La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La familia
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La familia

Las noticias del grupo no son nada halagüeñas. Vienen calados hasta los ojos porque no ha parado de llover en todo el santo día. Toribio con un humor de perros, Amaya, calmándolo como si fuera uno de sus propios canes.

—Espero que sea la lluvia lo único que os tenga así —digo.

Estoy en el apartamento, porque ya es tarde y Luis puede trabajar desde aquí sin problemas.

Nos hemos venido pasadas las ocho, poco después de que Vilda se marchase.

Y qué descanso deja: no ha parado de protestar porque no le habíamos mandado a él a entrevistar a los familiares de García.

Que si conoce la ciudad mejor que el GPS, que si los municipales le facilitarían la tarea, que si la madre de San Pito Pato.

Tan tenso como es habitual en él, sin embargo, no ha mencionado ni una sola palabra sobre Villanueva.

De momento, la estrategia funciona. No puedo permitirme que salte a medios lo que estamos buscando, y estoy seguro de que, si le voy con el cuento a Vilda de forma directa, hubiese estallado diciéndome toda clase de exabruptos.

Con la idea de contárselo a la periodista, irá mejor. Al menos eso creo.

—Hemos visitado a los familiares que nos asignaste, inspectora —explica Amaya a Olga que acaba de llegar junto con Pleite—; un primo segundo de treinta años no ha sabido decirnos dónde estaba aquel día.

Pero no tienen ningún coche blanco ni lo ha tenido.

Un tío de setenta y dos años está en una residencia y tampoco se acuerda del día, pero tiene una hijastra y nos ha dado su teléfono.

Tampoco tuvo o tiene coche blanco. Los otros dos son sobrinos que tendrían doce o trece años en la fecha del crimen.

Hemos preguntado a la madre de los chicos, porque está viuda.

Ha hecho cábalas y no sabe decirnos si su marido estaba en Avilés aquella fecha, pero cree que no, que andaba en el mar.

Le hemos preguntado si podríamos acceder a restos de su cuerpo, murió hace dos años, y nos ha dicho que tiene que pensarlo, que nos avisará.

—¿Cómo se llama? —pregunto yo.

—Leopoldo García Piña.

—Lucas, apúntamelo y lo metemos en la pizarra.

—¿En qué pizarra?

—En la que vas a ir a comprar ahora mismo y vamos a clavar aquí.

—¿Yo?

—Si te parece voy yo.

—Del Olmo, ¿no puedo ir mañana? Necesito una ducha.

—Claro, hombre. Te estaba vacilando.

Toribio, por sus gestos, reprime las ganas de decirme por donde me puedo meter mis vaciles y se va directo para el cuarto de baño. Interrogo a Solís con la mirada y ella tan solo se encoge de hombros.

—Inspectora, ¿qué tal vosotros?

—Más o menos lo mismo, nadie se acuerda de lo que hizo aquel día, pero nadie declara tener un coche blanco. Ahora voy a subir todos los datos al sistema y Luis debería pedir permiso al juez para meterle mano a los teléfonos.

—A ver qué tal los BTS de hace catorce años… —protesto.

—Yo no pondría mis esperanzas ahí —replica Olga.

—¿Y dónde las ponemos, inspectora?

—En el único familiar que nos queda por entrevistar.

—¿Quién es?

—Uno de los ocho investigados inicialmente por Vilda y su equipo.