La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La noche
7%

La noche

Le doy un beso a mi mujer, que lee en la cama, y me dirijo a la habitación de los niños. Antes de salir de la habitación, escucho la protesta:

—Ya que te vas mañana, podrías venirte a la cama pronto.

—Mujer, si vuelvo en dos días como mucho.

—Ya.

Conozco demasiado a Sofía y sé que no servirá que vaya a hacerle arrumacos y falsas promesas.

Porque los dos sabemos que no me acostaré pronto cuando estoy en mitad de un caso.

Ella no despega la mirada de su libro, una novela histórica sobre Julio César, que no para de recomendarme.

Me marcho a darle las buenas noches a mis hijos, que están viendo una serie en su cuarto.

Le dan al pause y se levantan para darme un beso de buenas noches tan rápido como cariñoso.

—No nos despiertes pronto mañana, papá —dice Víctor.

—Tranquilos, que no tenía pensado, hombre.

—No es eso, papá, es que luego no me quedo dormido si me despierto después de las seis.

—Vale, vale, haré el menor ruido posible.

Carlos me da un abrazo y me pide, a cambio de no despertarles por la mañana, que me quede a ver un rato con ellos la serie.

Es una fantástica de monstruos y niños con superpoderes; el argumento me quita las ganas, aunque media hora puedo permitirme; ya que la batalla con Sofía la tengo perdida, al menos ganar puntos con mis hijos me hará sentirme menos culpable.

El problema es que, después de cinco minutos viendo a quinceañeros moviendo objetos con la mente, doy una cabezada.

—¡Papá! Estás roncando —me despierta Víctor.

—¡Eh!

—Anda, vete a acostar…

Les doy un segundo beso y me voy a mi despacho, no sin antes pasar por el servicio a refrescarme la cara.

Una vez encerrado en mi guarida, enciendo el flexo (para darme un aire de detective antiguo), abro el ordenador y reviso, una vez más, las fotos de María Ostende.

Primero las que la familia facilitó: imágenes en las que se le aprecia una sonrisa triste, como si la felicidad siempre le hubiera sido esquiva.

Otra foto con su bebé y su marido me estremecen al acordarme de los dos que están en la habitación de al lado.

No me da tiempo a comerme mucho la cabeza porque suena el teléfono al que no le permito que dé ni dos tonos.

—Buenas noches, inspectora.

—De buenas poco.

—¿Qué te ocurre?

—Que ya te vale por mandarme este informe.

Me quejo por no entenderla y ella empieza a soltar su retahíla de que, si no tiene bastante trabajo en Fugitivos, como para ahora meterse más carga en la mochila con un caso de Homicidios.

—Solo te pido tu opinión.

—¡Tú te crees que yo soy una novata como la chica esa que has reclutado? Sabes de sobra por qué me has mandado el informe.

—A ver, ¿por qué?

—Para que me vaya contigo a Asturias.

—¡Cómo! —procuro hacerme el indignado lo mejor que sé.

—Comiendo, inspector, comiendo. No te lo voy a perdonar.

—Pero…

—Ni peros ni nada, estamos rastreando a un irlandés gigante acusado de matar a sus dos exmujeres, y nos queda muy poco para localizarlo. Y ahora me vienes con estas.

—Olga… —medito mi respuesta porque el cabreo de la inspectora va en serio—. Tú puedes con esto y con más. Así que deja de hacerte la víctima y desembucha.

—Hijo de… —Olga se queda a medias con el insulto.

No puede verme sonreír, pero yo a ella la imagino curvando sus labios en una de sus medias sonrisas.

—Te recuerdo que sigo teniendo un rango superior al tuyo, no me hagas proponerte para un expediente.

—Que sí, que sí, inspector jefe Del Olmo —recalca lo de «jefe»—. A ver, para empezar el tipo no la mató a la primera.

—¿Por qué?

—Porque, según el informe de criminalística, no presenta heridas defensivas en antebrazos, solo en las palmas de las manos.

Es decir, cuando vio que la ensartó como a un animal, se llevó la mano al estómago donde estaba el arma blanca rajándola.

Y allí ya no pudo defenderse. Lo que yo creo es que la dejó inconsciente, si me apuras mientras la estaba violando; y que después se fue o estuvo observándola, y en esos momentos de observación o de huida decidió matarla.

Le felicito por la deducción.

—Aunque eso ya más o menos lo intuías tú, inspector.

—Me faltaba tu confirmación, eres muy sabia.

—Qué pelota, y qué tocapelotas a la vez. Sigo, a ver si esto te sorprende.

—Venga, dispara.

—El tipo no la conocía

—¿Por qué?

—Porque no la tapó, ni cuidó el cadáver, la dejó allí tirada en el pantano a merced de los peces. Pero eso es algo que tú ya sabes también.

—Entonces dime algo que no sepa, mujer.

—No la mató un cazador.

—¿Cómo?

—Para mí que fue una representación, y que, por eso, por mucho que la judicial de allí investigara a cazadores, no pudieron hallar al culpable.

Porque el verdadero culpable quiso endilgarle el muerto a un cazador al usar un cuchillo de caza, pero esos se consiguen fácil.

Tendrás que investigar en todas las armerías de la zona.

—¿Y se van a acordar de todos los cuchillos que vendieron? Si lo mismo lo compró en 2008 o en 2001.

—Yo ahí ya no puedo decirte nada, pero no busques a un cazador.

—Hay tres sospechosos que no lo son.

—Pues profundiza en ellos, o abre el abanico.

—Vente.

Lo digo a bocajarro, en un momento en el que quizá no se lo esperaba.

—Estabas tardando…

—Cógete el tren de la tarde, llamo a Alamillos y le digo que autorice un billete más. No pondrá pegas si eres tú.

—Del Olmo, pero ¿tú me escuchas?

—Joder que si te escucho, si no lo hiciera ya no estaríamos hablando.

—Es tarde, si quieres puedes escribirme si te surge alguna otra novedad, pero no me llames, te lo pido por favor.

—Olga.

—¿Qué?

—Ven con nosotros.

La inspectora resopla, y lo siguiente que escucho es el silencio mecánico de una llamada en la que el interlocutor ya ha colgado. Al menos hace años se escuchaba el tonito de comunicando, ahora solo hay silencio. Un silencio atronador, como dice ese extraño y tópico oxímoron.

Saavedra me ha colgado sin decir ni buenas noches. Y para «noche buena» la que me espera a mí. Son más de las doce y a las cinco tengo que estar en pie.