Capítulo XXXVII - El camino elegido
No quería guardar secretos con ella. No después de todo lo ocurrido. No después de haber sentido su energía dentro de mí. No después de haber descubierto que nos entendíamos incluso cuando no pronunciábamos las palabras importantes. Así que decidí ser completamente sincera.
— No solo deseo aprenderlo para hablar contigo.
La ligera diversión que había aparecido en los ojos de Faelidrin se suavizó. Esperó.
— También necesito contárselo a Jazz.
Una pequeña pausa.
— Necesito hablar con él.
Miré hacia el riachuelo.
— Necesito desahogarme.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Faelidrin apartó la mirada. Como si aquella respuesta fuera exactamente la que esperaba escuchar.
— Es peligroso.
Suspiré. Aquella frase empezaba a perseguirme incluso más que sus lecciones.
— Él no explicará nada.
— No intencionadamente.
Su voz fue tranquila. Paciente. Como siempre.
— Jazz te quiere.
— Lo sé.
— Precisamente por eso.
Fruncí ligeramente el ceño.
— No entiendo.
Faelidrin apoyó los antebrazos sobre las rodillas mientras observaba el agua inmóvil del riachuelo silencioso.
— No olvides que es un ave.
— Lo sé.
— No piensa como nosotros.
Aquello era difícil de discutir.
— No comprende realmente dónde está el peligro.
Sus ojos buscaron los míos.
— No entiende qué significan estas leyes.
— Porque son absurdas.
— Probablemente.
La respuesta llegó tan deprisa que me sorprendió. Faelidrin pareció darse cuenta inmediatamente de lo que acababa de admitir. Y decidió continuar antes de que pudiera aprovecharlo.
— Pero siguen existiendo.
Suspiré. Porque, una vez más, tenía razón.
Y aquello resultaba tremendamente irritante.
No porque estuviera equivocada. Precisamente porque no lo estaba.
Jazz jamás nos traicionaría. Jamás. De eso estaba completamente segura.
Pero también era cierto que podía mencionar algo sin comprender las consecuencias.
Podía compartir una información aparentemente inocente.
Podía hacer una pregunta en el lugar equivocado.
Podía hablar con la criatura equivocada.
No por malicia. Simplemente porque era Jazz.
Y Jazz tenía una relación muy peculiar con conceptos como la discreción. Apoyé los codos sobre las piernas.
— Lo odio.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Faelidrin.
— ¿A quién?
— A ti.
Aquello consiguió que la sonrisa creciera apenas un poco.
— ¿Por qué?
— Porque vuelves a tener razón.
— Eso ocurre con frecuencia.
La miré.
— Ha sido una provocación deliberada.
— Sí.
No pude evitar reír. Una risa pequeña. Débil. Pero real. Después el silencio regresó. Esta vez cómodo. Pensativo. Observé el riachuelo. Observé las raíces. Observé la luz filtrándose entre las hojas. Y poco a poco comprendí qué era exactamente lo que me dolía.
No era únicamente no poder hablar con Jazz.
Era algo más profundo. Porque quería compartir mi felicidad.
Y no podía. Quería contarle que Faelidrin me amaba.
Quería contarle que existía una posibilidad.
Pequeña. Lejana. Complicada. Pero real. Quería decirlo en voz alta.
Quería escuchar cómo Jazz llegaba a conclusiones absurdas sobre ello.
Quería verlo haciendo piruetas imposibles de alegría. Y no podía.
Sentí una punzada de tristeza. Porque algunas alegrías también pesan cuando uno tiene que cargarlas solo. Debí reflejar algo de aquello en la cara. Porque la voz de Faelidrin sonó mucho más suave cuando volvió a hablar.
— Lo sé.
Aquellas dos palabras me hicieron levantar la vista.
— ¿Qué sabes?
Sus ojos permanecieron sobre mí. Tranquilos. Cálidos.
— Que te gustaría compartirlo.
