Operación Furtivo
Operación furtivo. Ese era el nombre elegido por mi prodigiosa mente creativa de futuro guionista de cine, o, mejor dicho, de futuro guionista frustrado de cine.
Me leí bien el informe, tanto en la oficina como en casa la noche anterior, en cuanto los niños y mi mujer plancharon la oreja. Estuve estudiándolo hasta más de las dos de la madrugada. El motivo es que una vez que se mete la adrenalina de un nuevo caso, me cuesta muchísimo dormir.
—Nueve sospechosos, seis de ellos cazadores, todos pertenecientes a una misma sociedad de caza de la zona —explico al comisario—. Todos descartados por falta de pruebas.
—¿Por qué tantos cazadores?
Resoplo porque no se haya leído el informe, aunque no le digo nada. Cuando le explico lo del cuchillo de cazador, proseguimos.
—Entiendo. ¿Algo más?
—Unas fibras que se cree que eran de un guante, también de cazador, pero de las que no se supo sacar más. Y lo más importante: un rastro genético; el violador dejó semen en la mujer.
—¿Y se han hecho pruebas a todos los sospechosos?
—No, el juez solo lo autorizó a tres de ellos porque no supieron dar una coartada firme.
Los tres dieron negativo. Contra el resto no lo autorizó por eso mismo: todos tuvieron un respaldo que los alejó de la escena del crimen.
No había ni un solo indicio que los pudiera incriminar: en aquella época no había tantos repetidores y no se pudieron triangular bien las posiciones de móviles.
Los cazadores fueron incriminados solo por el tema del cuchillo y porque aquel día estaba ardiendo el monte donde suelen ir a cazar.
Los otros tres sospechosos tenían un coche blanco y vivían por la zona.
Ninguno tenía antecedentes de ningún tipo.
—¿Coche blanco?
—Perdone, el testigo que encontró el cadáver se cruzó con un coche blanco por la zona. Pero no pudo identificar matrícula ni marca, por desgracia. Además, el hombre tenía setenta años, falleció hace pocos meses.
—¡Qué bien! —ironiza Alamillos—. No se les puede hacer un test de ADN a esos sospechosos restantes, ¿verdad?
—Ya le digo, mi comisario, que el juez no lo vio justificado, ya sabe: lo de los derechos individuales y todo eso…
—Pues por ello tiene usted que ir a Asturias. A ver de qué pata cojea ese juez.
—Hace catorce años de aquello, lo mismo ya ni está en activo.
—Sí que lo está, sí. Eso sí me lo miro antes de mandarte ningún caso. Se llama Alberto Menéndez y ahora tiene cincuenta y un años. Te lo camelas a ver si puedes sacar algo.
—Perdone mi comisario —me cuesta procesar la información y respondo con retardo—, ¿ha dicho que me tengo que ir a Avilés?
—Sí lo he dicho, sí. Ahora mismo no hay otro caso entre manos…
—Claro que lo hay, el del inmigrante.
—Estáis estancados, hasta que no encontremos al testigo principal no podéis sacar nada.
—¿No decías que no te leías los informes?
—Y no lo hago, me lo dijiste tú la semana pasada.
Doy otro resoplido, no me apetece nada viajar.
—Me da igual lo que resoples, prepárate una excursión con dos o tres de tu grupo, inspecciona la zona, tanteas al juez y te vuelves. Y luego ya decidimos si pasáis allí una temporada.
—¿Decidimos? —El comisario ignora mi comentario acerca de si tener que quedarnos en Asturias una temporada es también decisión suya. Me tengo que tragar las palabras porque, en realidad, sí lo es—. Solo dígame una cosa: ¿por qué ahora?
—¿Ahora el qué?
—Un muerto frío catorce años después; esto no es homicidio, es asesinato más violación, no está a punto de prescribir.
—Ya lo pone en el informe: el viudo no ha parado de remover a prensa, policía y todo Dios por Asturias.
—¿Tanto como para movilizar a la UDEV central?
El comisario se mesa la perilla e inspira.
—Digamos que el suegro de la víctima conoce a alguien que conoce a alguien.
—¿Ya estamos con sus atascos de influencias? Al menos sea claro.
—Es mejor así, Del Olmo, tú tan solo limítate a cumplir órdenes —zanja el comisario, y yo noto como la bilis me sube por el esófago—. Avísame cuando te vayas a ir.
Me trago la bilis, me doy la vuelta y me dispongo a salir de su despacho. Antes de hacerlo me giro y digo:
—Voy a llamarla.
El comisario se encoge de hombros y hace un gesto con la mano para que me marche.