La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Ascensos
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Ascensos

El comisario Alamillos no se retiraba ni a tiros.

El tipo ya había cumplido los sesenta y cinco, pero un mes antes solicitó una prórroga de dos años para seguir en activo.

¿El motivo? O que se había agobiado por estar todo el día en casa con su santa esposa, o que era lo que se llama ahora un workaholic.

El tercer motivo que se me ocurre es que no se fía de mí.

Aunque creo que más que no fiarse de mí, de lo que no se fía es de que todo se desmorone si él se marcha.

Al menos en la Brigada de Delitos Contra las Personas.

El inspector jefe Morcillo volvió a darse de baja indefinida después del caso de Los cuatro elementos, también llamado caso de El murmullo del árbol.

La subinspectora Saavedra fue ascendida a inspectora en cuanto pidió el traslado al grupo de Fugitivos de la UDYCO.

Y yo, como buen pringao, me quedé como jefe de los grupos de la UDEV central.

Muchos me felicitaron, entre ellos Saavedra.

Otros tantos se lo tomaron con recelo, como el inspector Ávila de Secuestros y Extorsiones.

Y el resto se lo tomó con indiferencia, como el inspector Luis, «Listín» para los amigos.

Todos o casi todos los integrantes del grupo de homicidios fueron ascendidos después de la madre de todos los casos: Pleite de subinspector a inspector.

Solís de policía a oficial. Toribio de subinspector a inspector y líder del grupo de Homicidios.

Supuesto líder, porque él sigue tratándome como si yo fuera el jefe, no solo de la Brigada, sino del grupo que él debería comandar.

Insausti de oficial pasó a subinspector.

Sergio acompañó a Saavedra en el traslado a Fugitivos ¿Por qué?

Porque querían dar caza a Aire, cerebro del caso de Los cuatro elementos y a su supuesto compinche, Enrique Gallardo.

Insausti, en cuanto se enteró de que Saavedra había pedido el traslado, vino a consultarme.

Que si no quería dejarla sola, que si podría aportar muchas cosas a Fugitivos, que si la madre que los parió a los dos…

Yo le dije que hiciera lo que quisiera porque no tenía el chiringuito para ferias.

El comisario me acababa de plantear/imponer el ascenso a inspector jefe, y Olga me había contado que se largaba.

No es que me hiciera gracia que Insausti también abandonara el grupo, pero tampoco iba a montar un drama.

Había pensado en incorporar a algún pardillo (o pardilla) novato y encasquetarle trabajo que no le gusta a nadie, porque con los veteranos cada día me costaba más.

Así lo hice, la agente Mansilla se unió al grupo de homicidios un cuatro de julio, como el día de los yanquis, y en las cuatro semanas que lleva con nosotros no ha despegado los ojos de la pantalla de su ordenador.

Ya le tocará trabajar la calle. Cuando la entrevisté para que se incorporase, se lo advertí y ella aceptó encantada.

Y yo acepté, también encantado, porque la verdad es que tiene un expediente de diez.

Se llama Rocío, y es una mujer pequeña y musculosa con un pelo castaño más largo que su espalda.

Y como siga tan pegada a la pantalla a sus veintitantos años, deberá usar gafas antes de los treinta.

Listín parece interesado en la muchacha, y no seré yo quien le quite las ganas de enseñarle los procedimientos informáticos, ya que ahora no le permito sus innumerables excursiones a la Brigada Tecnológica.

Luis fue el único que no recibió ascenso, ya era inspector e inspector se quedó, y hasta la llegada de Rocío, se le veía taciturno o melancólico o una mezcla de ambas cosas.

La nueva compañera, al menos, le animó, a pesar de las bromas que Toribio, yo, e incluso Pleite le tirábamos: que si Mansilla podría hacerle un ovillo y tirarlo por una escalera; que si echaban un pulso ella ganaría nueve de diez veces; o que si, más soez todavía,

echaban un polvo lo mismo el inspector saldría con moratones.

Amaya, cuando nos escuchaba vacilarlo, nos echaba su pequeña bronca y nos acusaba de machistas de oficina. Ahí yo me ponía serio y acataba su acusación con una sonora e inútil disculpa, y prometía no bromear más sobre el tema. Hasta el cabo de dos o tres días, claro.

El caso es que Alamillos me ha convocado para una reunión a primera hora de la mañana.

—¿Qué tal, Del Olmo? ¿Ha podido ver toda la documentación del caso de Avilés?

—¿Que si he podido? Le he puesto hasta nombre.

—¿Ah sí? ¿Y cuál es?