La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Cribado masivo
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Cribado masivo

Madrugamos. No tanto como el día anterior, pero a las siete de la mañana ya tengo los ojos abiertos.

En la habitación, el inspector Toribio parece que esté dando los últimos estertores: ronca como una morsa moribunda, igual que diría uno de sus personajes de televisión favoritos.

Por fortuna, siempre que salgo de casa, llevo unos tapones hechos a medida.

Me sirven tanto para concentrarme, como para dormir.

Listín no está, a saber si ha dormido algo con tanto escándalo respiratorio.

Dado que todavía tenemos unos minutos antes de bajar a desayunar, me fijo en el techo de la espartana habitación de hotel.

Está algo más amarillo de lo que debería para una estancia en la que, se supone, no se fuma.

No es que tenga especial interés en los techos de las habitaciones de hoteles; lo que pasa es que el color blanco me ayuda a relajarme y a pensar en lo que voy a hacer ese día que recién amanece.

Primero desayunaremos unos cafés desabridos y unas madalenas con más azúcar del aconsejable por un nutricionista. Después, iremos a la comisaría de Avilés. Y cuando ya estemos en la primera reunión de trabajo de la mañana, Saavedra soltará su sorpresa explosiva.

¿Y cuál es su sorpresa?

Una bomba en forma de cribado voluntario y masivo de ADN. En cristiano: convocaremos al mayor número de ciudadanos posibles para que se hagan, de forma voluntaria, un test de ADN.

¿Y por qué se habría de presentar alguien de forma voluntaria a una prueba de ADN requerido por la Policía?

El primer motivo es por un simple acto de colaboración ciudadana.

Aunque pueda parecer lo contrario, la mayor parte de la población tiene voluntad de ayudar.

Otra de esas razones es que tienen algo que contar a sus amigos y familiares.

Sí, esto es bastante frívolo, pero ir con el cuento de que se han sometido a una prueba genética realizada por la Policía para atrapar a un asesino, da mucho juego en las sobremesas con cuñados y tías políticas.

La inspectora sabe que la Judicial de aquí, con Lorenzo Vilda a la cabeza, y el juez instructor, al que todavía no he tenido el gusto de conocer, pondrán pegas.

Como si lo viera venir. Aunque de ellos es lo que menos me preocupa.

Me preocupa más cuál será la reacción del comisario Alamillos.

Ya se lo dejo caer el día anterior por mensaje de texto y tan solo me respondió con un «mañana me lo explicas mejor».

—Buenos días, Del —bosteza Toribio.

—Buenos días, inspector.

—Se me sigue haciendo raro que me llames inspector.

—Pues si quieres te llamo morsa.

—¿Cómo?

—Nada, venga, pasa tú primero al baño que ya sabes que yo tardo más.

Toribio se levanta de un brinco y se mete en el cuarto de baño en el que escucho también otros de sus sonidos corporales. Como tengamos que pasar mucho tiempo aquí, pienso pedir una habitación individual, aunque tenga que pagarla de mi bolsillo.

Cuando nos arreglamos los dos, bajamos a la primera planta donde el vestíbulo del hotel hace las veces de comedor. Allí nos esperan las chicas, Saavedra y Solís, junto con Listín, al que las gafas le disimulan un poco las ojeras.

—Buenos días, dormilones —dice Amaya.

—Llevo despierto desde antes de las siete, Solís, así que no me toques las narices por la mañana temprano.

—Usted perdone, inspector jefe —Amaya se cuadra.

Hay un momento de silencio en el que todos me miran. Yo no dejo de fijarme en la oficial que se mantiene seria. Hasta que estalla en una carcajada.

—¿Qué hago contigo, Solís?

—Quererme, ¿qué vas a hacer?

El ambiente se relaja y Olga pasa al ataque.

—¿Qué te ha dicho el comisario?

Con la mirada le estoy pidiendo que me conceda tiempo para tomarme, al menos, el descafeinado y las madalenas, que Lucas acaba de ponerme delante.

Conversamos sobre quién ha dormido peor y acordamos que ha sido Listín; Lucas pregunta a la inspectora qué tal en el grupo de fugitivos, y ella solo responde monosílabos, dando muestras evidentes de que no quiere hablar de ello.

Cuando terminamos de desayunar, explico a los demás lo del cribado de ADN.

Todos se quedan callados menos Luis, que busca información en su portátil, del que no se ha despegado en todo el viaje.

—Inspectora, es lo mismo que hicieron en Bélgica, ¿verdad?

Olga asiente. Luis curva un poco los labios hacia arriba y sigue tecleando en el ordenador.

¿Compañero?

El comisario, a regañadientes, acepta la propuesta de Olga; cuando la transmito a los locales, como era de esperar, Vilda pone sus ya habituales pegas y quejas.

—¿Cómo pretendéis que le pidamos a la población que se presente voluntaria a una prueba que podría implicarles en un caso de asesinato?

—A la población no, inspector. A un grupo acotado por edades y localizaciones.

—Da igual, ¿no se da cuenta de que todo el que no se presente tendremos que etiquetarlo como sospechoso? ¿Usted cree que los cazadores con los que estuvimos ayer se van a presentar? ¿Y cómo se sentirán si no lo hacen?

—Usted me perdone, inspector —apunta Olga—.

Lo primero es que inculparlos si no se presentan no es el objetivo.

Lo segundo, si se presenta alguno, pues uno menos en la lista de sospechosos.

Lo tercero: los otros tres de la lista inicial fuera del ámbito de la caza, también podrían quedar descartados.

—Pero si dos están muertos.

—Se convocará a un familiar cercano para que autorice la exhumación o que el mismo familiar se presente voluntario.

La cara de estupor de Vilda es digna de publicar en redes sociales para hacer un meme.

