Capítulo XXXVII - El camino elegido #2
— Los humanos también.
— Una cabeza.
— Sigues sin convencerme.
La princesa élfica cruzó los brazos.
— Siria.
No pude evitar sonreír.
— No te pareces a una humana.
Su expresión se volvió todavía más confundida.
— ¿Por qué?
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
— Porque eres muchísimo más bella.
El silencio cayó entre nosotras. Inmediato. Completo. Y absolutamente satisfactorio. Por primera vez en bastante tiempo conseguí que Faelidrin se quedara sin palabras. Completamente sin palabras. Y descubrí que aquella era una de mis victorias favoritas.
— Bueno, esquivaremos a los humanos siempre que podamos.
Asentí. Aquello parecía razonable.
— Y cuando no podamos, intentaremos engañarlos.
Volví a asentir. Aquello también parecía razonable. Después añadió:
— Y si tampoco podemos... los mataremos.
Parpadeé.
— ¿Matarles?
La sorpresa debió reflejarse claramente en mi rostro. Porque Faelidrin me observó como si acabara de decir algo completamente normal.
— Exacto.
La miré durante varios segundos. Esperando alguna señal de que estuviera bromeando. No la encontré.
— ¿No es un poco... drástico?
Por primera vez fue ella quien pareció confundida.
— ¿Drástico?
— Sí.
Hice un gesto con las manos.
— Ya sabes. La parte de matar personas.
— Siria.
Su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.
— Estoy hablando de personas que habrían descubierto a Gilraen.
Aquello hizo que dejara de sonreír.
— Aun así...
Faelidrin sostuvo mi mirada.
— Lo primero es tu seguridad.
Hubo una pausa.
— Antes que cualquier otra vida.
Aquellas palabras me golpearon con fuerza. Porque no sonaban a una teoría. No sonaban a una lección. Sonaban a una decisión ya tomada.
— Faelidrin...
Ella negó suavemente con la cabeza.
— No estoy diciendo que quiera hacerlo.
Sus ojos descendieron un instante hacia el riachuelo.
— Espero que no sea necesario.
— Entonces...
— Pero si alguien intentara ponerte en peligro.
Su voz se volvió más firme.
— No dudaría.
El silencio cayó entre nosotras. Y de pronto comprendí algo.
No hablaba la princesa de Safel. No hablaba la alumna perfecta de Tiqueril.
No hablaba la elfa que creía que todo tenía un propósito.
Hablaba alguien que había estado a punto de perderme.
Alguien que todavía recordaba la sangre sobre la hierba.
Alguien que había pasado una noche entera pensando que podía morir.
— Eso da un poco de miedo.
La confesión escapó antes de que pudiera detenerla. Para mi sorpresa, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
— Lo sé.
— Lo digo en serio.
— Yo también.
La observé.
— No pareces la misma persona que me explica que no debo perderme en el odio.
— Porque no es odio.
Aquello me dejó callada. Faelidrin tardó unos segundos en continuar.
— Si fuera necesario, lo haría.
Sus ojos se encontraron con los míos.
— Y después tendría que vivir con ello.
La serenidad de su voz resultó mucho más inquietante que cualquier amenaza. Porque comprendí que estaba diciendo la verdad. No quería hacerlo. No le gustaría hacerlo. No lo disfrutaría. Pero lo haría. Y por primera vez entendí hasta dónde estaba dispuesta a llegar para protegerme.
— Recuérdame no discutir contigo durante el viaje.
La sonrisa de Faelidrin se hizo apenas un poco más grande.
— Eso sería una decisión sensata.
— Lástima que nunca tome decisiones sensatas.
— Lo sé.
Y, por alguna razón, aquella respuesta sonó sospechosamente cariñosa.
Faelidrin permaneció en silencio unos segundos más. Después se puso en pie.
— Voy a bajar el hechizo.
Asentí.
— Y después volveré a transmitirte parte de mi energía.
Su tono volvió a adquirir aquella firmeza tranquila que utilizaba cuando había tomado una decisión.
— Necesitas estar lo más fuerte posible para el viaje.
— No hace falta...
La mirada que me dirigió hizo que abandonara inmediatamente aquella protesta.
— Sí hace falta.
Suspiré.
— Está bien.
— Hasta que salgamos de Safel no podrás alimentarte de sangre.
Asentí.
— Lo sé.
