Tren de ida
A pesar de que no me gustan los viajes, sí me gusta hacerlo en tren.
El traqueteo de las ruedas contra la vía, el pasar de los postes de electricidad, la amplitud de movimientos dentro del vagón.
Es como viajar en el tiempo, mejor dicho, como si el tiempo se detuviera mientras el convoy circula por los raíles y te transportara a otro lugar de una forma liviana, como flotando.
Recuerdo una frase de mi adorado François Truffaut en La noche americana: «El cine es más bello que la vida, no tiene pausas ni tiempos muertos, avanza como un tren en la noche…» .
Definitivamente tendré que viajar más en tren, porque no sabía lo que me gustaba hasta ahora.
Lo que no me ha gustado tanto ha sido el madrugón, ya que a las seis de la mañana había que estar en Chamartín y el inspector Toribio ya estaba en mi casa a las cinco y cuarto.
¿Consecuencia? He dormido menos de cuatro horas.
¿Segunda consecuencia? El traqueteo tan agradable ha hecho que me duerma antes de salir de la Comunidad de Madrid.
El viaje a Oviedo dura algo más de tres horas y media, y me he perdido la mitad entre cabezazos y ensoñaciones.
En buena parte de esas ensoñaciones está la inspectora Saavedra.
No le he dado el gusto de escribirle un mensaje por la mañana, porque después de colgarme la noche anterior sin posibilidad a réplica, quedó muy claro que no me iba a acompañar en este viaje.
Toribio y Amaya se pasan el camino charlando; Listín embutido en su ordenador portátil.
A Mansilla no le he dado la opción de venir, no por nada en particular, sino porque me quiero mantener firme en mi promesa de que no pisaría la calle durante al menos un año.
No se trata de maltratar al novato, el problema es que muchos policías que se incorporan a Homicidios se piensan que esto es como en las películas: buscando pistas con una lupa, o persiguiendo a asesinos a más de cien por hora por las calles de la ciudad.
Quiero que aprenda que muchas de nuestras horas las pasamos investigando desde un miserable escritorio de madera de contrachapado en un ordenador de no más de trescientos euros.
Y la he encargado la notable tarea de estudiarse toda la zona de Avilés para que nos pueda informar de cualquier punto geográfico al que tengamos que acudir, o que nos notifique de cualquier noticia importante que suceda en la zona.
Además, he dejado a Pleite con ella, que, por lo visto, el muchacho se ha echado una novieta en el verano y anda medio colgado.
A ver si así la relación le dura algo. Luis quería quedarse él, obvio, aunque le he prometido no vacilarle con su tonteo con Mansilla si dejaba de protestar por tener que venirse.
Le necesito a mi lado como el ordenador necesita al ratón para mover el cursor de forma precisa.
Nunca mejor dicho. Amaya también ha protestado porque le hubiera gustado tener una compañera de habitación, y yo le recuerdo que mejor sola que mal acompañada, que a saber si la novata ronca.
Una vez atravesamos el túnel de Pajares, el paisaje, que ya venía cambiando en la provincia de León, da un giro más radical aún: el verde llena de esperanza la campiña asturiana y el sol pierde la batalla con las nubes.
Al campo le falta un punto de iluminación para deslumbrar aún más, pero, posiblemente, si hiciera más sol no estaría tan verde.
Tanto que me parece oler a hierba desde el tren, aunque solo sea por sugestión.
—¡Vacas! —exclama Amaya, convencida amante de los animales.
—Tranquila que no tendrás que ordeñarlas para desayunar tu café con leche, oficial —bromeo.
Murmura algo parecido a un «qué gracioso el inspector jefe» que decido obviar por la mirada inquisitoria de Toribio. La verdad es que no es plan de soliviantar al equipo por muy cabreado y somnoliento que yo esté, así que acato la protesta de la oficial.
Lo cierto es que las vacas, las ovejas y el pasto de Asturias son tal y como pintan en los anuncios de leche asturiana.
Llegamos a Oviedo pasadas las nueve de la mañana y los estómagos de todos rugen pidiendo alimento.
Desayunamos unas tostadas resecas y un café horrible en la estación, por los que pagamos mucho más de lo que se merecen.
Aviso por teléfono al jefe de la judicial en Oviedo, un tal Lorenzo Vilda.
No me lo coge a la primera, y tengo que insistir.
Al cabo de un rato me devuelve la llamada y, cuando le pido que si va a venir alguien a recogernos, responde que no sabía nada de eso.
Salimos de la coqueta, menuda y fría —a pesar de estar en agosto— estación de tren de Oviedo, recientemente ampliada por la llegada del AVE; tenemos que buscar un taxi y pagarlo de nuestro bolsillo, bueno, del bolsillo de Lucas, que protesta.
—Guárdate el tique, hombre, y luego se lo mandas a Mansilla para que te haga un abono cuando lleguemos.
Solicita el recibo al taxista, refunfuña y salimos todos del taxi justo cuando empieza a llover. Como si la lluvia estuviera esperándonos para ser nuestra compañera en este viaje.