La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Apartamentos
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Cuando llegamos a Oviedo nos espera un camuflado versión furgoneta para que quepamos bien, sobre todo yo. El oficial de la Judicial que nos llevó en el anterior viaje nos espera.

—A la orden, inspector Del Olmo.

Arturo Bertol, natural de Gijón, aunque su color de piel hace pensar que es oriundo de otras latitudes, delgado y alto como una farola, se cuadra como si yo fuera un general de la marina. Le doy las gracias por la recepción y por hacernos de chófer.

El viaje desde Oviedo hasta Avilés es corto y salpicado por una fina llovizna que no ha parado desde que bajamos del tren, igual que la anterior visita: como si nos estuviera esperando para fastidiarnos.

La temperatura en comparación con agosto ha descendido, aunque no tanto como cabría esperar para estar en octubre.

Es ya noche cerrada y la carretera se antoja un tanto peligrosa.

Arturo demuestra ser un conductor eficiente y seguro, y, antes de que nos demos cuenta, estamos cruzando la verja de la comisaría de Avilés.

Nos deja en el aparcamiento donde una rampa de acceso nos lleva directos al interior, evitando así que nos mojemos. Arturo se despide con un saludo.

—Qué majo este chico —digo.

Saavedra hace el amago de sonreír, como si intuyera lo que pienso.

Accedemos al edificio después de la correspondiente identificación, y un veterano policía nos acompaña, renqueante, hasta la sala de reuniones. Allí nos espera el inspector Vilda y una mujer vestida de calle que supongo que será otra agente de la Judicial asturiana.

—Buenas noches, compañeros —dice Vilda—. Esta es la señorita Villanueva, periodista de La Onda de Avilés.

Arrugo el hocico como el jabalí que ha encontrado una trufa podrida. Se me nota demasiado porque la tal señorita Villanueva procede a excusarse.

—Yo ya me marchaba, tan solo quería presentarme.

La mujer tendrá cerca de los cuarenta, le sobran un par de kilos que le sientan de maravilla a su carita rechoncha y que disimula con la elegancia de Kate Winslet en Titanic.

Me estrecha la mano en primer lugar y procura no apretar demasiado para que note la firmeza de su piel. Me veo obligado a presentarme.

—Inspector Del Olmo, un placer.

La periodista estrecha la mano al resto del equipo y, antes de despedirse, suelta su bomba.

—Lorenzo, mañana lo publico, ¿vale?

—No en titulares, recuerda.

Ella asiente sin decir nada y se marcha. Todos depositamos los ojos en Vilda, así no hace falta verbalizar nuestro malestar.

—Es una gran periodista, no me miren así. No va a dar ningún detalle que no deba.

—¿Pero es que sabe algún detalle que no deba? —incide Olga.

—Nada que el juez haya decretado como secreto de sumario.

—Inspector Vilda, ¿sabe lo del positivo del ADN?

Vilda se levanta de la mesa en la que estaba apoyado. Y se da una vuelta por la sala de reuniones.

—¡Inspector Vilda! —Olga levanta el tono y consigue que Lorenzo se frene en seco.

—El juez no ha decretado secreto sobre ese asunto, pero ella no va a contar nada, si lo hace…

—Inspector, dígame que no sabe los detalles del positivo.

—¿A qué se refiere?

Me acerco a él todo lo que puedo.

—A la identidad de la persona.

Vilda tose.

—No, solo sabe que hay una coincidencia genética.

—¿Estamos seguros?

—Muy seguros.

Me inclino y le clavo los ojos en los suyos.

—¿Su señoría está al tanto?

Vilda no me aguanta la mirada y se da una nueva vuelta por la estancia.

—Inspector, proceda a comunicarlo a su señoría ahora mismo.

—¿Que comunique el qué?

—Ya lo sabe —digo y me doy la vuelta—. Mañana a primera hora le llamaré yo para verificar si lo ha hecho.

—Mañana a primera hora el testigo prestará declaración —replica Vilda, soberbio.

Sin darme la vuelta le pregunto la hora y él me dice que a las ocho de la mañana, lo que provoca un bufido de Toribio y de Solís.

—Hasta mañana a las ocho —sentencio.

Escucho un murmullo a mi espalda por parte de mis compañeros, y otro de Vilda en el que creo reconocer que el inspector no se presentará hasta las ocho y media. Salgo acompañado de Olga, a la que agradezco por no haber protestado en la extraña escena que acabamos de presenciar.

—No, si protestar voy a hacerlo, pero ante el juez mañana —dice—. No pienso gastar ni un gramo de energía en este gilipollas.

La lluvia arrecia y los golpes sobre el tejado de chapa que protege el aparcamiento se escuchan con estrépito, como si granizase.

La noche se ha tornado en un momento ideal para estar en pijama, tapado bajo una gran manta y viendo una serie o una película.

En cambio, nosotros estamos bajo una cubierta metálica tan lejos de casa que un poco más y seríamos desterrados, esperando que Toribio solicite las llaves del camuflado porque el oficial Bertol ha terminado su turno.

No me extraña, porque ya han pasado las once de la noche, lo que nos otorga poco margen de maniobra para comer algo y meternos en el camastro unas horas.

Una vez dentro del camuflado, pregunto:

—¿Dónde vamos a cenar? —Nadie dice nada, lo que me obliga a insistir— ¿hola, hay alguien ahí?

—Comimos en el tren, Del —replica Toribio, el único que se atreve—. Yo no tengo hambre.

Los demás corroboran su falta de apetito y solo me queda pedir amparo a Saavedra que me ignora porque tiene los ojos clavados en las gotas de la ventana del camuflado.

Así que me resigno, con la esperanza de que en el hotel haya al menos una máquina de sándwiches o en su defecto de algún tipo de snack dulce con exceso de calorías y desaconsejable desde todo punto de vista nutricional.

Lo malo es que el hotel no resulta ser un hotel, sino un apartamento.

Un lugar en el que no hay ni recepcionista ni hall ni la madre que lo parió; al que accedemos a través de unos códigos que Saavedra consulta en su móvil.

El edificio tiene un ascensor en el que solo cabemos yo y Toribio bien apretados.

Cuando Saavedra abre la puerta, otra vez con unos códigos, nos da las buenas noches y nos desea que descansemos.

—¿Dónde vas? —pregunto.

—A nuestro apartamento —responde—. Tranquilo que son contiguos, si te meas en la cama, solo toca la pared.

—Qué graciosa estamos, ¿no?

—No protestes, jefe, que tienes un cuarto para ti solo. Y a uno de vosotros le toca sofá-cama.

Pleite, Listín y Toribio se miran y salen a correr, como en una comedia de sobremesa, para pillar el mejor sitio posible. Solís también se adentra en el apartamento una vez Saavedra abre la puerta y antes de que me abandone, la conmino a la última reunión del día.

—¿Quién inicia el interrogatorio, inspectora?

—Yo, obvio.

—No esperaba menos de ti —sonrío.

Ella me devuelve la sonrisa y desaparece tras la anodina puerta blanquísima de esos apartamentos recién reformados.