Saavedra y Del Olmo
Me despido de mi mujer y de mis hijos en la estación, se han quedado tristones porque saben que me voy una temporada. He intentado no dramatizar porque las videollamadas y el AVE acortan las distancias espaciotemporales. A pesar de ello, me subo al tren con desazón.
Me he pedido pasillo. A mi lado está la oficial Amaya Solís, y al otro lado del pasillo Saavedra y Listín. Pleite y Toribio están sentados detrás de ellos y comentan algo en el móvil entre risas.
Olga escribe en su teléfono con su habitual velocidad de hiperespacio, y Luis examina en su portátil algún tipo de información que solo él sabrá descifrar.
Yo, después de echarles un vistazo, cierro los ojos y medito.
No en plan místico ni zen, sino sobre lo que nos encontraremos cuanto crucemos el túnel de Pajares y lleguemos a Avilés.
Lo primero de todo, un inspector local algo más arisco de lo que sería deseable.
Lo segundo, una sociedad de cazadores que siempre tendremos en el punto de mira.
Lo tercero y, quizá, lo más importante, un familiar lejano del supuesto homicida, Manel García, quien se presentó voluntario al cribado masivo de ADN y que resultó tener una compatibilidad genética del cinco por ciento.
Manel García Menéndez.
Posiblemente Luis esté buscando información del tipo, porque fue lo primero que le encargué en cuanto Olga me transmitió la noticia.
Lo que pasa es que aquello que dice la Ley de Murphy de que, si algo puede salir mal, saldrá mal, parece que se ha cumplido en este caso.
Porque no hay otros apellidos más comunes en toda Asturias —y posiblemente en toda España— que los de García Menéndez. Sobre todo, García.
—Casi sesenta y un mil «garcías» y casi treinta mil «menéndez» —dice Luis, como si me estuviera leyendo la mente.
Todos lo miramos, pidiendo una explicación que él no piensa darnos.
—¿Y García Menéndez? —pregunta Olga.
—Casi seiscientas.
Saavedra aparta la vista de Luis y vuelve a su teléfono.
Yo no digo nada, me cuido de suspirar incluso, algo que podría dar a entender a mis compañeros que la perspectiva no es halagüeña. ¿Por qué no lo es?
Porque la primera y principal línea de investigación será la de rebuscar entre la familia de Manel García Menéndez. Y dado el tamaño de sus apellidos, la labor se antoja dura y larga, como la vida, igual que el chiste…
Llegamos al túnel de Pajares y Luis dice que se va a comer algo, que si alguien le acompaña.
Los chicos se animan y yo animo a Amaya que, entre protestas, acepta acompañar a la parte masculina del grupo.
Solís me ha vuelto a echar en cara que por qué dejo a Mansilla en tierra, y le ha cabreado más que no le responda que el hecho de que la novata no se venga.
Cuando todos se marchan al vagón-cafetería, chisto a Olga.
No me hace caso, así que la llamo por teléfono.
Se sorprende al ver la llamada, y se gira con un gesto de hastío que indica un: «qué quieres ahora».
Para corresponder a su insolencia, doy un par de toques con la palma de mi mano izquierda al asiento donde minutos antes tenía sus posaderas la oficial Solís.
Olga bufa y se levanta con pesar. Me mira y, antes de sentarse, verbaliza lo que su expresión facial lleva impresa:
—¿Qué te pica, Del Olmo?
—Voy a ahorrarme la grosería, Saavedra. Vamos a llevarnos bien, que tal y como has dicho esta mañana, nos espera mucho tiempo juntos.
—Eso era esta mañana, luego la cagaste.
—¿Yo?
—Ay, por favor, Del Olmo…
—Olga, coñe, de verdad…. Olvida que estás aquí de forma temporal, yo prometo hacerlo. ¿Quieres que solicite a Alamillos que te pongas al mando del operativo y yo actúe solo como supervisor?
—Ni de coña.
—¿Entonces?
—Entonces nada, tienes razón. Guardo el hacha, me centro en Homicidios y luego Zeus dirá.
Me río ante su agnóstico comentario y procuro que se me note bien la sonrisa.
—Mucha gente a la que rebuscar la mierda, no, ¿inspectora?
—Demasiada. Entre los ocho investigados iniciales solo uno se apellida García. Ya le he pedido a Luis que investigue a su familia.
—Muy bien. Lo primerito será reunirnos con el tal Manel para un buen interrogatorio.
—Le he pasado el requerimiento a Vilda, y me ha contestado diciendo que ya lo ha tramitado y que espera que mañana mismo se pase por la jefatura de allí.
—¿Vive en Avilés?
—Sí.
—Toma perrito piloto.
—No empecemos con los arcaísmos, inspector.
Reímos y me alegro de que la concordia vuelva a Homicidios.
—Tengo una teoría, inspectora, y quiero contártela a ver si coincidimos.
—Yo también creo que no es la única víctima.
Levanto las cejas, sorprendido como en el final de Seven, hasta que me doy cuenta de que me conoce tan bien como si ella fuera mi mentora y no al revés.
—Inma Esteve, asesinada en 2011, bastante violencia.
—Dolores Escalada, denuncia por violación en 2009, no pudo ver al agresor ni se le pudieron tomar ningún tipo de muestras.
—Inma de Gijón, y Dolores de una pedanía entre Avilés y Oviedo.
—Pero desde 2011 nada que se le asemeje, ¿verdad?
—Si no encontramos nada en Avilés, habría que indagar en estos dos casos, y habría que mirar con lupa todos y cada uno de los homicidios violentos contra mujeres en la zona.
—Todos —sentencio.
—No me apetece nada lidiar con un asesino en serie, inspector.
Suspiro.
Para las novelas y las películas el rollo asesino en serie, violento y sangriento, da mucho juego. Para un grupo de Homicidios, la cosa pinta muy diferente.
Miro hacia la ventana. El sol está oculto tras las nubes, pero el prado resplandece único, enorme, verde. Ni toda la grandeza de Asturias me sirve para albergar esperanzas.
Hay más víctimas, y tanto la inspectora Saavedra como yo estamos convencidos de ello. No obstante, tendrán que esperar.