La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) El momento idóneo
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El momento idóneo

La voz de Olga me hace cerrar los ojos con una paz similar a la que Gandalf sintió cuando Frodo decidió ser el portador del anillo.

Nunca una voz tan autoritaria y aguda, exigiendo silencio y calma, fue tan agradable para mis oídos. La inspectora Saavedra llega en el instante exacto, ni un minuto después, ni uno antes. Como si estuviera escuchando fuera, y esperando el momento idóneo en el que hacer acto de presencia.

Toribio acompaña a la inspectora con un inevitable gesto de «qué quieres que haga» en su cara. Sin saber que ese hecho quizá nos haya salvado de un altercado mayor. Los gigantes cazadores parecen haberse convertido en conejitos que esperan ser cazados ante el ímpetu de la mujer policía.

—Supongo que no os gusta que os venga a molestar con vuestras cosas de hombres, pero aquí mi compañero solo quiere hablar con ustedes —insiste Saavedra—. ¿Quién es el que dirige esta sociedad?

El tipo de la escopeta levanta la mano.

—Yo.

—Bien, ¿podría usted organizarnos un par de mesas para hablar con los miembros? Le prometo que solo serán cinco minutos por persona.

Mi boca sigue abierta admirándola, y lo hago más cuando el de la escopeta sale de la barra, llama al otro gigantón calvo que hay a su lado, y entre los dos mueven una mesa que colocan al fondo del local, y otra más cerca de la entrada.

—Haz el favor de esperarme fuera, Del Olmo; yo y Toribio nos encargamos —Me dan ganas de ejercer mi autoridad, pero, visto lo visto, quizá su idea sea la correcta. El ambiente está demasiado enrarecido conmigo—. Usted puede quedarse, inspector…

—Lorenzo Vilda

El inspector local le estrecha la mano. Toribio me mira con cara de resignación. Me largo con el rabo entre las patas de allí.

Cuando salgo, Pleite y Listín también se encogen de hombros, me cuentan que la inspectora ha llegado con un coche alquilado y no han podido detenerla; menos mal que no lo han hecho. Me subo al policial y llamo al comisario.

—¿Usted sabía que Saavedra venía para acá?

—Me ha llamado hace tres horas cuando estaba ya en el tren. Me ha dejado un mensaje porque estaba reunido y no he podido atenderla. Te iba a llamar más tarde.

—De acuerdo, era solo para informarle.

—¿Estarás contento, ¿no?

—Mucho, mucho.

Me despido de Alamillos y cierro los ojos.

Al cabo de una hora salen los tres de la gigantesca tienda de caza.

—Toribio, coge tú mi coche y llévate a los demás al hotel. Yo tengo que hablar un rato largo con el inspector.

Lucas asiente, y Vilda se nos queda mirando de forma extraña, como si considerase que él también debe estar en esa reunión. Pero Olga arranca y nos vamos hacia un lugar desconocido.