La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXVIII - El último vuelo
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Capítulo XXXVIII - El último vuelo

Una vez dentro del árbol-cabaña me senté sobre mi lecho de hojas.

Durante unos segundos simplemente observé el interior.

Las ramas. Las paredes vegetales. Las flores que crecían entre la corteza.

Las hojas que se acomodaban solas formando mi cama.

Resultaba extraño pensar que aquella sería mi última noche allí durante algún tiempo.

No para siempre. Pero sí durante bastante tiempo.

Había llegado a Safel sintiéndome una intrusa.

Una extranjera. Alguien que no terminaba de pertenecer a ningún lugar.

Y, sin darme cuenta, aquel árbol se había convertido en mi hogar.

Sonreí mientras acariciaba distraídamente algunas hojas cercanas.

El árbol respondió acomodándolas ligeramente bajo mi mano.

Como si también estuviera escuchando mis pensamientos.

— Volveré.

Las ramas vibraron suavemente. Pareció satisfecho con aquella respuesta.

Apoyé la espalda contra el tronco y dejé escapar un suspiro.

Porque, si era sincera, también estaba ilusionada.

Muchísimo. Iba a volver a ver a mi madre.

A Nimenessë. Aquello seguía provocándome una sensación extraña.

Porque durante gran parte de mi vida había creído haberla perdido.

Había aprendido a vivir con aquel vacío.

A aceptar que jamás volvería a verla. Y ahora no solo seguía viva.

Ahora podía visitarla. Hablar con ella. Abrazarla.

Pedirle consejo. Sonreí. Mi madre. Mi verdadera madre.

La madre que había recuperado hacía tan poco tiempo.

Cerré los ojos unos segundos. Intentando imaginar su reacción cuando apareciera en Rapovims. Probablemente me abrazaría.

Probablemente me haría veinte preguntas antes de permitirme responder una.

Probablemente descubriría que algo me ocurría antes incluso de que yo abriera la boca.

Aquello último resultaba bastante preocupante.

La sonrisa se me hizo un poco más grande.

Entonces miré hacia la entrada del árbol-cabaña.

Seguía esperando a Jazz. Porque todavía tenía algo importante que hacer antes de dormir.

Despedirme. La idea hizo que la alegría disminuyera un poco.

No porque fuera un adiós definitivo. Sabía que volvería.

Pero aun así… Jazz se había convertido en parte de mis días.

De mis mañanas. De mis vuelos. De mis pensamientos.

Y marcharme sin despedirme habría estado mal.

Muy mal. Apoyé la cabeza contra el tronco y observé la oscuridad que empezaba a extenderse entre las ramas exteriores.

— ¿Y qué se supone que voy a decirle?

El árbol vibró suavemente. Como si también quisiera saber la respuesta.

Yo tampoco la conocía. Porque no podía contarle la verdad.

No podía hablarle de Faelidrin. No podía explicarle lo que había descubierto.

No podía compartir la noticia que más ganas tenía de compartir.

Y, aun así, tenía que despedirme de él. Porque no pensaba marcharme sin decir adiós a mi amigo.

Finalmente apareció. Entró por una de las aberturas del árbol-cabaña como una flecha dorada y roja. Dio una vuelta completa alrededor de una rama. Después otra. Y aterrizó frente a mí.

— ¡Siria! ¡Siria! ¡Siria!

Sonreí inmediatamente.

— Hola, Jazz.

El jilguero inclinó la cabeza de un lado a otro mientras me observaba atentamente.

— ¿Cómo te encuentras?

— Mejor, viejo amigo.

Sus plumas se erizaron ligeramente.

— Estás rara.

Parpadeé.

— ¿Rara?

— Sí.

— ¿Por qué?

Jazz dio un pequeño salto sobre la rama.

— Porque estás triste y feliz a la vez.

No pude evitar reírme. Porque, por supuesto, tenía razón.

— Así es.

— ¿Por qué?

Me tomé unos segundos antes de responder.

— Porque voy a ver a mi maestra.

— ¿A la silenciosa?

— No.

Negué con la cabeza.

— A mi maestra vampírica.

— ¿Y eso te pone triste o contenta?

— Contenta.

Jazz pareció satisfecho con aquella respuesta.

— Entonces está bien.

— Pero también estoy triste.

Aquello consiguió que volviera a inclinar la cabeza.

— ¿Por qué?

Sentí una pequeña punzada en el pecho.

— Porque me voy durante un tiempo.

Hice una pausa.

— Y no voy a verte.

Para mi sorpresa, Jazz pareció confundido. Muy confundido.

— Claro que me verás.

Parpadeé.

