La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Tren de vuelta
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Tren de vuelta

El viaje de vuelta no es tan agradable como el de ida. Supongo que eso es algo habitual en todos los viajes, bien sean de trabajo o bien de ocio. El motivo es la desazón que saco de la entrevista con el viudo de María Ostende.

—Supongo que le crees con lo del lugar distinto de entierro, ¿no? —pregunto a Olga, que está sentada a mi lado.

—Es una explicación extraña, aunque entiendo que el dolor puede justificarlo todo.

—¿Te parece extraño que no quiera ligar una muerte violenta a una muerte por enfermedad?

—No sé, son muertes al fin y al cabo. Que diga que no quiere recordar la violencia del crimen de María cada vez que visite la tumba de su hijo sí que me resulta un poco extraño. Pero como te digo, el hombre estaba en tal shock que le creo.

Medito mis palabras antes de proseguir. La inspectora tiene parte de razón en denominar como extraña esa explicación de Daniel Méndez.

Seguro que, en su mente, aunque no las presenciara, tiene imágenes de la muerte violenta de su esposa.

Cualquiera puede imaginarse esa violencia pese a que trate de apartarla.

Y no haber enterrado a su mujer e hijo juntos porque no quiere recordar esas imágenes cuando visite la tumba del niño es entendible, aunque nos pueda resultar extraño.

Pasamos el túnel de pajares y el verde desaparece paulatinamente, como una luz que se apaga despacio. La meseta es árida y la sucesión de postes de la vía ya no me parece tan armónica.

—¿Crees que el juez autorizará lo del cribado? —pregunto a Saavedra.

—Más le vale. Pienso hablar con Alamillos en persona en cuanto llegue.

La miro sorprendido; ese ímpetu, esa decisión tomada sin tenerme en cuenta me cabrea.

—Sosiega, inspectora.

—Del Olmo, ahora mismo no eres mi superior. Yo te he hecho un favor viniendo aquí. Si quieres que siga colaborando contigo, voy a hablar con el comisario y exigirle el cribado masivo. Además, Listín ya está trabajando en ello.

Me hace un gesto señalando al inspector Luis que tiene los ojos enterrados en la pantalla de su portátil. El juez sí le ha dado acceso al censo de toda Asturias y está recopilando datos para entregarle una lista final de candidatos susceptibles a hacerse la prueba de ADN.

Quiero corregir a la inspectora, decirle que me parece muy bien que vayamos con el cuento al comisario, pero que no me parece tan bien que ni siquiera me haya preguntado.

No obstante, me callo. Me callo porque no quiero tocarle la moral, porque necesito que vuelva; aunque ello implique que me tenga que comer mi rango superior.

Porque estoy convencido de que el juez accederá a nuestros deseos.

Olga hablará con el comisario. Y, juntos, someteremos a tal presión a su señoría que no tendrá más remedio que acceder.