La sociedad de caza
Antes de ir a la sociedad de caza, nos acercamos al embalse de Trasona, lugar donde apareció el cuerpo de María.
Un paraje idílico con lago, merenderos y mucho verde para venir a comer con la familia, hacer deporte o revolcarte con tu pareja en el césped.
Es decir, para todo lo contrario a que un hombre viole y mate a una mujer.
Hacemos una pequeña reconstrucción del crimen en el que Amaya hace de víctima y Toribio de agresor.
Pequeña porque al ser verano, hay gente pasando el día y no quiero llamar mucho la atención.
Me guio por el informe del caso para ubicarlos a cada uno en sus respectivas posiciones.
Después de probar varias situaciones de forma lo más disimulada posible, coincido con el informe de la Judicial asturiana de 2010: el culpable estranguló a María desde atrás, la violó desde atrás y la rajó desde atrás.
Lorenzo nos espera en un parquin próximo junto al furgón, haciendo unas llamadas; no entiendo por qué no quiere participar, aunque tampoco le he insistido demasiado.
Terminamos y nos vamos hacia la sociedad de caza, y el inspector asturiano no se cansa de poner reparos a la visita durante todo el camino.
Al volante de un furgón policial prestado en la comisaría de Avilés, Toribio sigue las indicaciones del GPS porque Lorenzo se olvida —o hace que se olvida— de indicarle, a pesar de que prometió hacerlo en un principio.
—Espero que no tengamos problemas —repite Vilda.
—Inspector, no los vamos a tener. Solo quiero pulsar un poco el ambiente. No hay nada más improductivo que charlar con tipos armados.
El camino hasta la sociedad de cazadores transita, en parte, junto a la ría de Avilés. La ría es un espectáculo de vida y colores. Cruzamos el puente Azud y nada más pasarlo, a la izquierda, se vislumbra, a lo lejos, una especie de cúpula blanca.
—¿Qué es aquello, Lorenzo?
—El edificio Niemeyer.
—¿Algún tipo de industria naval?
—Qué va, es un centro cultural.
El lugar parece un planetario. Lo perdemos de vista y tomo una nota mental para ir a visitarlo más de cerca, si tenemos tiempo.
El paisaje de la ría deja lugar al del típico polígono industrial con naves enormes, gasolineras de bajo coste y avenidas deshabitadas.
Todo muy gris, y el cielo encapotado no contribuye a alegrar el paisaje.
El GPS avisa de que hemos llegado y el lugar no puede ser más deprimente: una nave con pinta de abandonada.
Aunque es cierto que justo al lado hay una tienda gigantesca de artículos, cómo no, de caza.
Bajamos de la furgoneta y Vilda da unos golpes a la puerta metálica que, supongo, es el acceso a la sociedad de cazadores. Son las siete de la tarde y a pesar de que la lluvia no ha vuelto, el viento deja el lugar desapacible, como si el otoño hubiese llegado en pleno mes de agosto.
Como era de esperar, nadie abre la puerta. Lorenzo nos pide que le esperemos, y se encamina hacia la tienda de caza. A los pocos minutos vuelve a aparecer y me hace señas para que le acompañe.
—Estad al loro y atentos al teléfono.
Asienten los tres y me desean suerte. Lorenzo me espera en la puerta de la tienda:
—Me han dicho que en cinco minutos podemos acceder por una puerta que hay aquí al fondo, que están en una reunión —Asiento con la cabeza—. ¿Y tus compañeros no vienen?
—No, vamos a entrar tú y yo solos.
—No me parece bien.
—¿Qué se van a liar, a tiros aquí?
—Pues no creo, pero…
—Como tú has dicho si ven venir un grupo nutrido de polis se van a poner nerviosos, si nos ven a ti y a mí —me señalo a mí mismo, otra vez—, pensarán que es algo así como una visita de dos comerciales.
Vilda no me ríe la gracia y se resigna. Damos una vuelta por la tienda, muy luminosa, con techos altos y muchos pasillos con innumerables artículos: cañas de pescar, anzuelos, chalecos de camuflaje, munición y cuchillos.
Cuchillos de caza de todos los tamaños y colores.
Es imposible tirar por esa vía de investigación, ni tampoco buscar coincidencias de las fibras de guante halladas.
Los cinco minutos se convierten en más de quince y, por fin, un tipo pequeño y rechoncho, viene en nuestra búsqueda.
—Pueden pasar —dice.
Le sonrío y avanzamos hasta una puerta oculta detrás de una cortina de plástico a tiras.
Vilda la abre y puedo pasar sin problemas.
Cruzamos un pasillo con poca luz y accedemos a una sala amplia y en penumbra.
