Capítulo XXXVI - Dónde terminan las metáforas #2
El bosque no pareció discrepar. Seguí avanzando entre los senderos de Safel.
Más despacio de lo que me habría gustado.
Muchísimo más despacio. Varias veces tropecé con raíces que normalmente habría visto sin dificultad.
Una vez incluso estuve a punto de caer de bruces contra un arbusto particularmente inocente.
Por suerte conseguí recuperar el equilibrio en el último momento.
Mi dignidad, sin embargo, sufrió daños considerables.
Mientras caminaba, no podía evitar pensar en las palabras de Jazz.
Faelidrin había pasado la noche hablando con Tiqueril.
Toda la noche. Aquello no dejaba de dar vueltas dentro de mi cabeza.
¿Sobre qué? ¿Sobre el accidente? ¿Sobre mi recuperación?
¿Sobre las lecciones? ¿Sobre el viaje? Mi corazón aceleró inmediatamente al llegar a aquella última posibilidad.
Porque si había estado hablando toda la noche con Tiqueril...
Tal vez estuviera intentando convencerla.
Tal vez estuvieran discutiendo permisos.
Tal vez estuvieran hablando de Rapovims. Tal vez...
Sacudí la cabeza. No. Aquello era exactamente lo que Faelidrin me había pedido que no hiciera.
Impacientarme. Así que seguí caminando. Un paso.
Después otro. Y otro más. Con toda la prisa que mi cuerpo era capaz de reunir.
Que no era demasiada. Finalmente distinguí el riachuelo entre los árboles.
Después las flores. Después el claro. Y allí estaba ella. Esperándome. Como siempre.
La figura de Faelidrin permanecía junto al agua, inmóvil bajo la luz de la mañana. Y de pronto todos los mareos, todos los tropiezos y todo el agotamiento parecieron un poco más fáciles de soportar. Porque había conseguido llegar.
— Haces cara de cansada... — le dije al llegar.
Faelidrin me observó apenas un segundo.
— Tú también.
— Eso no cuenta.
— Cuenta bastante más.
Intenté responder algo ingenioso, pero en aquel momento estaba demasiado ocupada intentando parecer una persona funcional y no alguien que estaba a tres pasos de desplomarse sobre la hierba. Así que decidí cambiar de objetivo.
— ¿Por qué has estado hablando toda la noche con la reina Tiqueril?
Por primera vez desde que había llegado, una pequeña sorpresa cruzó su rostro.
— ¿Cómo sabes eso?
— El bosque habla.
Faelidrin sostuvo mi mirada durante varios segundos. Después arqueó una ceja.
— Más bien Jazz habla, ¿no?
Me descubrió inmediatamente. Suspiré.
— Me has pillado.
Y, contra toda lógica, terminé riéndome. Una risa breve. Débil. Que probablemente gastó más energía de la que podía permitirme. Faelidrin no pareció impresionada. Al contrario. Su expresión se volvió todavía más preocupada.
— Siria.
— ¿Sí?
— Antes de que te lo explique...
Dio un paso hacia mí.
— Tal vez deberías sentarte.
— Estoy perfectamente.
La mirada que me dirigió dejó claro que aquella afirmación era una obra de ficción.
— Siria.
— ¿Sí?
— Estás a punto de desmayarte.
Abrí la boca para protestar. Y el mundo eligió exactamente aquel instante para inclinarse peligrosamente hacia un lado. Me tambaleé. Solo un poco. Bueno. Más que un poco. Faelidrin me sujetó antes de que terminara descubriendo de cerca una raíz particularmente grande.
— ...tal vez un poco.
— Un poco.
— Quizá.
— Siéntate.
Aquello sonó menos como una sugerencia y más como una orden real. Y, sinceramente, ya no tenía fuerzas para discutir.
Nos dirigimos lentamente hasta una zona junto al riachuelo donde varias raíces enormes sobresalían del suelo formando una especie de banco natural.
O quizá el bosque había decidido ayudar otra vez.
Con Safel nunca era fácil distinguirlo. Me senté.
O más exactamente, me dejé caer con cierta dignidad limitada.
Faelidrin permaneció de pie unos segundos observándome. Comprobando que no me desplomaba. Cuando pareció convencerse de que seguiría consciente al menos unos minutos más, finalmente se sentó también.
