Capítulo XXXVII - El camino elegido #3
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Porque ya habíamos dicho lo importante. O casi.
Entonces se acercó a mí. Sin prisas. Sin ceremonias.
Simplemente se acercó. Y tendió una mano.
Yo la tomé. La energía empezó a fluir inmediatamente.
Y la reconocí. Al instante. Como siempre.
Como si mi alma hubiera aprendido ya su nombre.
Como si pudiera encontrar aquella energía entre miles de millones de otras.
Una certeza extraña se instaló dentro de mí.
La certeza de que jamás la confundiría. Que dentro de cien años.
Dentro de mil. En cualquier lugar. En cualquier momento.
Siempre sabría cuándo era ella. Porque aquella energía era tan inconfundible como su voz.
Tan inconfundible como sus ojos. Tan inconfundible como la forma en que pronunciaba mi nombre.
La absorbí lentamente. Con cuidado. Disfrutando aquella sensación cálida que se extendía por mi interior.
Esta vez era muy parecida a la última ocasión.
La misma serenidad. La misma calma profunda.
La misma sensación de raíces antiguas creciendo bajo la tierra.
La misma sensación de hogar. Pero también encontré matices nuevos.
Pequeños detalles que antes no estaban allí.
O que quizá yo no había sabido percibir.
Había cansancio. No físico. No exactamente.
Era el cansancio de alguien que había pasado toda una noche luchando por algo importante.
Toda una noche discutiendo. Argumentando.
Insistiendo. Intentando convencer a Tiqueril.
Y aun así no encontré arrepentimiento. Ni una sola vez.
Solo determinación. Solo la convicción tranquila de quien cree que algo merece la pena.
Seguí absorbiendo aquella energía. Y entonces percibí otra cosa.
Su madre. Tiqueril. El cariño que sentía hacia ella era inmenso.
Mucho más profundo de lo que había imaginado.
Respeto. Admiración. Orgullo. Confianza.
Siglos compartidos. Enseñanzas. Recuerdos.
Era imposible describirlo con palabras. Pero también sentí algo más.
Desacuerdo. Porque Faelidrin amaba profundamente a su madre.
Y precisamente por eso era capaz de discutir con ella.
De desafiarla. De oponerse cuando creía que debía hacerlo.
Aquello me sorprendió menos de lo que habría esperado.
Porque cada vez comprendía mejor quién era realmente.
No obedecía por costumbre. Elegía. Y aquello la hacía mucho más fuerte.
La energía siguió fluyendo. Y entonces apareció aquello que ya conocía.
Aquello que ninguna de las dos pronunciaba.
Aquello que las palabras todavía evitaban.
Su amor hacia mí. Seguía allí. Tan intenso.
Tan sincero. Tan imposible de ocultar. Y por un instante cerré los ojos.
Simplemente sintiéndolo. Porque seguía resultando extraordinario.
Seguir descubriendo que era real. Que no era una ilusión.
Que no había confundido sus silencios. Que no había imaginado sus miradas.
Que existía de verdad. Cuando la energía dejó de fluir ninguna de las dos habló.
No hacía falta. Porque aquello era más íntimo que cualquier conversación.
Más íntimo que cualquier abrazo. Más íntimo incluso que un beso.
Dentro de la energía compartida no existían máscaras.
No existían mentiras. No existían palabras equivocadas.
Solo la verdad. Y quizá por eso resultaba tan difícil describirlo.
Nos pusimos en marcha poco después. El bosque nos recibió de nuevo entre sus senderos.
Y emprendimos el camino hacia mi árbol-cabaña.
Faelidrin caminaba a mi lado. En silencio.
Vigilándome discretamente, cada pocos pasos.
Como si todavía temiera que pudiera desplomarme en cualquier momento.
Y, siendo sincera, probablemente tenía motivos para ello.
Todavía tropecé dos veces durante el trayecto.
La segunda arrancó de ella una expresión de preocupación tan evidente que casi me hizo reír.
Cuando finalmente llegamos, el árbol-cabaña abrió suavemente sus ramas para recibirnos.
El cielo ya se había teñido de tonos anaranjados y violetas.
Las primeras flores nocturnas comenzaban a despertar.
Y el bosque entero parecía prepararse para dormir.
Nos detuvimos junto a la entrada. Y durante unos segundos simplemente nos observamos.
Nada más. No hacía falta nada más. Porque el día había sido largo.
Porque el viaje ya era una realidad. Porque ambas sabíamos que aquello lo cambiaría todo.
Finalmente, Faelidrin habló.
— Buenas noches, Siria.
Aquellas palabras siguieron provocando exactamente el mismo efecto dentro de mí. Una felicidad absurda, pequeña, sencilla, y completamente imposible de ocultar; sonreí.
— Buenas noches, Faelidrin.
Hice una pequeña pausa.
— Que descanses.
Sus ojos se suavizaron apenas un instante. Después asintió. Y comenzó a alejarse entre los árboles. La observé marcharse. Hasta que las sombras del bosque terminaron por ocultarla. Y solo entonces entré en mi árbol-cabaña.
Con su energía todavía recorriendo mi interior. Con el viaje esperándome al amanecer. Y con la sensación de que, por primera vez desde que había llegado a Safel, el futuro ya no parecía únicamente algo que debía soportar. También parecía algo que deseaba vivir.