La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La sangre derramada
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La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2)

La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2)

Por Zarzo Escribano

© inepub.com

La sangre derramada

La sangre derramada es un poema de Federico García Lorca.

Forma parte del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías: un homenaje del poeta granadino a un torero amigo suyo que murió en la arena.

Lo de aquellas fotos era lo opuesto a un poema de Lorca; un cúmulo de sangre seca, tan oscura que en la imagen parecía negra.

La costra se prolongaba desde el vientre bajo hasta el cuello: la había rajado como a un animal.

Aparto unos instantes la vista de la pantalla del ordenador, porque no me queda mucho para marcharme a casa, y no es plan de ir con esas imágenes en la retina a besar y dar un abrazo a mis hijos.

Dicen que ser policía de homicidios es lo que conlleva, que has de acostumbrarte a ver sangre y vísceras, o cabezas destrozadas contra el asfalto.

Yo digo que sí, que parte de razón tiene quien afirma eso, aunque no evita que me pueda afectar, que me hagan sentir ganas de vomitar a pesar de haber visto tanta sangre y tantos cadáveres a lo largo de mis años de profesión.

Estoy solo en la Brigada. He mandado a todo el equipo a casa, tanto a los de Homicidios como a los de Secuestros.

La razón es que el comisario Alamillos no tiene otra cosa que hacer que enviarme el informe del crimen de María Ostende a última hora de la tarde.

Cuando ya se tiene el ánimo pensando en el sofá, recostándose sobre la persona o personas queridas.

Tengo la luz apagada y la luz azul del ordenador —que en unas horas me dejará insomne perdido— ilumina mi cara.

María Ostende tenía poco más de treinta años cuando alguien decidió que merecía ser violada y abierta en canal, vete tú a saber por qué motivo.

Seguro que por ninguno en particular, solo porque no estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado.

O quizá, precisamente, por todo lo contrario: porque estaba en el lugar adecuado para el que acabó con su vida.

A María la asesinaron en la localidad asturiana de Avilés, catorce años atrás.

Catorce años en los que podría tener ya un hijo o una hija adolescente, y cabrearse porque no le hace caso o porque ha dicho una palabrota improcedente.

Como hacen conmigo mis dos criaturas, ya en plena adolescencia.

Imagino a mi mujer violada y abierta en canal y no puedo evitar estremecerme; imagino a mis hijos huérfanos, porque si eso ocurriera, estoy seguro de que yo dejaría de ser policía para convertirme en algo distinto.

En un cazador.

De hecho, los informes de la Policía Judicial de Asturias llevan a pensar que el atacante de María Ostende fue un cazador.

El arma empleada para destrozar su joven cuerpo tenía todas las papeletas de haber sido un cuchillo de caza: por la trayectoria inmaculada del corte, por la precisión, por el destrozo del acero sobre la carne y las vísceras. Eso afirmó el forense en su día.

Además, María fue hallada en la ribera de un lago rodeado de vegetación.

El informe indica que no era una zona de cazadores, pero también comenta que en alguna ocasión alguien había dado aviso de furtivismo, ya que dicho lago tenía una fauna muy llamativa de aves.

¿Quien no respeta la vida animal, puede respetar la vida humana?

Aunque esto no sería justo para la mayoría de las personas que practican la caza, es lo que casi todos los de mi gremio van a pensar cuando lean el informe.

Eso fue lo que creyeron los compañeros de la judicial asturiana en sus pesquisas cuando, de los nueve sospechosos que barajaron, seis de ellos eran cazadores.

Aquí, solo en mi despacho, reflexiono y procuro alejarme de los tópicos, de los prejuicios, y buscar algo diferente que me permita acercarme a un asesino que lleva catorce años escondido, quizá al acecho de una nueva víctima, si es que no la ha asaltado ya durante todo este tiempo.

Tomo aire, apoyo los codos sobre el escritorio y la cabeza sobre las palmas de las manos; cierro los ojos e intento conectarme con ese depredador en el campo asturiano.

Catorce años atrás.