— No.

— Sí.

— Jazz…

— ¿Sí?

— Me voy.

— Ya lo sé.

— Muy lejos.

— Ya lo sé.

Lo observé durante unos segundos.

— Entonces no voy a verte.

Jazz abrió las alas.

— Claro que sí.

Fruncí el ceño.

— ¿Cómo?

Su respuesta llegó como si fuera la cosa más evidente del mundo.

— Porque iré contigo.

Tuve que contener una sonrisa.

— Ojalá.

— Entonces ya está solucionado.

— No está solucionado.

— ¿Por qué?

— Porque es peligroso.

— Pero tú vas.

— Sí.

— Entonces yo también.

Aquello era desesperadamente lógico desde el punto de vista de un jilguero.

— Voy fuera de Safel.

— Lo sé.

— Muy lejos.

— Lo sé.

— Y no puedo llevarte conmigo.

Jazz pareció reflexionar sobre aquello. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil. Lo cual, tratándose de Jazz, era equivalente a una profunda meditación filosófica. Finalmente bajó un poco la cabeza.

— Entonces te esperaré.

Sonreí.

— ¿Sí?

— Sí.

Pero no sonó convencido. Ni siquiera un poco. Y precisamente por eso se me ocurrió una idea.

— Jazz.

Inmediatamente volvió a animarse.

— ¿Sí?

— Mientras no estoy necesito que me hagas un favor.

Aquello tuvo exactamente el efecto que esperaba. El jilguero despegó de la rama. Dio una pirueta. Después otra. Y una tercera completamente innecesaria.

— ¡Claro!

Aterrizó delante de mí.

— ¿Cuál?

Miré a mi alrededor. Las ramas. Las hojas. Mi hogar.

— Necesito que cuides de este árbol por mí.

Jazz parpadeó. Después miró el tronco. Después volvió a mirarme.

— ¿Cuidarlo?

— Sí.

Sonreí.

— Creo que también me echará de menos.

Las hojas del árbol se agitaron inmediatamente. Jazz observó el movimiento.

— Creo que sí.

— Ha cuidado mucho de mí.

Mi mano acarició una de las ramas cercanas.

— Y necesito que alguien cuide de él mientras no estoy.

Jazz infló ligeramente el pecho.

— Puedo hacerlo.

— ¿De verdad?

— Claro.

Asentí.

— Entonces necesito que me prometas una cosa.

— ¿Cuál?

— Que vendrás a dormir aquí todas las noches.

Jazz ni siquiera tuvo que pensarlo.

— ¡Claro!

Su respuesta fue inmediata.

— Vendré todas las noches.

El árbol vibró suavemente. Satisfecho. Y yo sentí que algo dentro de mí se tranquilizaba un poco. Porque quizá no podía llevarme a Jazz. Pero él seguiría allí. Cuidando del lugar que había sido mi hogar. Esperando mi regreso.

Aquella noche nos acostamos pronto. O al menos lo intentamos.

Yo seguía cansada. Mucho más de lo que quería admitir. El viaje comenzaría al amanecer y mi cuerpo todavía estaba recuperándose de la pérdida de sangre. Jazz también parecía agotado después de todas las emociones del día. O quizá simplemente no quería alejarse demasiado.

Por primera vez desde que lo conocía no eligió una rama cercana.

Ni una ventana. Ni el respaldo vegetal de alguna pared del árbol-cabaña.

Se acomodó directamente sobre mi hombro.

Sentí el suave roce de sus plumas contra mi cuello.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

No hacía falta. Porque había cosas que se comprendían incluso sin palabras.

Levanté una mano y acaricié suavemente las plumas de su cabeza.

— Voy a volver, Jazz.

El pequeño jilguero emitió un sonido suave.

— Lo sé.

Sonreí.

— Y tú cuidarás del árbol.

— Lo sé.

— Y no harás tonterías.

Jazz levantó la cabeza inmediatamente.

— Eso no puedo prometerlo.

La respuesta fue tan rápida que terminé riéndome.

Incluso él pareció sentirse orgulloso de aquello.

Poco después el sueño terminó encontrándonos a los dos.

Y mientras me quedaba dormida sentí cómo se acomodaba un poco más cerca de mí.

Como si quisiera asegurarse de que seguíamos juntos mientras durara la noche.

La mañana llegó demasiado deprisa. La luz atravesó las paredes vegetales del árbol-cabaña y me despertó lentamente. Durante unos segundos permanecí inmóvil. Todavía me sentía débil. Mucho mejor que el día del accidente. Pero débil.

