La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La periodista
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La periodista

La redacción de la Onda de Avilés es igual de espartana que la comisaría.

Me fijo en la raída mesa de trabajo donde la periodista desarrolla la mayor parte de su jornada.

Las esquinas están carcomidas como si un ratón hubiera afilado sus dientes en ellas, o como si una plaga de termitas hubiera iniciado su invasión por ahí.

Sin embargo, reina un orden milimétrico; un orden tan asombroso que la mismísima Marie Kondo sentiría envidia.

Los papeles en los archivadores, los lápices y bolígrafos en un par de botes de refresco (la muchacha hasta recicla), y, de adorno, un único marco que alberga una fotografía de la periodista con otra mujer más o menos de su edad, que por el parecido físico debe de ser su hermana.

—Buenos días de nuevo, inspector Del Olmo —La periodista llega con dos tazas en la mano de las que sale un humo que indica que es bebida recién hecha.

Yo solo espero que no sea café y me vea obligado a repetir que no me sienta bien, y cuando me pregunte que qué tomo para despabilarme le diga que bebida energética, y que me reproche que eso sí que es veneno.

Cuando deposita la que debe de ser mi taza en la mesa, observo que es algún tipo de infusión—.

Esto es té y esto es manzanilla, ¿qué prefiere?

Alzo las cejas y la miro.

—Lo que prefiero es que me llames de tú, que uno es viejo, pero no estoy en una residencia ni presido ninguna loable fundación.

Consigo arrancarle una carcajada y me resulta curioso el desorden en la dentadura de la muchacha, en contraste con la pulcritud de su puesto de trabajo y, al parecer, de su vida profesional.

Porque Luis me la ha investigado por encima y lo único que ha encontrado son buenas referencias del personal de policía y de compañeros de otros medios.

—De acuerdo inspector… ¿cómo te llamas?

—Del Olmo.

—Sí, pero ese es tu apellido. ¿Cómo te llamas?

—Del Olmo, así es como me llamo.

La periodista se queda cortada, deja de mirarme y se sienta.

—No te ofendas, es que es una larga historia. Te la contaré otro día si tengo tiempo.

—No, no me ofendo. No pasa nada.

—Ahora a lo mejor sí te vas a ofender —disparo.

—¿Y eso?

Me inclino todo lo que puedo y en tono bajo, como si fuese una confesión, le digo lo que he venido a decir:

—Te pido por favor que no te vuelvas a acercar a ninguno de los policías de mi grupo, y tampoco a los que no son de mi grupo, como Vilda.

La periodista abre bien los ojos y la boca como si acabase de descubrir a su pareja con otra o con otro en la cama.

—¿En serio?

—Muy en serio, Esther. Tienes una información que no deberías. Vale, hasta ahí bien. Ahora te pido que no sigas investigando. Que te alejes de la comisaría y que te abstengas de llamar por teléfono.

—Del Olmo, vete de mi despacho —dice, y se levanta.

—No, no me voy a ir. No hasta que oigas todo lo que tengo que decirte. Siéntate, por favor.

Esther pone los brazos en jarra y mueve la mandíbula inferior hacia el lado izquierdo.

—A cambio, serás la primera en publicar todos los datos que podamos darte de la investigación cuando tengamos algo firme. Todo lo que el juez no decrete como secreto de sumario, claro.

La periodista se sienta y mueve la mandíbula hacia el otro lado, provocando que sus labios salgan un poco hacia afuera, como si me estuviera lanzando un beso.

—Supongo que no podemos poner esto por escrito.

—Supones bien.

—No te conozco, Del Olmo.

—Puedes buscar información por internet, resolvimos un caso muy mediático hace un año. Y le puedes preguntar a Lorenzo. Sé que os lleváis bien —digo con retintín.

—¿Qué insinúas? Vilda está casado.

—Yo no insinúo nada, Esther —rio para mostrar mi falsa indignación—, pero esas palabras me hacen ya dudar.

—Pues no dudes, no dudes.

—De acuerdo, pero otra cosa: no le vayas con el cuento a Vilda. Es decir, yo no he estado aquí. ¿Ok?

Villanueva deposita en la mesa el bolígrafo que tenía en la mano, y lo hace con tanta fuerza que mi taza de té vibra y se derraman un par de gotas. Por ello la tomo, la huelo y le doy un sorbo.

—¡Qué bueno!, ¿qué tipo de té es?

—Té Matcha.

—Pues muchas gracias.

Acabo la bebida, que ya está tibia, y le ofrezco mi mano a la periodista.

—¿Me puedo fiar de ti?

—No tienes nadie más de quien fiarte.