Jefatura de Oviedo
La jefatura de Policía de Asturias está en el centro de Oviedo, en un edificio de carácter señorial que hace esquinazo y que en el pasado tuvo que ser el hogar de algún burgués y que, ahora, por su ubicación, y, sobre todo,
por su color amarillo pollo llama más la atención de lo que debería hacerlo un edificio de la Policía.
La llovizna nos moja lo suficiente para que mis compañeros protesten por el clima.
Cruzamos la calzada y llegamos a la puerta de servicio, que está a pie de calle, no como la principal con sus escalones correspondientes y ausencia de rampa de acceso.
Nos identificamos y el agente de policía al cargo, un tal José Luis, tan alto como flaco, nos conduce hasta el ascensor y nos indica que en la segunda planta está Lorenzo Vilda.
Una vez en la mencionada segunda planta, nos recibe un amplio pasillo de suelos clarísimos e impolutos con un par de puertas a cada lado.
José Luis nos indica que es la puerta de la derecha y, una vez allí, se excusa y se marcha alegando que tiene que volver a su puesto, que el inspector ya está avisado.
Nos quedamos esperando y al otro lado se escucha ruido de personas: algunas risas, algunas voces y varios tonos de teléfono.
Toribio se decide a empujar la puerta, y entramos sin pedir permiso, ya que nadie nos veta el acceso.
Hay varios puestos de trabajo, aunque nadie trabaja, sino que los policías se arremolinan en torno a una máquina de café y conversan animadamente sobre el partido del día anterior.
—Buenos días, compañeros —digo en un tono de voz suficientemente alto para que me escuchen.
Algunos policías se giran y el círculo se abre. Al fondo, apoyado sobre una mesa, un policía de anchas espaldas, pelazo negro y facciones duras sostiene un café en un vaso de plástico al que termina de pegar un sorbo y tira a la papelera. Avanza hacia mí y me ofrece la mano.
—El inspector Del Olmo, supongo.
—Sí, como el Doctor Livingstone —le estrecho la mano, aunque no entiende mi chiste por el gesto de su cara— ¿Dónde podemos reunirnos, inspector Vilda?
—Si me da unos minutos, pasamos a mi despacho.
El tipo no espera a que le conceda esos minutos que me ha requerido, se da la vuelta y le termina de hacer un comentario a uno de sus compañeros.
El resto se dispersa por la sala de trabajo, la mayoría a ocupar sus puestos.
Vilda, que viste de paisano con vaqueros y sudadera deportiva más propia de un adolescente, toma una galleta de un paquete que hay encima de la mesa, la engulle y, con un gesto de la mano, nos invita a acompañarlo.
A escasos metros abre su despacho y pasa sin invitarnos a entrar.
Es Amaya la que se decide y sujeta la puerta para que avancemos al interior.
Por fortuna, es un despacho luminoso situado en la esquina del edificio, con ventanales en dos paredes, bandera de España, estanterías y una mesa con más documentos encima de los deseados. El tipo se sienta, enciende el ordenador y, mientras arranca, se dirige a nosotros.
—Bienvenidos a Asturias —dice sin mirarnos.
Le presento a mi equipo y Vilda levanta la mano a modo de saludo sin dignarse a estrechársela a ninguno.
—¿Usted llevó el caso desde el principio, inspector?
—No fui el encargado, pero sí, participé desde la aparición del cadáver. Por aquel entonces yo era oficial.
—¿Y dónde está el inspector que cogió el mando?
—Pues ya no está con nosotros, por desgracia —responde. Trago saliva y murmuro un lo siento por lo bajini—. ¿Cuál es su idea inicial?
—Me gustaría primero entrevistarme con el juez, visitar el lugar de aparición del cadáver y después con los nueve sospechosos que se mencionan en el informe.
—Al juez lo podemos ver en un rato, tiene que pasarse sobre la una por otro asunto. A dos de los sospechosos ya no los va a poder entrevistar porque también fallecieron.
—¿Se les pudo hacer prueba de ADN cuando murieron?
—Negativo, el juez se negó también en este caso porque las familias no lo autorizaron.
—¿Su señoría es complicado entonces?
—No exactamente, tiene sus cosillas, pero es bastante estricto en cuanto a órdenes judiciales. Todo tiene que estar fundamentado al máximo.
—Entiendo. ¿Podemos al menos entrevistarnos con los otros siete?
—Si quiere sí, aunque posiblemente le manden a la mierda.
—Podré vivir con ello.
—Se lo digo porque los interrogamos en varias ocasiones y casi ninguno incurrió en contradicciones o presentó dudas.
Las coartadas eran válidas. Y los que sí había indicios de contradicción o duda se les hizo el test genético y resultó negativo, como ya habrá visto en el informe.
Si le digo la verdad, no es posible rascar más en este caso.
Lamento que les hayan hecho venir desde tan lejos.
Me ahorro el comentario sobre si Madrid está tan lejos y sobre si debe pedir disculpas porque tengamos que haber hecho el viaje.
—Eso lo decidiré yo, con el debido respeto.
—¿El qué?
—Lo de si hay cosas por rascar o no. Dígame, la sociedad de caza que se menciona en el informe sigue vigente, ¿verdad?
—Sí, sí, no me dirá que… —Se me queda mirando sin terminar la pregunta. La respuesta la dice mi cara—. No sé yo si es una buena idea.
—Inspector, tenemos pocos días. Posiblemente pasado mañana nos vayamos. Si nos tenemos que reunir uno por uno, citándolos y todo lo que ello conlleva, nos vamos a eternizar. A ver si pudiéramos hacerles una visita hoy mismo.
—Pues déjeme que lo gestione y le digo algo más tarde.
—¿Los dos sospechosos fallecidos eran cazadores?
—No, precisamente de los que no lo eran solo queda uno con vida.
—¿Y dónde podremos localizarlo?
—Tenemos sus datos, a ese sí le citaremos en dependencias policiales de Avilés. Si le parece bien.
Me mira como retándome.
—Me lo parece, me lo parece. ¿Tiene algún lugar donde nos podamos reunir con el juez?
—La verdad es que no. Aquí mismo, yo les aviso cuando llegue.
Miro a mi equipo, noto las caras de decepción. No les está gustando nada el percal que tenemos en frente.
—Gracias, tiene mi número.
Nos vamos sin apenas decir adiós.