La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) El centro Niemeyer
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El centro Niemeyer

Llamo al comisario Alamillos para informarle de la situación, y lo primero que recibo es una reprimenda.

—¿Cómo se te ocurre soliviantar a la gente local?

—¿Soliviantar? Comisario, ellos nos han pedido que vengamos. Y ahora este tipo le pone pegas a todo.

—¿Cómo no le va a poner pegas a un cribado masivo de ADN? ¿No se da cuenta de que eso es algo nuevo incluso para nosotros?

—Bien, pues que trague. Ya se lo hemos dicho. O se hace el cribado o a mí que no me llamen otra vez. Saavedra piensa igual —Por el camino Olga se ha encargado de aclararme que lanza el órdago al juez para forzarle la autorización.

—Eso lo decidiré yo, inspector Del Olmo.

Suspiro. Ahora soy yo el que está al borde de virar a crío de instituto.

—Lo que usted diga; como esto es todo muy nuevo, antes de irnos vamos a visitar al viudo, para hacer cosas de la vieja escuela. ¿Le parece bien, mi comisario? —procuro cuadrarme, aunque no me vea.

—Ahórrese el cinismo, inspector. Me llama cuando termine con el marido de la víctima.

—Le llamo cuando vayamos en el tren. Adiós, mi comisario.

Cuelgo y resoplo. Miro a través de la ventana.

Toribio ha aparcado al lado de la cúpula que vimos el día anterior.

Es un lugar extraño, como si estuviéramos dentro de una película de cine futurista independiente.

El sol pugna en desigual batalla con las nubes y logra colar alguno de sus rayos que golpean sobre la parte superior de la cúpula, sobre otro edificio con forma de pirámide extraña y sobre la torre circular que acompaña a ambos.

—¿Vamos a alguna exposición antes de irnos? —pregunto.

—Puede —responde Olga.

—¿Quién me va a decir qué hacemos aquí?

—¿Tú no querías entrevistarte con el viudo? —pregunta Toribio.

—¿Trabaja aquí?

—Exacto, así matas dos pájaros de un tiro —responde el inspector.

La noche anterior le había comentado mi interés por visitar este lugar, y la verdad no contaba con que podría mezclar trabajo y placer.

Aunque el placer sea efímero. Cuando salgo del coche, inspiro el aroma marinero y me deslumbro con el reflejo tímido del sol en los cristales de la torre del centro Niemeyer; sonrío.

Al lugar solo accedemos Saavedra y yo, porque le pido al resto del equipo que aproveche para comer algo antes de coger el tren de la tarde.

Nos identificamos y los vigilantes de seguridad nos dejan pasar sin complicaciones.

Ya estaban avisados por las gestiones que a primera hora ha hecho Toribio.

Accedemos a un pasillo largo y luminoso, y en mitad del mismo nos recibe un hombre que en su día tuvo que ser atractivo, y al que ahora la calvicie, la barriga y las ojeras han borrado del mapa.

—Buenos días, supongo que ustedes son los inspectores…

—Del Olmo y Saavedra —se adelanta Olga estrechándole la mano.

Después de saludarme a mí también y de darme el habitual repaso visual, pasamos a una oficina tan pequeña que cuesta imaginar que pertenece a un complejo tan fastuoso. En la puerta indica que estamos en el despacho de mantenimiento, del que Daniel Méndez es el responsable.

—Disculpen el desorden —se excusa, y con un amago de limpiar un polvo que no se ha limpiado en semanas, nos invita a tomar asiento junto a una mesa llena de papeles y trastos de toda índole. Olga declina la invitación y dispara con rapidez.

—No le queremos robar mucho tiempo, entre otras cosas porque no lo tenemos. Así que le pregunto, lo primero de todo: ¿dónde estaba usted cuando apareció el cuerpo de su mujer?

Daniel se le queda mirando, con las cejas levantadas y el tronco girado hacia nosotros.

—Catorce años han hecho falta para que vengan y ahora me preguntan lo mismo —dice con una media sonrisa que nos descoloca.

El hombre me mira y termina de sonreír—.

No se apure, inspector. Contaba con ello, aunque, si le soy sincero, esperaba más.

La policía de aquí fue bastante tibia en su investigación.

—Me hago cargo, Daniel, si me permite que lo tutee.

—Se lo permito, se lo permito. Y a usted también, inspectora.

