La llamada
El teléfono da dos tonos y al tercero se corta la comunicación, como si al otro lado pulsaran el botón rojo en lugar del verde.
No le doy mayor importancia, hasta que, pasada media hora, vuelvo a intentarlo y el resultado es el mismo.
Maldigo en voz alta y en ese momento la novata Mansilla entra en mi despacho sin llamar a la puerta.
—¿Todo bien, jefe?
—Mansilla, le tengo dicho que golpee la puerta antes de entrar.
—Sí, mi inspector, disculpe —la policía se cuadra de forma innecesaria—, es que tengo algo importante que comunicarle.
No digo nada y espero a que prosiga, pero, por algún motivo, la policía no se decide.
—Dispare, Mansilla, que no ando sobrado de tiempo.
—He reservado el tren mañana a primera hora, mi inspector.
—¿Qué tren?
—Madrid-Oviedo.
—¿Y quién le ha dicho que lo reserve? —respondo, atónito.
—El comisario Alamillos.
Me quedo mirándola como si ella tuviese la culpa de algo, y la pobre agacha la cabeza.
—¿Para cuántos es la reserva?
—Para cuatro. He reservado para el inspector Lucas, para el inspector Julio y para la oficial Amaya.
—Me cambias a Pleite por Listín.
—¿Y eso?
—Mansilla, no te ofendas, pero no debes hacer preguntas de ese tipo.
—Disculpe, inspector.
—Dime y ¿a qué llama usted primera hora?
—A las seis y media.
—¡La madre que me parió, Mansilla! Ya si eso nos metes en un tren nocturno, que dolerá menos que madrugar tantísimo.
—Lo siento, inspector, me han pedido que controle mucho el presupuesto, y es que el siguiente de las diez de la mañana es el doble de caro…
Me paso la mano por la cara, me acuerdo de la familia del comisario y del maldito gasto del contribuyente.
Me dice que para el viaje de vuelta intentará reservar un horario un poco mejor, y que ya tiene, también, reservado el hotel, con ascensor y cercano a la comisaría de Avilés.
Le doy las gracias y le ordeno que no vuelva a entrar sin llamar a la puerta.
La agente se cuadra antes de marcharse y cierra con la delicadeza de una madre cerrando la puerta de su niño de tres años cuando lo deja durmiendo.
Tomo de nuevo el teléfono y no me da tiempo a marcar, ya que en la pantalla aparece la llamada de ella.
—¡Hombre, benditos los oídos!
—¿Qué quieres, Del Olmo? Que tenemos reunión de grupo.
—Disculpe usted, inspectora, no sabía que estaba tan ocupada.
—Corta el rollo. ¿Qué pasa?
—El tiempo, Olga, el tiempo... —digo con resignación, no por tocarle los genitales—. ¿Estás con prisa?
—Tengo media hora que hemos parado para comer.
—Joder, no quiero que te quedes sin el bocadillo.
—Cuéntame, hombre.
—Pues a ver… ¿cómo te lo digo? ¿Te puedo proporcionar un acceso provisional a nuestro sistema?
—Todavía guardo las claves…
—Claro, pero Listín ya las cambió.
—¿En serio?
—Olga, ahora estoy al mando y no quiero filtraciones de ningún tipo, ni de la gran inspectora Saavedra.
—No me jodas, Del Olmo.
—Sin joder, inspectora, paso de que Alamillos me toque las narices.
—¿Cómo está el gran patriarca?
—Pues igual de mandón, algo más viejo y con la misma perilla. Ah, y con el mismo pelazo.
—Maldito envidioso.
Nos reímos por lo bajini mientras tecleo en mi ordenador.
—Te acabo de mandar el acceso temporal a un informe.
—Resume, y luego lo miro.
Le cuento a la inspectora el caso de Avilés. De forma rápida, pero con todos los detalles importantes.
—¿Y me lo cuentas para…?
No me atrevo a decirle lo que verdaderamente quiero, así que miento.
—Para que me des tu opinión.
—No sé, así a bote pronto que la mató un cazador como bien crees.
—Ya, eso es lo que diría cualquiera, pero quiero que me ilustres con tu sapiencia.
—Joder, inspector. ¿Me das hasta la noche para que lo mire con más detalle?
—Bueno, no tiene por qué ser hoy mismo.
—Sí, tiene que ser hoy mismo que te conozco.
—Maldita sabionda.
—Te llamo esta noche, que sé que te acuestas tarde.
—Pues hoy no sé, porque Mansilla nos ha reservado el tren para mañana a las seis y media. ¿Tú te crees? ¡A las seis y media nada menos!
—¿Ves cómo tiene que ser para hoy? ¿Os vais a Asturias?
—Sí, me llevo a Toribio, Listín y Solís.
—Tengo que llamar a Amaya a ver qué se cuenta; dile que no me olvido de que le debo un par de cervezas.
—Qué bonito, quedando a mis espaldas.
—No te pongas celoso, anda.
—Llámame cuanto antes, desarraigá.
—Yo también te quiero, inspector.
Me cuelga sin despedirse, como si fuera una novia despechada. Y yo me tengo que esperar a la noche para atreverme a pedirle lo que quiero pedirle. Porque no estoy preparado para una negativa.