El sonido del agua llenó el pequeño silencio que apareció entre nosotras. Mi corazón empezó a acelerarse. Porque ahora sí iba a responder. Y por alguna razón tenía la sensación de que aquella respuesta podía cambiar muchas cosas.
— Bien.
Intenté parecer tranquila.
— Ya estoy sentada.
Faelidrin observó el riachuelo unos segundos. Como si estuviera ordenando sus pensamientos. Después habló.
— He pasado la noche hablando con Tiqueril porque tu accidente la ha preocupado.
Aquello tenía sentido. Muchísimo sentido.
Pero no era toda la respuesta. Y ambas lo sabíamos.
Porque Faelidrin rara vez hablaba toda una noche sobre un único tema.
La observé. Ella continuó mirando el agua.
Y durante unos segundos tuve la sensación de que estaba decidiendo cuánto podía decir. Y cuánto todavía no.
Faelidrin guardó silencio unos segundos. Yo esperé. Mi corazón latía cada vez más deprisa. Porque conocía aquella expresión. La había visto antes. Era la misma que aparecía cuando estaba tomando una decisión importante. Finalmente se puso en pie. Parpadeé confundida.
— ¿Faelidrin?
Ella no respondió inmediatamente. Simplemente dio unos pasos alejándose del riachuelo y levantó una mano.
Entonces empezó a hablar. Las palabras surgieron en aquel élfico antiguo que apenas había escuchado un puñado de veces.
Más antiguo que el idioma que me enseñaba durante las lecciones.
Más profundo. Más ligado a la magia. Durante un instante me desconcerté.
No entendía qué estaba haciendo. ¿Por qué lanzar un hechizo ahora?
¿Por qué interrumpir la conversación? Observé cómo la energía comenzaba a extenderse lentamente por el claro.
Las hojas dejaron de moverse. El murmullo del agua empezó a alejarse.
Los cantos de los pájaros se volvieron cada vez más tenues.
Y entonces lo comprendí. El hechizo de silencio.
Mi corazón dio un salto. No estaba protegiéndose del bosque.
Estaba protegiendo la conversación. Quería hablar conmigo.
De verdad. A solas. La comprensión me golpeó con tanta fuerza que casi olvidé el cansancio.
Observé cómo la magia seguía expandiéndose entre los árboles.
Era hermosa. Siempre lo era. Como si Faelidrin no estuviera imponiendo su voluntad al mundo, sino pidiéndole permiso.
Finalmente pronunció las últimas palabras del hechizo.
Y el silencio descendió sobre el claro. No era ausencia de sonido.
Nunca lo era. Era algo distinto. Más profundo.
Más íntimo. Como si el mundo hubiera apartado la mirada durante unos minutos.
Faelidrin permaneció inmóvil unos segundos.
Después volvió junto a mí. Y esta vez, cuando se sentó a mi lado, no había distancia entre nosotras.
Ni palabras ocultas. Ni metáforas. Ni mensajes disfrazados para engañar a Safel.
Solo nosotras. La observé. Ella sostuvo mi mirada.
Y por alguna razón sentí un pequeño estremecimiento de felicidad.
Porque todo el día anterior había deseado exactamente aquello.
Durante toda nuestra lección. Durante toda nuestra conversación posterior, obligadas a entendernos mediante metáforas.
Poder hablar sin esconderme. Poder escucharla sin tener que interpretar cada palabra.
Poder ser simplemente Siria. Faelidrin pareció notar algo de todo aquello, porque una suavidad inesperada apareció en sus ojos.
— Tenías razón.
Parpadeé.
— ¿Sobre qué?
— Empiezo a comprender por qué querías aprender este hechizo tan deprisa.
No pude evitar sonreír.
— ¿Ahora sí parece importante?
— Ahora parece peligroso.
— ¿Por qué?
Por un instante apareció una sombra de diversión en su expresión.
— Porque una vez que aprendas a utilizarlo...
Sus ojos permanecieron fijos en los míos.
— Sospecho que no volverás a callarte nunca.
La risa se me escapó antes de poder detenerla.
Y por primera vez en mucho tiempo escuché algo que sonó peligrosamente parecido a una risa en los labios de Faelidrin también.
Solo un instante. Pero estuvo allí. Y valió la pena cada una de las metáforas absurdas que habíamos tenido que soportar hasta entonces.