La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Manel García
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Manel García

Resulta que la señorita Villanueva, de nombre Esther, madruga tanto o más que nosotros, porque poco después de las siete y media de la mañana nos espera en la entrada de la comisaría de Avilés.

Se atreve, incluso, a ponerse delante del coche, impidiendo el acceso, como si fuera una grouppie y el camuflado la furgoneta de la banda de rock del momento.

Toribio, manso por vocación, se detiene y abre la ventanilla.

—Buenos días, inspector Toribio —saluda, y yo pienso que hay que reconocerle, al menos, la buena memoria.

Lucas mira hacia atrás como si no se hubiese dirigido a él.

—Buenos días —responde, con un tono que podría denotar intimidación.

—¿Le importa si le hago unas preguntas?

Toribio traga saliva y vuelve a mirar hacia atrás. Nunca ha tenido que atender a los medios, ahora que es jefe de grupo la cosa cambia. Levanto la mano con el pulgar y el índice muy juntos para pedirle que sea breve.

—Tenemos prisa, le puedo dedicar dos minutos.

—Solo quiero saber si me diría el nombre de la coincidencia positiva.

Toribio se pone a toser.

—Claro que no, señora…

—Señorita Villanueva, Esther Villanueva.

—Muy bien, Esther Villanueva, si no tiene ninguna pregunta más…

—Sí, pero si no le importa, se la haré en privado más tarde.

Toribio no contesta, arranca el coche y accedemos a la comisaría.

—Te creerás que has ligado, ¿no? —comenta Amaya con maldad.

—¿Estás tonta o qué?

Solís sonríe, es la única que lo hace porque a ninguno nos ha gustado la presencia de la periodista. Y menos su pregunta.

Cuando entramos en las dependencias, Manel García ya nos está esperando en la sala de reuniones. Nos lo comunica Arturo, que ha sido el primero en llegar, y que también nos cuenta que Vilda está de camino.

—Vamos a entrar solos la inspectora y yo —Los miembros del grupo asienten, y Saavedra no dice nada, solo le pega un trago de agua a la botella que porta en su mano izquierda—.

Vosotros me hacéis el favor de preguntar por Villanueva, y me repasáis la lista de los que se presentaron voluntarios al cribado.

A ver si hay alguien que haya estado bajo sospecha. ¿Ok?

Luis es el primero en largarse a otra dependencia y los demás cabecean siguiendo su estela.

Olga pega otro trago a la botella, como si los nervios le hubieran resecado la garganta, cosa que me parece improbable, aunque posible, ya que hace tiempo que no se enfrenta a un interrogatorio.

Abre la puerta y me deja pasar. La sala es una oda al mal gusto, parece un aula de colegio antiguo, con menos sillas y mesas, aunque las pocas que hay deben de tener más años que la inspectora.

La noche anterior no me dio tiempo a fijarme en los desconchones que la humedad asturiana fabrica en las esquinas del techo, ni en las manchas de óxido que hay en el suelo de loseta marrón.

Al menos hay buenos ventanales que iluminan lo sórdido de la estancia, y que nos permiten reconocer las facciones acartonadas de Manel García: un cincuentón sonriente y de pelo oscuro teñido que se levanta sonriendo, como si le trajésemos el premio de una lotería en un maletín.

—Buenos días, soy el inspector Del Olmo, encargado del caso —digo, y el sujeto muta la sonrisa al acercarse a mí—, y esta es la inspectora Saavedra.

Nos estrecha la mano a los dos, confuso, como si hiciésemos una pareja más extraña que Laurel y Hardy.

—Puede dejarnos solos, oficial —dice Saavedra.

Arturo se despide cuadrándose más de lo debido, habitual en él, y yo cierro los ojos a modo de despedida.

—Hola, Manel, soy la inspectora Olga Saavedra como le ha dicho mi compañero.

Olga inicia los formalismos. Manel se frota las manos y agita los pies.

Una cosa que me llama la atención es que pestañea mucho, muy seguido, y luego se mantiene sin hacerlo más tiempo de lo normal.

Como si se le secase la lágrima y tuviera que parpadear muy fuerte para renovarla.

Es una especie de tic que puede poner nervioso al interlocutor.

Viste unos vaqueros, probablemente de marca, unas zapatillas marrones con estilo a zapato, y una sudadera azul marino cerrada por una cremallera plateada que no debe costar menos de cien euros, por los logotipos que adornan su lado derecho.

—Lo primero de todo es agradecerle que se presentara voluntario…

—Claro que sí, lo importante es colaborar con la Policía. Yo siempre que puedo lo hago — interrumpe.

—Explíquese.

—Siempre que veo en la televisión o en internet que piden ayuda ciudadana, miro en lo que puedo colaborar.

—¿Puede decirme en qué ha ayudado últimamente aparte de esto?

—Compartiendo en redes cuando hay personas desaparecidas, o incluso sumándome voluntario a las batidas una vez que se perdieron dos gemelos en el monte. No sé, es algo que lo hago por instinto. Me pongo en el lugar de esas familias…

Olga me mira de reojo, y prosigue.

—Como bien le han informado, ha dado usted un positivo en ADN en un caso en el que estamos trabajando.

—Sí, me llamó el inspector Vilda. Al principio me asusté, pero me tranquilizó diciendo que solo era una coincidencia parcial…

—¿Lo conoce? —intervengo.

—Bueno, de vista; ya le digo que siempre que puedo colaboro con la Policía, y al final…

—Pero él es de Oviedo —comenta Saavedra.

—Esto no es tan grande, inspectora.

Olga vuelve a sus anotaciones en el móvil.

—Manel, está usted divorciado, ¿verdad?

—No se le escapa nada, inspectora.

El tipo sonríe, quizá con cierta coquetería.

—No tiene hijos.

—Menos mal…

—¿Y eso, Manel? —intervengo.

—No acabamos bien…

—¿Puedo saber por qué?

—Simplemente porque nos dimos cuenta de que éramos del todo incompatibles.

Se produce un pequeño silencio, que la inspectora rompe.

—¿Tiene usted idea del caso en el que estamos trabajando?

—Pues un poco, pero no estoy seguro del todo.

—A ver, inténtelo —pido.

Manel se frota de nuevo las manos y nos mira, no sin antes dar una ráfaga de sus parpadeos nerviosos.

—A ver, si están ustedes aquí, que supongo que vendrán de Madrid, por el acento, tiene que ser algún caso importante.

Se me ocurren tres, el de los marineros de hace dos años —Olga me mira y recuerdo lo que nos contó el farero la primera vez que vinimos a Avilés—.

O también el que le acabo de decir de los dos hermanos que desaparecieron en el monte y no se les volvió a ver.

O si no, quizá uno ya de hace años, que puede ser el de María.

Resoplo. El tipo parece que es un fanático de los crímenes de la comarca. O quizá no, y Avilés no sea tan grande como parece y sea un pueblo en el que se sepa todo y se recuerde más aún.

—Tenemos que pedirle la máxima confidencialidad, Manel —exijo.

—Faltaría más.

—No sé si nos entiende, pero para dejar de darle vueltas al asunto, le diré que usted es familiar del máximo sospechoso de una violación y asesinato —sentencio.

El sujeto alza las cejas.

—Así que es por el crimen de María Ostende…