La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Llegada a Avilés
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Llegada a Avilés

Después de esperar en una cafetería cercana haciendo tiempo, el inspector Vilda me llama diciendo que su señoría ha anulado la cita, que se compromete a reunirse con nosotros al día siguiente.

A pesar de la primera mala noticia, el inspector consiente la visita a la sociedad de cazadores por la tarde.

Le pido que nos busque a alguien para llevarnos a Avilés y pasados unos minutos me devuelve la llamada para, de mala gana, avisarnos de que nos recogerán en media hora.

Esa media hora se convierte en una entera.

Un oficial de nombre Arturo, mulato, alto y elegante, nos recoge en un furgón policial y nos lleva hasta Avilés.

Por el camino apenas habla y, cuando nos despedimos en la puerta del hotel, Toribio le pregunta por algún sitio para comer.

—El Tagu les queda cerca, y está a medio camino de la comisaría —dice con un sorprendente acento asturiano.

Se lo agradecemos y nos pregunta si nos recoge más tarde. Le decimos que no, pero nos guardamos su número de teléfono, y le avisaremos si le necesitamos.

En el hotel esperamos en recepción a que nos asignen las dos habitaciones, una para los tres hombres y otra para la única fémina.

Hay muchísima gente, dado que estamos en temporada turística, por lo que tardan más de una hora, y yo me desespero.

Estamos perdiendo mucho tiempo. Después de dejar las maletas, nos vamos a comer.

El Tagu resulta ser un restaurante de comida casera asturiana, y en cuanto termino de zampar me imagino engordando al menos cinco kilos si la investigación se prolonga.

De primero nos ponen una olla de fabes con almejas que pasadas unas horas nuestros intestinos se arrepentirán de haber comido.

De segundo, un pescado a la brasa de los que quitan el sentido.

Y de postre. ¡Ay, el postre!, como diría el poeta.

Una tarta de queso con arándanos, pero nada de esas basuras industriales semicongeladas.

—Hecha por mi santa hija en la pastelería que tiene en el centro. Canela fina, señores.

No me da la vida para responder y agradecer a Jacinto, que es como se llama el camarero y dueño del local, porque tengo el paladar saturado de sabor y ni la lengua me responde ante tanto placer.

Terminadas las viandas, a todos nos apetecería soltar una serie continua de eructos y flatulencias, pero, dado que no estamos en la edad media, nos contenemos.

—¿El tal Vilda parece un poco estirado o soy yo? —Amaya, a falta de eructos, vomita su inquina contra el inspector local.

—Solís, vamos a dejar de criticar tan a la ligera.

—Amaya tiene razón, jefe —interviene Toribio para defenderla—, se tenía que haber venido a comer y contarnos algunos pormenores menos oficiales del caso. El tipo parece que le han puesto una percha en la espalda y la tiene enganchada a un cable de acero que cuelga del techo.

El comentario divierte a Amaya y consigue cabrearme.

—A ver, grupo. Estamos en su territorio. Y por muy serio que sea el tipo, tenemos que tragar con lo que hay. Así que no quiero que normalicéis estas ofensas a sus espaldas, porque en cualquier momento se os escapa algo con él delante y la tenemos. ¿Entendido?

Me pongo lo suficientemente serio para que el grupo se lo tome, precisamente, en serio.

—A la sociedad de cazadores voy a entrar yo solo con Vilda.

Toribio refunfuña.

—¿Y eso a qué se debe?

—A que, si nos ven entrar a un grupo, se van a poner más a la defensiva. A Vilda lo conocen, y yo… —me señalo el pecho— no es que imponga mucho.

Sonrío y el inspector me corresponde más por compromiso que por sinceridad.

—Supongo que descartas que entre una mujer —dice Amaya con retintín.

La miro y le doy a entender que, por desgracia, no tiene pinta de ser muy bien recibida.

—De todos modos, os quedaréis en las inmediaciones con el teléfono en la mano.

—Y con la pipa cargada, Del Olmo.

Suspiro y le agarro del brazo. Horas después espero que no tenga que usar su arma reglamentaria.