Jazz también despertó poco después. Abrió un ojo. Después el otro. Y bostezó de una forma sorprendentemente exagerada para alguien tan pequeño.

— Buenos días.

— Buenos días.

Permanecimos unos segundos observándonos.

Y entonces recordé algo. Aquella sería la mañana de mi partida.

La última mañana en Safel durante bastante tiempo.

Una idea cruzó mi mente. Una idea sencilla.

Una idea que hizo aparecer una sonrisa en mis labios.

La magia recorrió mi cuerpo y me transformé en murciélago.

Jazz observó la transformación con curiosidad.

— ¿Qué haces?

Batí las alas una vez.

— Quería preguntarte algo.

— ¿Qué?

— ¿Te apetece hacer un último vuelo?

El jilguero tardó exactamente medio segundo en reaccionar. Después saltó de la rama. Dio una pirueta. Después otra. Y una tercera otra vez, completamente innecesaria. Como ya era una costumbre en él.

— ¡Sí!

La emoción que recibí a través del vínculo fue tan intensa que casi me hizo reír.

— ¿De verdad?

— ¡Claro que sí!

Dio otra vuelta alrededor de mí.

— ¡Será el mejor vuelo!

— No hace falta que sea el mejor.

— ¡Entonces será el segundo mejor!

— ¿Y cuál fue el mejor?

Jazz pareció pensarlo durante varios segundos.

— No lo sé.

— Eso tiene sentido.

— Lo sé.

No pude evitar sonreír. Después ambos nos dirigimos hacia la salida del árbol-cabaña.

Porque dentro de unas horas partiría hacia Rapovims. Pero antes de enfrentarme al viaje.

Antes de despedirme de Safel. Antes de volver a ver a mi madre.

Todavía quedaba algo importante por hacer.

Volar una vez más junto a mi mejor amigo.

Volé despacio. Mucho más despacio de lo habitual.

La energía de Faelidrin seguía recorriendo mi interior, sosteniéndome igual que había hecho durante los últimos días.

Pero ya no era suficiente para ocultar lo evidente.

Seguía sintiéndome débil. Aunque, mientras avanzábamos entre las copas de los árboles, comprendí que aquella no era exactamente la palabra correcta.

Débil implicaba que mis fuerzas estaban agotadas.

Lo que yo sentía era diferente. Vacío. Como si algo importante hubiera desaparecido de mi interior y todavía estuviera esperando regresar.

Como si una parte de mí continuara ausente.

Aun así, el vuelo resultó maravilloso. Porque estaba con Jazz.

El jilguero revoloteaba a mi alrededor como siempre.

Subía. Bajaba. Giraba entre las ramas. Desaparecía detrás de algún árbol para reaparecer segundos después desde una dirección completamente distinta.

Y, por supuesto, hablaba sin parar. De cosas importantes.

De cosas absurdas. Y de cosas que probablemente solo tenían sentido dentro de su cabeza.

Yo me limité a escucharlo. A disfrutarlo.

A memorizarlo. Porque sabía que iba a echar aquello de menos.

Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Atravesamos senderos de hojas doradas por el sol de la mañana.

Sobrevolamos el riachuelo. Pasamos junto a flores que nos saludaron al reconocerme.

Incluso visitamos algunos de los lugares donde habíamos volado juntos por primera vez.

Y, como ocurría siempre que estaba con Jazz, el tiempo decidió comportarse de forma completamente injusta.

Pasó en un suspiro. Un instante después el sol ya estaba más alto.

Y la hora de partir se acercaba. Mi amigo alado pareció darse cuenta al mismo tiempo que yo.

Porque poco a poco fue dejando de hacer piruetas. Y empezó a acompañarme en silencio.

Juntos emprendimos el camino hacia el claro. El mismo claro donde tantas veces había entrenado. Donde había aprendido magia. Donde había discutido con Faelidrin. Donde había estado a punto de morir. Y donde ahora comenzaría un viaje completamente nuevo.

Cuando atravesamos los últimos árboles vi inmediatamente una figura esperándome junto al riachuelo.

Faelidrin. Mi corazón reaccionó antes incluso de que pudiera evitarlo.

Pero entonces descubrí que no estaba sola.

Había una segunda figura junto a ella. Alta.

Elegante. Imponente. La reina Tiqueril. Parpadeé sorprendida.

Porque esperaba encontrar a Faelidrin. Pero desde luego no esperaba encontrar también a la reina de Safel.

A mi lado, Jazz emitió un pequeño silbido.

— Creo que alguien importante ha venido a despedirte.

Y por primera vez desde que había comenzado aquella mañana, sentí una ligera inquietud mezclándose con la emoción del viaje.