—El inspector Luis, experto en informática forense, va a crear una base de datos en función del perfil criminal que estamos ultimando. Varón, de entre treinta y setenta y cinco años, con domicilio en la comarca…

—¿Usted qué piensa, señoría? —Vilda me interrumpe y consigue molestarme por primera vez en lo que va de día.

El juez instructor del caso, Alberto Menéndez, un cincuentón canoso, con pocas arrugas y con traje de los caros, calla durante unos segundos mientras se pasa la mano por encima de la boca.

—La verdad es que tiene una complejidad inaudita —sentencia—. Tendría que estudiarlo en detalle.

—Vamos a subir toda la información al sistema, su señoría; aunque si quiere se la envío de forma directa —intervengo—.

Como le iba diciendo antes de que me interrumpieran, mi colega Luis, en cuanto le autorice, va a crear una base de datos en función del censo de la comarca para delimitarlo y acotarlo lo máximo posible a personas dentro del perfil criminal…

—¿De cuántas personas estamos hablando? —me interrumpe.

—Hasta que usted no nos autorice a meterle mano al censo no puedo asegurarlo, pero teniendo en cuenta la población actual de Avilés y la comarca no creo que supere las cinco mil personas.

—¡Cinco mil! —exclama Vilda—. ¿Tú te das cuenta de los recursos que puede suponernos hacer una prueba genética a tanta gente?

—Inspector, ¿se puede usted calmar? —pido—. De esas cinco mil personas no creo que se presenten ni mil a la prueba. No son tantos recursos.

Doy el mayor tono de cinismo a mis palabras, para que el inspector recule o, al menos, se sienta ofendido y se calle de una vez, o para todo lo contrario: que estalle y el juez le exija que se marche de la reunión.

No sucede ni una cosa ni la otra, porque el inspector sigue con sus aspavientos, se levanta y mueve los brazos. No obstante, consigue calmarse.

—¿Y el objetivo del cribado sería entonces…? —pregunta el juez.

—Dar con un familiar cercano —responde Olga.

—Entiendo, ¿quién haría esas pruebas?

—Pediríamos ayuda a Santiago.

—¿Santiago de Compostela?

—Sí, el laboratorio genético de su universidad es de lo mejorcito que hay en España, y no queda lejos.

El juez, en el que Vilda tiene los ojos clavados, se levanta y pasea por la estancia. Se asoma a una de las ventanas, desde las que solo puede observar el tráfico de la rotonda contigua a las dependencias policiales, como si allí buscara alguna señal que le hiciera decidir su balanza.

—No lo sé, tengo que meditarlo. Cuando tenga el informe, ruego que me lo envíe.

—Denos acceso al menos al censo, así podremos enviarle un informe mucho más preciso.

Alberto Menéndez afirma, y le pide a Vilda que le tramite una solicitud, pero Luis se adelanta y solicita el email al juez para enviársela él: ya la tenía preparada.

—Gracias señoría; esta misma tarde o mañana le mandamos la documentación —Levanto la cabeza y miro a Vilda—. Gracias, inspector, nos vemos a la vuelta.

—¿Cómo a la vuelta?

Una nueva cara de estupor se dibuja en su rostro.

—Nos vamos a Madrid, aquí no hacemos nada de momento.

—Pero si no han hecho nada —protesta de nuevo.

—Me va a perdonar otra vez —Olga interviene—, hemos hecho mucho más que usted. En cuanto su señoría autorice el cribado de ADN, tendremos algo de lo que tirar más allá de esos nueve sospechosos de los que no ha podido sacar nada en claro en estos catorce años desde que asesinaron a María.

Vilda avanza un paso hacia Olga, y Toribio avanza dos hacia el inspector. Aunque Saavedra no necesita a nadie para defenderla, el instinto de protección de Lucas por sus compañeros actúa primero.

—Calma, por favor —reclama el juez—. Que no estamos en el patio de un colegio.

—Señoría, le pido que autorice este cribado, porque de lo contrario no vamos a volver —sentencia Olga, y yo la miro con los ojos más abiertos que el protagonista de La naranja mecánica—. Yo al menos —aclara al fin.

Resoplo, el juez también se sorprende e intervengo para calmar las aguas.

—Su señoría tiene razón, vámonos antes de que empecemos a comportarnos como críos en lugar de como profesionales —digo—. Por mi parte todo en orden, inspector Vilda. Nos mantenemos en contacto.

—Como quiera —contesta Lorenzo sin quitar los ojos de Olga, que no le rehúye la mirada.

Le estrecho la mano al juez, se la ofrezco a Vilda, que, por fin, deja de desafiar a la inspectora y me la aprieta con fuerza.

Es un crío, un niño al que le han quitado el juguete por romperlo y no darle buen uso.

Así que me marcho de Avilés con la conciencia tranquila, ya que creo que tenemos al juez de nuestra parte.

—Inspectora Saavedra —dice Vilda antes de que abandonemos la sala—. Me gustaría verla a usted lidiando con veinte o treinta tipos con escopetas cargadas y con solo dos compañeros cubriéndole las espaldas. A ver si vuelve a pensarse sus palabras acerca de no hacer nada.

—Ayer me enfrenté a trece, y solo tenía dos compañeros a mi lado —replica—. Ya que a usted le considero uno de ellos.

Olga se gira y antes de que diga nada, coloco mi mano sobre su muñeca; no quiero que Vilda contamine a Saavedra con su insensatez.

Aprieto su antebrazo, deslizo mi dedo índice hacia arriba.

Noto su pulso, más elevado del habitual.

Como si fuera capaz de comunicarme con ella a través de los pulsos venosos, se despide con un buenos días y nos marchamos de la comisaría de Avilés.