En ella hay un grupo de al menos diez hombres.
Muchos fuman, otros tienen un botellín en la mano.
Están desperdigados por el local, sentados en sillas de plástico de terraza de bar, o en taburetes junto a un mostrador que hace las veces de barra, también de bar.
Apenas entra luz por unos ventanales en la parte superior de la estancia y las escasas bombillas que cuelgan del techo están apagadas.
—Buenas tardes —digo en un tono de voz medio.
Algunos de los presentes se giran. Otros me ignoran y, al fondo, un grupo de cuatro juegan al dominó con sonoros golpes de las fichas sobre las mesas. El tipo rechoncho que nos acompaña se presenta.
—Yo soy José —dice.
Le ofrezco la mano y me la estrecha con la misma fuerza con la que lo haría un niño de nueve años.
—Encantado José, ¿le puede usted pedir a sus compañeros un poquito de atención? Que parece que no me hacen mucho caso.
—Claro —El tipo da un par de palmadas sonoras con sus manos—. Compañerus, atiendan un pocu aquí al señor.
Ahora sí, la totalidad de los compañeros de José se dan la vuelta y me miran de arriba abajo.
—Buenas tardes —repito—, soy el inspector Del Olmo —me ahorro decir que del grupo de Homicidios—, y quería hacerles un par de preguntas rápidas.
Un sujeto grande y melenudo se me acerca, y se interpone entre el resto de los cazadores y yo.
—¿Qué tipo de preguntas? —dice.
—Hola —le ofrezco la mano, pero el sujeto no me la estrecha y la bajo. Vilda se mueve, nervioso, a mi lado—. Solo quiero saber si recuerdan un incidente que ocurrió en 2010.
El tipo, poco a poco, curva los labios hacia arriba, termina riendo y muestra una sonrisa de dientes amarillos. Se gira hacia atrás y suelta:
—Aquí el inspector dice que si os acordáis de algo de 2010; pero si yo no soy capaz de recordar lo que comí ayer —se vuelve a girar—, ¿cómo nos vamos a acordar de lo que pasó hace más de diez años?
Le aguanto la mirada y le sonrío.
—¿Tantas veces ha ardido la sierra de Pelude como para que no se acuerden?
Al sujeto se le borra la sonrisa. Se aleja en dirección a la barra, accede al interior y se sitúa al lado de otro tipo grande, pálido y calvo con el que intercambia unas palabras.
A continuación, se agacha y desaparece. A los pocos segundos vuelve a aparecer con una escopeta, la cual deposita sobre la barra.
Vilda se lleva la mano a la axila, despacio. Le toco el brazo y muevo los labios como si pidiera silencio.
—Señores, señores, no es momento ahora de sacar los trabucos, que venimos en son de paz.
El tipo limpia la escopeta con un paño. El resto de los hombres se han puesto todos en pie.
—Pues anda que no nos dieron por culo los de aquí para que ahora venga otro…
Otro madero a tocarnos el coyón más de diez años después —replica el tipo que limpia la escopeta—.
Váyanse con sus investigaciones a otro lado, que aquí ya se demostró que no teníamos ninguno nada que ver, y si no saben quién mató a esa pobre mujer, es solo culpa suya.
Trago saliva porque la situación se está poniendo demasiado tensa.
Pero como decía el gran Alexis Ravelo en La estrategia del pequinés: cuando estás en una situación así, lo mejor es no amedrentarse, sino sacar los colmillos.
Aunque tú seas un perro pequeño y tu oponente una jauría de mastines o pitbulls.
—¿Usted sabe la multa que le puede caer por portar un arma en público? Esto no es una montería —digo.
Entonces, el tipo empuña la escopeta, pero sin levantarla de la barra.
—Un poco de calma, señores —aboga Vilda, con la mano cada vez más cerca de la axila.
—Ni calma ni hostias —el tipo abre la escopeta y nos la muestra—. Esto no es un sitio público, y no está cargada, y aquí no hay munición cerca.
—Bueno, aquí a mi espalda hay bastante munición.
—¡Fuera!
Se escucha el primer grito entre los otros cazadores.
—Eso, ¡fuera de aquí! Traigan una orden.
El tema de la orden judicial de las películas da mucho juego, y una muralla de hombres cabreados se nos planta delante. Vilda me susurra que deberíamos marcharnos. En ese momento, a mi espalda escucho una voz que me recuerda a la de un ángel, y eso que no creo en el cielo.
—A ver, caballeros, un poco de calma que aquí hay mucha testosterona reunida.
La inspectora Saavedra hace acto de presencia, con un pantalón negro y camisa blanca dejando a la vista su USP compact reglamentaria bajo su axila.