Mi corazón dio un pequeño salto. Porque no había dicho qué. No había hecho falta.
— Sí.
La palabra apenas fue un susurro.
Faelidrin guardó silencio unos instantes. Después añadió:
— Algún día podrás hacerlo.
Aquello consiguió arrancarme una sonrisa triste.
— Eso suena sospechosamente parecido a una promesa.
— Quizá lo sea.
La observé durante varios segundos. Y entonces comprendí algo.
Gilraen no era una elección. Nunca lo había sido.
La profecía. La guerra. Duncan. La responsabilidad.
Todo aquello me había encontrado a mí. Yo no lo había elegido.
Pero Faelidrin sí. Ella sí era una elección.
Mi elección. Mi decisión. Mi hogar elegido.
Y mientras la observaba allí, sentada a mi lado en aquel rincón del mundo donde ni siquiera Safel podía escucharnos, comprendí que no pensaba renunciar a eso. Ni a ella. Ni a nosotras. Por difícil que fuera el camino que todavía nos esperaba.
— Anoche hablé con mi madre sobre el viaje.
Durante un instante olvidé incluso respirar.
— ¿Y?
Vi cómo una pequeña sombra de cansancio cruzaba el rostro de Faelidrin. No era difícil imaginar por qué.
— Intenté convencerla.
Mi corazón empezó a acelerarse.
— ¿Y?
— Utilicé tu excusa.
Parpadeé.
— ¿Mi excusa?
— Sí.
La observé confundida.
— La de que necesitas ver a tu maestra vampira para aprender a evitar que vuelva a ocurrir algo como lo del accidente.
Fruncí el ceño inmediatamente.
— No era una excusa.
Faelidrin arqueó una ceja.
— ¿No?
— No.
Negué con firmeza.
— Solo era una parte de la verdad.
La princesa élfica me observó durante unos segundos. Después suspiró.
— Siria...
— ¿Qué?
— Soy yo.
Su voz se suavizó ligeramente.
— Ahora puedes ser sincera.
Sentí cómo el calor me subía inmediatamente al rostro.
— Ahora solo te escucho yo.
Durante unos segundos no encontré ninguna respuesta adecuada. Así que terminé haciendo lo único que podía hacer. Sonreír. Una sonrisa pequeña. Algo avergonzada. Algo feliz. Y completamente incapaz de ocultarse. Aquello pareció divertirla bastante más de lo que estaba dispuesta a admitir.
— En cualquier caso...
Continuó antes de que yo pudiera seguir haciendo el ridículo.
— Después de pasar gran parte de la noche intentando convencerla...
Mi corazón volvió a acelerarse.
— ¿Sí?
— Ha aceptado.
Tardé unos segundos en procesarlo.
— ¿Ha aceptado?
— Sí.
Parpadeé.
— ¿De verdad?
— Sí.
— ¿Podemos ir?
— Sí.
— ¿A Rapovims?
— Sí.
— ¿Las dos?
Por primera vez apareció una pequeña sonrisa cansada.
— Sí, Siria.
Creo que aquella fue la primera vez en toda mi vida que estuve a punto de lanzarme sobre alguien únicamente por felicidad. Por suerte mi estado físico me lo impedía.
— ¡Eso es fantástico!
La emoción estalló dentro de mí como un incendio.
— ¡Podremos hacer el viaje!
Faelidrin me observó con una mezcla extraña de ternura y resignación. Como si hubiera esperado exactamente aquella reacción.
— Hay una condición.
Me detuve inmediatamente.
— ¿Cuál?
— Yo te acompañaré.
Parpadeé.
— ¿Eso es una condición?
— Sí.
— Suena más bien a recompensa.
La sonrisa de Faelidrin amenazó con aparecer otra vez.
— Tiqueril no opina lo mismo.
Aquello consiguió arrancarme una risa.
— ¿Por qué?
— Porque oficialmente iré como tu maestra.
