Capítulo XXXIX - El primer paso
Nos acercamos al claro lentamente. Jazz seguía revoloteando a mi alrededor mientras descendíamos entre las últimas ramas de Safel.
Calculé la distancia con cuidado. Muy cuidadosamente.
Esperé hasta el último momento posible antes de recuperar mi forma humana.
La magia recorrió mi cuerpo mientras descendía y mis alas volvieron a convertirse en brazos justo cuando mis pies rozaban la hierba.
Perfecto. Ni un paso más de vuelo de lo necesario.
Ni un segundo más de transformación de lo imprescindible.
Porque, aunque había mejorado, seguía teniendo muy poca energía.
Y en aquellos momentos cada pequeño esfuerzo importaba.
Cada movimiento. Cada transformación. Cada paso.
Nos esperaba un viaje largo. Muy largo. Salir de Safel.
Días atravesando Rea antes de llegar a Rapovims. Y no podía permitirme desperdiciar ni una sola gota de las fuerzas que todavía me quedaban.
Aterricé con suavidad. O al menos tan suavemente como me permitieron unas piernas que seguían recordándome constantemente que había estado a punto de desangrarme hacía apenas unos días. Jazz aterrizó a mi lado.
— Sigues caminando raro.
— Gracias por tu apoyo incondicional.
— De nada.
Lo dijo con tanta sinceridad que tuve que contener una sonrisa. Respiré hondo. Y entonces levanté la vista. Faelidrin seguía junto al riachuelo. Y Tiqueril también.
La reina de Safel parecía incluso más imponente de cerca.
La luz de la mañana se filtraba entre las hojas y dibujaba reflejos verdes sobre sus vestiduras.
Permanecía completamente inmóvil, observándonos acercarnos.
Como si hubiera sabido exactamente cuándo llegaríamos.
Por un instante sentí una pequeña punzada de nerviosismo. No por Faelidrin. Por Tiqueril.
Porque una cosa era entrenar bajo las órdenes de la reina élfica.
Y otra muy distinta era presentarse ante ella sabiendo que estaba allí específicamente para despedirte.
O para decir algo importante. Y tenía la sensación de que no había pasado toda la mañana en aquel claro simplemente para desearnos buen viaje.
Me acerqué a la reina Tiqueril y realicé una reverencia.
Una reverencia auténtica. Profunda. Respetuosa.
Exactamente como correspondía ante una reina.
No tuve que pensar cómo hacerla. Mi cuerpo la ejecutó casi por instinto.
Como si recordara algo aprendido hacía muchísimo tiempo.
Y, en realidad, así era. Porque antes de todo aquello...
yo también había sido una princesa. Antes de los vampiros.
Antes de Gilraen. Antes de Duncan. Antes del asesinato de mi padre.
Antes de que mi vida decidiera convertirse en una sucesión interminable de catástrofes cuidadosamente organizadas por el destino.
Había crecido entre nobles, embajadores y gobernantes.
Había asistido a recepciones. A celebraciones.
A ceremonias. Había aprendido qué debía decirse y qué no.
Cuando hablar. Cuando callar. Cuando inclinar la cabeza.
Y, sobre todo, cómo mostrar respeto a alguien que lo merecía. Me incorporé lentamente.
Porque, además, en este caso el respeto no era una simple formalidad.
La admiración era real. Tiqueril era una de las personas más sabias que había conocido jamás.
Había gobernado Safel durante siglos. Había protegido su pueblo.
Había guiado a Faelidrin. Y, pese a todas nuestras diferencias, me había abierto las puertas de su reino cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo.
La reina observó mi reverencia con atención. Y durante un instante me pregunté si ella también estaba viendo algo más. No a Siria. No a Gilraen. Sino a aquella princesa humana que había existido antes de que el mundo decidiera romperse.
— Que tengáis buen viaje, Gilraen.
La voz de Tiqueril sonó tranquila. Serena. Como siempre. Incliné ligeramente la cabeza.
— Muchas gracias, majestad.
La reina me observó durante unos segundos. Después continuó hablando.
— Ahora no solo sois una embajadora de los vampiros.
Hizo una pequeña pausa.
— Ahora también sois un miembro de mi familia.
Durante un instante me quedé inmóvil. Porque entendí perfectamente todo lo que aquellas palabras significaban.
Y también todo lo que no estaban diciendo.
Tiqueril me estaba aceptando. No como alumna.
No como visitante. No como la portadora de una profecía.
Como familia. Aquello me conmovió más de lo que esperaba.
Y, al mismo tiempo, una parte de mí no pudo evitar apreciar la ironía de la situación.
Porque la reina no sabía algo. No sabía que estaba profundamente enamorada de su hija.
No sabía que cada vez que pronunciaba el nombre de Faelidrin mi corazón olvidaba comportarse de forma razonable.
No sabía que, si el destino decidía ser especialmente generoso por una vez, quizá algún día aquellas palabras adquirirían un significado todavía más literal.
La idea me hizo sonreír por dentro. Solo por dentro.
Porque sospechaba que aquel no era el mejor momento para compartir semejante información. Tiqueril continuó hablando.
— Os lleváis a una de las personas más importantes de mi vida.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia Faelidrin.
