podar su jardín o para decapitar mujeres violadas.
Mi campo visual sigue invadido por semejante herramienta y no dejo de pensar en ello.
Cuando la clienta se marcha, Amaya se identifica y la sonrisa en el rostro de Antonio Abad García desaparece.
Hasta el punto de ponerse agresivo, por sus aspavientos.
Toribio interviene y el sujeto parece calmarse.
Da la vuelta al mostrador, grita algo que no consigo entender, y una mujer sale de lo que debe ser la trastienda.
Sus labios se mueven y supongo que le está pidiendo que se quede al cargo del negocio.
Es entonces cuando mira hacia fuera y nos señala, y es la segunda vez que cruzo la mirada con él.
Sí, en ese instante lo recuerdo bien en el club de caza, junto a otros colegas suyos.