— Así que no pienso permitir que emprendas el viaje debilitada.
Aquello sonó mucho menos a una explicación y mucho más a una promesa. Faelidrin levantó ligeramente una mano. Preparándose para deshacer el hechizo. Entonces la detuve.
— ¿Faelidrin?
Sus ojos volvieron hacia mí.
— ¿Sí?
Dudé unos segundos. Porque había algo que quería decir. Algo importante. Algo que llevaba tiempo intentando expresar.
— ¿Puedo decirte algo antes de que lo bajes?
La princesa élfica permaneció inmóvil.
— Dime.
Tragué saliva. De pronto resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado. Porque no podía decirle exactamente lo que sentía. No todavía. No de aquella forma. No en voz alta. Pero sí podía decir otra cosa. Algo que también era verdad.
— Gracias.
Vi una pequeña sorpresa en sus ojos.
— ¿Gracias?
Asentí.
— Por luchar por nosotras.
El silencio cayó entre los dos. Un silencio profundo. Distinto a los anteriores. Porque esta vez ninguna necesitaba esconder nada. Faelidrin bajó ligeramente la mirada. Y durante un instante pareció incapaz de responder. Solo un instante. Después habló.
— Todavía no he hecho nada.
No pude evitar sonreír.
— Claro que sí.
Mi voz salió suave.
— Podrías haber dicho que no.
Sus ojos volvieron a los míos.
— Podrías haber aceptado la ley. Podrías haber decidido que era imposible.
Una pequeña pausa.
— Podrías haber dejado de intentarlo.
Faelidrin guardó silencio. Y aquello fue suficiente respuesta. Porque las dos sabíamos que había estado luchando. Con Tiqueril. Con las leyes. Con sus propias dudas. Con siglos de costumbres élficas. Y aun así seguía allí. A mi lado. Intentándolo.
— Gracias — repetí.
Esta vez su expresión se suavizó. Mucho.
— No tienes que darme las gracias.
Sentí una sonrisa aparecer en mis labios.
— Sí tengo que hacerlo.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Yo conocía sus sentimientos. Los había sentido dentro de su energía.
Tan reales como los míos. Y ella también conocía los míos.
Los había sentido cuando nuestras energías se mezclaron.
No necesitábamos pronunciarlos. No allí.
No todavía. Pero estaban presentes igualmente.
Entre nosotras. Silenciosos. Vivos. Y cada vez más difíciles de ignorar.
Finalmente, Faelidrin exhaló despacio. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Pequeña. Cansada. Hermosa.
— Entonces de nada, Siria.
Y por alguna razón aquellas tres palabras hicieron que mi corazón latiera mucho más deprisa de lo que debería.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. El verdadero silencio. El que Faelidrin había levantado alrededor de nosotras. El que mantenía al bosque apartado. El que nos permitía hablar sin metáforas. Sin rodeos. Sin escondernos. Entonces ella se puso en pie lentamente.
— Voy a bajar el hechizo.
Aquellas palabras tuvieron un efecto extraño en mí. Porque significaban que aquel pequeño refugio iba a desaparecer. Que Safel volvería a escuchar. Que tendríamos que regresar a los silencios disfrazados y a las conversaciones a medias. Asentí despacio.
— Y después volveré a transmitirte parte de mi energía.
Su voz recuperó aquella firmeza tranquila que utilizaba cuando ya había tomado una decisión.
Faelidrin levantó una mano. Y comenzó a pronunciar palabras en aquel élfico antiguo que apenas comprendía.
La magia se extendió suavemente a nuestro alrededor.
Y entonces ocurrió algo que ya empezaba a resultarme familiar.
El silencio empezó a romperse. Primero regresó el murmullo lejano del agua.
Después el canto de algunas aves. Luego el roce del viento entre las hojas.
Como si el mundo estuviera despertando poco a poco.
Como si Safel hubiera permanecido aguardando pacientemente detrás de una puerta invisible.
Hasta que finalmente el hechizo desapareció.
Y el bosque volvió a rodearnos por completo.
El riachuelo cantaba. Las flores susurraban.
Las hojas danzaban bajo la brisa. Y, en algún lugar cercano, varias margaritas extremadamente curiosas parecían bastante satisfechas de poder volver a escuchar.
No pude evitar sonreír. Después miré a Faelidrin. Y ella me devolvió la mirada.