— Mi única hija.
La firmeza de su voz se suavizó apenas una fracción.
— Tened cuidado.
Miré a Faelidrin. Después volví a mirar a la reina.
— Lo tendremos.
Tiqueril asintió.
— No solo es mi hija.
Guardó silencio unos segundos.
— También es alguien que cambiará el destino de los elfos.
Sus ojos permanecieron serenos.
— Y quizá el destino de muchas otras especies.
Parpadeé. Aquello consiguió captar toda mi atención.
— ¿Majestad?
La reina continuó como si hubiera esperado exactamente aquella reacción.
— No solo existe vuestra profecía, Gilraen.
Una pequeña pausa.
— También existe la de mi hija.
Sentí cómo la sorpresa crecía inmediatamente dentro de mí.
Porque aquello era nuevo. Completamente nuevo.
Miré a Faelidrin. Ella permanecía inmóvil.
Tan tranquila como siempre. Y, por alguna razón, tuve la sensación de que tampoco le gustaba demasiado hablar de aquel asunto.
Quise preguntar. Quise saber más. Quise entender qué significaban exactamente aquellas palabras.
Había oído cosas. Comentarios aislados. Insinuaciones.
Sabía que Faelidrin era diferente. Que incluso entre los elfos ocupaba un lugar especial.
Que Tiqueril esperaba grandes cosas de ella.
Un destino. Una misión. Pero no sabía que aquello estuviera relacionado con una profecía.
Ni que existiera una profecía en absoluto.
Y mucho menos que pudiera tener un alcance comparable al de la mía. Pero Tiqueril ya estaba continuando.
— Además, Faelidrin posee gran parte de los conocimientos de nuestro pueblo.
La reina sonrió apenas.
— Es una princesa de Safel.
Después añadió algo que parecía dicho tanto por una reina como por una madre orgullosa.
— Y es una gran maestra.
Miré a Faelidrin. La princesa élfica pareció sentirse ligeramente incómoda con los elogios. Lo cual hizo que me resultara todavía más simpática.
— Seguid aprovechando la transmisión de sus conocimientos.
Incliné la cabeza.
— Así lo haré.
— Bien.
Tiqueril observó a las dos durante unos segundos. Como si quisiera grabar aquella imagen en su memoria. Después sonrió. Una sonrisa pequeña. Serena. Y sorprendentemente cálida.
— Entonces partid.
Sus ojos recorrieron el sendero que abandonaba el claro.
— Os espera un largo viaje.
Y, por primera vez desde que había despertado aquella mañana, comprendí que había llegado el momento. El momento de abandonar Safel. El momento de dejar atrás el bosque. El momento de comenzar el camino hacia Rapovims. Y, de algún modo, también el comienzo de algo mucho más grande.
Miré a Faelidrin. No hizo falta que dijera nada. Lo supe por su mirada. Había llegado el momento. El viaje que llevábamos días planeando. El viaje que había empezado como una idea imposible junto al riachuelo. El viaje por el que había discutido con Tiqueril durante toda una noche.
Por fin comenzaba. Volví la vista hacia Jazz. El pequeño jilguero seguía observándome desde una rama cercana. Más quieto de lo habitual. Mucho más. Sonreí.
— Hasta pronto, Jazz.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba.
— Hasta pronto, buen amigo.
Durante un instante pareció que iba a responder algo. Pero fue otra voz la que habló.
— Haré compañía a Jazz.
Miré a Tiqueril. La reina mantenía aquella serenidad inquebrantable que parecía acompañarla siempre.
— No os preocupéis por él.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia el jilguero.
— Y también informaré a Séfora de dónde os encontráis.
Parpadeé sorprendida. Porque aquello significaba que la reina conocía perfectamente quién era Jazz. Y probablemente mucho más de lo que yo imaginaba. Pero no pregunté. Porque aquel no era el momento.
Y porque sospechaba que Tiqueril pertenecía a esa extraña categoría de personas que parecían enterarse de todo, tarde o temprano.
Volví a mirar a Faelidrin. Ella aguardaba pacientemente. Esperándome.
La magia recorrió mi cuerpo un instante después.
Mis manos se transformaron en patas. Mi piel se cubrió de pelaje.
El mundo cambió de tamaño a mi alrededor.
Elegí la forma de loba sin pensarlo demasiado.
Me parecía la forma correcta de comenzar aquel viaje.
Fuerte. Libre. Preparada para recorrer largos caminos.
Levanté la vista hacia Faelidrin. Ella sonrió apenas.
Y entonces echamos a andar. Atravesamos el claro. Pasamos junto al riachuelo. Junto a las flores. Junto a los árboles que habían sido mi hogar durante tanto tiempo.
Y poco a poco Safel comenzó a abrirse ante nosotras.
El bosque susurraba sobre nuestras cabezas.
La luz de la mañana atravesaba las hojas.
Y cada paso nos alejaba un poco más del lugar donde había aprendido a ser Gilraen.
Y un poco más cerca del lugar donde me esperaba mi madre.
No miré atrás. Porque sabía que volvería.
Y porque algunos caminos solo pueden recorrerse avanzando.
Así comenzó nuestro viaje.
FIN