La palabra "oficialmente" pareció adquirir bastante peso entre nosotras.
— Seguiré impartiendo tus lecciones durante el viaje.
Asentí. Aquello tenía sentido.
— No quiere detener tu aprendizaje.
— Me parece razonable.
— Es la reina.
— Entonces le parece razonable a ella.
— Exacto.
Permanecí varios segundos intentando contener la felicidad. Fracasé miserablemente.
— ¿Cuándo partimos?
— Mañana.
— ¿Mañana?
La sorpresa debió reflejarse claramente en mi rostro.
— ¿Tan pronto?
— Sí.
— Pero...
Miré alrededor.
— Eso es prácticamente inmediato.
— Precisamente por eso.
Faelidrin cruzó los brazos.
— Cuanto antes salgamos, antes regresaremos.
Aquello también tenía sentido. Lo cual empezaba a resultar preocupante. Porque significaba que otra vez tenía razón.
— Hay algo más.
Su tono se volvió ligeramente más serio.
— Una vez salgamos de Safel tendrás que alimentarte como un vampiro.
La emoción se enfrió un poco.
— Solo una vez.
Parpadeé.
— No creo que sea posible.
— ¿Qué parte?
— La de una sola vez.
Faelidrin frunció ligeramente el ceño.
— ¿Por qué?
— Porque estaremos viajando a Rapovims.
La observé.
— Cuando llegue allí tendré que comportarme como una vampiresa.
Una pausa.
— Es una parte de lo que soy.
Faelidrin escuchaba atentamente.
— Y si me niego a alimentarme como una vampira delante de mi propio pueblo...
Negué suavemente la cabeza.
— Sería un insulto hacia mi reina.
La princesa élfica permaneció pensativa. Después asintió lentamente.
— Tienes razón.
Aquello me sorprendió. Porque no había discutido. Ni una sola vez.
— Entonces cambiaremos el plan.
— ¿Sí?
— En Safel no.
— Bien.
— En Rea tampoco.
— Bien.
— Pero cuando lleguemos a Rapovims podrás alimentarte según las costumbres vampíricas.
Aquello parecía un compromiso razonable.
— Me parece justo.
— A mí también.
Guardamos silencio unos segundos. Después apareció otro problema. Uno bastante importante.
— ¿Y cómo cruzaremos Rea?
La pregunta quedó suspendida entre nosotras. Porque las dos conocíamos la respuesta evidente. Séfora. O más exactamente la ausencia de Séfora.
— Ahora no está ella para escondernos entre las nubes.
Faelidrin asintió.
— Lo sé.
— Entonces...
Por primera vez apareció una chispa traviesa en sus ojos. Muy pequeña. Pero estaba allí.
— Ya he pensado en eso.
Aquello me puso inmediatamente nerviosa.
Las mejores ideas de Faelidrin solían ser muy buenas. Y muy preocupantes.
— ¿Y?
— Algunas veces viajarás como Isabella Burns.
Parpadeé.
— Hace mucho que no escuchaba ese nombre.
— Precisamente por eso es útil.
Asentí. Tenía lógica.
— Otras veces viajarás como loba.
— También tiene sentido.
— Y otras viajaremos de noche.
— ¿Como murciélago?
— Como murciélago.
Aquella parte me gustaba especialmente.
— ¿Y tú?
— Yo esconderé las orejas.
La observé.
— ¿Y?
— Y por suerte me parezco bastante a una humana.
La miré. Ella me miró. Guardé silencio. Faelidrin frunció ligeramente el ceño.
— ¿Qué?
— Nada.
— Siria.
— ¿Sí?
— ¿Qué?
La observé unos segundos más. Intentando decidir si realmente acababa de decir aquello.
— Que no te pareces a una humana.
Parpadeó.
— ¿Cómo que no?
— Pues que no.
— Tengo dos brazos.
— Los humanos también.
— Dos piernas.