—Gracias, ya le digo yo que vamos a hacer algo que no se esperaba ni el juez. Así que por ahí quédese tranquilo.

—¿Y qué es ese algo, si puedo saberlo?

Olga y yo nos miramos, y ella se decide a contarle lo del test masivo de ADN. El hombre se sorprende, y por sus gestos parece agradarle la operación.

—Aunque antes necesitamos que nos conteste a estas preguntas —dice Olga con tal candidez que no parece ella.

—Esa mañana yo estaba con mi madre en el hospital. Se debilitó en cuestión de semanas desde lo de nuestro hijo.

El viudo se detiene en su disertación.

—No hace falta que comente todos los detalles, Daniel —se compadece Olga—. Estamos al tanto de su pérdida. De sus pérdidas.

Resulta que el hijo de apenas un año de la pareja falleció un par de meses antes del crimen de María.

—Como ya les dije a la policía de aquí, María y yo enfocamos la pérdida de Álvaro de distintas maneras: ella no paraba, yo apenas podía salir de la cama, más que para ir al hospital con mi madre a darle el relevo a mi padre.

Ella caminaba todas las mañanas al menos diez kilómetros, da igual que lloviera o hiciera un viento capaz de levantar un roble.

Salía poco antes del amanecer y regresaba poco antes de la hora de la comida si no era laborable.

Y si tenía que trabajar se iba directa al trabajo.

—Ella era profesora de inglés, ¿verdad? —pregunto.

—Sí, sus alumnos tuvieron un gesto muy bonito.

—¿Quién le llamó para comunicarle la noticia? —Olga ignora el comentario.

—Me esperaban en casa dos agentes de la Policía Nacional.

—¿Le hicieron alguna pregunta?

—No, me invitaron a subir al coche. Hasta ahí lo recuerdo bien, el trayecto desde mi casa a la comisaría no, y las primeras preguntas de la policía tampoco. Estaba como ido.

—Entiendo, Daniel —responde Olga—. ¿Tiene alguna forma de ratificar su presencia en el hospital?

—Eso me lo preguntaron en comisaría, y creo que ahí fue cuando salí del trance, ya saben: me indigné y me puse violento. No podía concebir que me estuvieran acusando.

—Usted conoce, por estadística, que los principales sospechosos en caso de muerte violenta son los más allegados de la víctima, ¿no? —pregunto.

—Eso lo averigüé después, en aquel momento yo no sabía cómo actuar. No sabía ni qué hacer ni por qué tenía que seguir viviendo… ¿Saben que se me pasó muchas veces por la cabeza tirarme a la ría? De no haber sido por mis padres lo hubiera hecho…

—Su madre falleció, ¿verdad?

—Mi madre al año del crimen de María. Mi padre está en ello, por eso intenté reabrir el caso. Para ver si antes de que se vaya…

El hombre se detiene y Olga le pone la mano en el brazo. Yo, por mi parte, no voy a preguntarle por las influencias del padre, eso me lo guardo para cuando Alamillos me lo quiera contar. De momento seguiremos con la entrevista.

—Daniel, entendemos su sufrimiento, de veras.

Pero necesito que me responda a mis preguntas porque usted insistió mucho en que viniéramos desde Madrid a ver si podíamos levantar esta investigación —incide Olga—.

No le estoy acusando, simplemente tenemos que volver a remover todo, punto por punto, para verificar que no se nos pase nada.

—Entiendo. Tal y como conté a la policía, mi madre estaba dormida, pero el personal sanitario declaró que yo no salí del hospital hasta que me fui para casa y al llegar ya estaban allí los agentes.

Es la verdad. Comprobaron las cámaras y no observaron que yo les estuviera mintiendo.

Investigaron mi teléfono móvil de entonces, y si ustedes quieren lo pueden volver a investigar porque lo tengo guardado.

—Buena respuesta, Daniel —admito.

Otro teléfono al que investigar, si es que podemos.

Aunque no es algo en lo que vayamos a gastar recursos.

Sobre todo, porque Daniel ha sido, junto con su padre, el que no ha parado de protestar, recoger firmas, acudir a los medios y, como se suele decir, remover Roma con Santiago, para que la UDEV central decida hacerse cargo del caso del asesinato de María Ostende.

—Del resto de su declaración, no me queda clara una cosa —dice Olga—. ¿Por qué no quiso enterrar a su mujer en el mismo lugar que a su hijo?