El crimen
Otoño de 2010, primer viaje en el tiempo.
(Apuntes del inspector Del Olmo)
María salió esa mañana de su casa sin saber que no retornaría.
Su idea era, como siempre, caminar por los alrededores de su pequeña cabaña en el campo.
Después de tomarse los dos primeros kilómetros con calma, aligeró el paso, como si quisiera escapar de algún tipo de bestia del bosque. De lo que realmente quería huir era de sus propios demonios, esos que le habían sobrevenido meses antes, cuando la vida se le detuvo.
El otoño estaba siendo tímido en Avilés.
Una leve llovizna la noche anterior había regado el Embalse de Trasona y aumentado su capacidad unos milímetros cúbicos.
Su ribera estaba impregnada de una finísima capa acuosa que dificultaría que, al menos, este pequeño paraje no ardiera, como otros que sí estaban siendo pasto de las llamas en el interior de la provincia asturiana durante esos días.
Un zumbido seco la puso sobre alerta. No era un disparo, aunque se rumoreaba de furtivos que merodeaban la zona; por lo visto algunos de los vecinos habían escuchado tiros semanas atrás.
La sierra de Pelude-Nalón estaba en llamas y los cazadores de la comarca no podían gastar munición ni quemar instintos.
¿Qué sería aquello?
Viniera de quien viniera la amenaza le hizo recular, dio media vuelta y se dirigió, a paso todavía más ligero, a su casa.
Conocía el camino como el niño conoce el camino al colegio.
Los paseos por el lago que formaba el embalse se habían convertido en una tónica casi diaria; algunos días paseaba, incluso, mañana y tarde.
Era como si ese pequeño paraje, lleno de aves, vegetación y calma, le aportara una energía mística o terrenal que la apartaba del infierno vital por el que estaba pasando.
Escuchó un segundo zumbido que resonó en la corteza de un árbol, como si un pájaro carpintero picotease el tronco.
Ese repiqueteo le indicó, definitivamente, que debía salir de allí lo antes posible.
Aumentó la cadencia de la zancada hasta que el paso se convirtió en trote.
Sus deportivas se despegaron del suelo y, cuando miró hacia atrás, se tropezó.
Se tropezó, pero no se cayó. Más que nada porque alguien la sujetó en volandas.
Algo que no se esperaba y que la sorprendió tanto como el hecho de no notar sobre sus rodillas el impacto contra la grava del camino.
Levantó la cabeza para agradecer la ayuda y, cuando iba a sonreír, se le curvaron los labios hacia abajo porque el olor de aquel hombre le desagradó.
El olor acre, como cuando se enciende una cerilla, y el aspecto y sus manazas ásperas, de las que se quiso librar, aunque le fue imposible; porque le aferraban de los brazos con tanta fuerza que le empezaron a doler.
Como le dolió el puñetazo que recibió en el estómago.
Como le dolió el brazo del tipo cuando le dio la vuelta, le rompió los leggins y la estranguló haciendo palanca.
Poco después de recibir la primera embestida y desposeerla de su dignidad, todo se fundió a negro.
Como se van a negro las casas en las que se funden los plomos.
La luz volvió en el momento en el que sintió el dolor punzante en el abdomen, un dolor nuevo y tan intenso, que las luces volvieron a apagarse para siempre.