Sorpresa explosiva
Saavedra conduce y yo voy detrás, como siempre.
Estamos los dos solos en la furgona. Por el camino me cuenta que no ha sacado nada en claro de la toma de declaraciones a los cazadores; encima ha acordado con Antolín, el presidente de la escopeta, que no les molestaremos más después de ello.
Tan solo nos facilitan sus teléfonos y direcciones actuales.
No tengo claro que podamos sacar algún tipo de información de las compañías telefónicas después de catorce años, pero se intentará.
La ría vuelve a hacer acto de presencia: distingo un buque magnífico, de esos que solo se ven en las películas —o en los puertos industriales como este—; está anclado en la ribera este de la ría.
Me dan ganas de pedirle a Olga que se desvíe para verlo más de cerca, por la carretera del puerto que discurre unos metros más abajo.
No lo hago porque se adelanta a mis pensamientos.
—De pequeña vine por aquí con mis padres un par de veces. Es una mezcla extraña este lugar. ¿Has visto algo del centro?
—No he tenido el placer.
—Mira.
Llegamos a una península donde el mar se antepone a todo. Por el frente, por la derecha y por la izquierda hay agua. Olga vira a la izquierda y llegamos a la verja de acceso a un faro.
Aparca y me invita a bajar.
La verja tiene un cerrojo con un candado en su parte interior.
—Mira, cerrado por dentro —digo—. ¿Te acuerdas?
Olga hace una mueca mitad sonrisa mitad cabreo.
—Me acuerdo, me acuerdo.
—Aquí no hay nadie.
—Claro que sí.
El sol se ha puesto pocos minutos atrás, aunque todavía queda algo del resplandor allá por el oeste.
La inspectora saca el arma y, por un momento, creo que va a disparar a la cerradura, como en las películas.
Sin embargo, lo que hace es golpear en la valla, provocando un estruendo que en un lugar tan solitario debe escucharse a kilómetros.
Poco después, un hombre estrecho, con grandes arrugas y una gorra marinera llega hasta la entrada.
—Buenas tardes, ¿qué se les ofrece?
—Hola, somos policías, ¿podríamos pasar? —Olga saca la placa y el hombre se asusta—. No tema, solo quiero enseñarle a mi compañero una cosa.
El farero nos abre la puerta y accedemos al interior. Miro hacia arriba y el faro me parece inmenso.
—¿Usted vive aquí? —pregunto al hombre.
—No, no, solo paso las noches. Al amanecer me voy a mi casa.
Asiento y sigo avanzando en la dirección en la que Olga camina. Bordeamos el faro y delante de nosotros ya solo hay un acantilado que supongo conducirá al mar o a alguna playa.
—¿Usted estaba el día del naufragio de hace dos años? —pregunta la inspectora.
—Vaya que sí. Menuda se lio. Menos mal que los de Salvamento vinieron deprisa.
El hombre, que dice llamarse Tomás, nos narra el naufragio que tuvo lugar en la playa anexa y en la que dos hombres perecieron ahogados. De no ser por la rápida actuación de las unidades de Salvamento Marítimo, habrían muerto muchos más.
—¿Y alguna otra anécdota que recuerde? —pregunto.
—Alguno que se ha tirado él solito para abajo —dice Tomás—.
Pobres diablos que vienen aquí al sendero como si hicieran turismo y luego van y se despeñan…
Algún vertido de los muchos cargueros que pasan cerca…
Parejitas que se vienen al parquin a hacer sus cosas…
No sé. Casi todo el tiempo es aburrido, aunque por fortuna mi mujer, que en paz descanse, me metió el vicio de la lectura y llevo bien la soledad.
—¿No se ha dormido nunca?
—Anda que no, todas las noches me echo una siesta. Como yo tengo el reloj al revés, mi hora de la siesta es las dos de la madrugada.
—¿Y si se apaga el faro mientras duerme? —pregunta Olga.
—Salta una alarma —Tomás sonríe—, esto está ya muy moderno. Cuando yo me jubile, que me queda poco, lo van a poner automático. No me echan ya porque les cuesta un dinero, que yo llevo aquí cuarenta años.
A muchos, cuarenta años solos en un faro podría parecerles una eternidad.
A mí cuarenta años leyendo o viendo películas mientras trabajas me parece un paraíso.
El hombre nos pide perdón porque tiene que subir a controlar no sé qué, que ya se ha puesto el sol y el faro debe estar en perfectas condiciones.
—Hay que convencer al juez —pronuncia Olga.
—¿Para qué?
—Sería recomendable hacer la prueba de ADN a todos esos salvajes.
—¿Salvajes? La caza es una actividad legal y permitida. Además, ¿no decías que no buscáramos un cazador?
—Para no tener que volver ahí, Del Olmo, para descartarlos y no tener que volver. Y también porque dudo, no soy como los videntes de la peli esa de Tom Cruise que me recomendaste.
—Los precogs de Minority Report —sonrío y la miro—. ¿Con quién te has entrevistado?
—Con cinco tipos, Toribio con otros cinco y el inspector Vilda con tres. Listín está con las transcripciones. No hay de donde rascar.
—¿Y podremos sacar algo de las posiciones de los móviles?
—No lo sé. Como bien sabes el monte donde cazan estaba ardiendo ese día, y, según dicen, no salieron a cazar. Aunque estoy convencida de que más de uno salió al furtiveo. Quizá uno de esos furtivos sea nuestro hombre, no sé.
—El juez no lo va a autorizar solo por descartar, no lo hizo hace años que estaba la cosa calentita, menos ahora, Olga.
—Es posible, por eso voy a plantearle otra cosa.
—¿El qué?
Me sonríe.
—Una sorpresa explosiva.