La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXVI - Dónde terminan las metáforas
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Capítulo XXXVI - Dónde terminan las metáforas

La luz de la mañana siguiente terminó despertándome poco a poco.

No fue un despertar brusco. Más bien fue como regresar lentamente a la superficie después de haber permanecido sumergida durante mucho tiempo.

La claridad se filtraba entre las hojas del árbol-cabaña, dibujando pequeños reflejos dorados sobre las paredes vegetales y sobre las mantas de hojas que el árbol había acomodado cuidadosamente a mi alrededor durante la noche.

Parpadeé varias veces antes de incorporarme ligeramente.

Me encontraba mejor. Solo un poco mejor.

Lo suficiente para notar la diferencia. Lo suficiente para comprender que seguía viva.

Pero también lo suficiente para darme cuenta de cuánto me faltaba todavía para recuperarme por completo.

La debilidad continuaba allí. Persistente.

Pesada. Como si alguien hubiera vaciado parte de mi energía y hubiera olvidado devolverla.

Moví lentamente una mano. Después la otra.

Aquello ya era un avance. La energía de Faelidrin seguía recorriéndome.

Mucho más tenue que el día anterior, pero todavía presente.

Como el eco de una melodía que se resiste a desaparecer.

Y aquello provocó que una sonrisa apareciera involuntariamente en mis labios.

Entonces escuché un pequeño sonido cerca de mí.

Giré la cabeza. Jazz seguía allí. El jilguero dormía sobre una rama cercana, con las plumas ligeramente esponjadas y la cabeza escondida entre ellas.

Debía de haber pasado la noche entera vigilándome otra vez.

Durante unos segundos me limité a observarlo.

Era extraño. Hacía apenas unos meses ni siquiera sabía que podía hablar con los animales.

Y ahora aquel pequeño pájaro se había convertido en una de las personas más importantes de mi vida.

Quizá precisamente porque no era una persona.

Jazz nunca intentaba decirme quién debía ser.

Nunca esperaba nada de mí. Nunca veía a Gilraen.

Solo veía a Siria. Y en aquellos momentos eso resultaba extraordinariamente reconfortante.

La rama donde estaba posado vibró ligeramente. Un instante después abrió un ojo. Después el otro. Y en cuanto me vio despierta saltó sobre sus patas.

— ¡Siria!

— Buenos días.

La preocupación que me llegó a través del vínculo disminuyó inmediatamente.

— Estás despierta.

— Eso parece.

— Hoy tienes mejor aspecto.

— Creo que esa es una valoración muy optimista.

— No.

Movió las alas.

—Ayer parecías casi muerta.

Parpadeé.

— Gracias, Jazz.

— De nada.

Aquello era tan propio de él que no pude evitar reírme.

La risa duró poco. Todavía me faltaban fuerzas incluso para eso.

Pero se sintió bien. Durante unos segundos permanecimos en silencio.

Y entonces apareció el problema. Porque estaba deseando contarle todo.

Absolutamente todo. La conversación con Faelidrin.

La energía. El viaje. Las posibilidades.

Las esperanzas. Las pequeñas promesas escondidas entre palabras aparentemente inocentes. Todo.

Jazz era la primera persona a la que habría querido contárselo.

Mi confidente. Mi amigo. La persona que más veces me había escuchado hablar de la silenciosa.

Pero no podía. No allí. No mientras Safel estuviera escuchando.

No mientras las flores estuvieran pendientes.

No mientras los árboles pudieran transmitir cualquier palabra a medio bosque.

Sentí una punzada de frustración. Porque por primera vez tenía algo maravilloso que contar.

Y no podía hacerlo. Mi mirada se perdió entre las hojas del árbol-cabaña.

Ojalá supiera el hechizo de silencio. Ojalá pudiera levantar aquella barrera igual que hacía Faelidrin.

Un pequeño rincón donde el bosque no escuchara.

Un lugar donde pudiera hablar libremente.

Donde pudiera compartir secretos. Donde pudiera decir en voz alta todo aquello que llevaba semanas escondiendo.

Jazz inclinó ligeramente la cabeza.

— ¿Qué pasa?

Estuve a punto de responder. Estuve a punto de decirlo. Pero me detuve a tiempo.

— Nada.

La emoción que recibí de él dejó claro que no me creía ni una sola palabra.

— Eso no era un nada.

— Sí era un nada.

— No.

— Sí.

— No.

Suspiré. Jazz seguía observándome. Curioso.

Paciente. Esperando. Y por primera vez comprendí realmente cuánto deseaba aprender aquel hechizo.

No por estrategia. No por entrenamiento.

No por las lecciones. Sino porque estaba cansada de esconderme.

Cansada de hablar mediante metáforas. Cansada de tener conversaciones enteras disfrazadas de otras conversaciones.

Quería poder decir las cosas. Simplemente decirlas.

Miré hacia el exterior del árbol-cabaña. La mañana acababa de empezar.

Y por primera vez desde que Faelidrin me había dicho que todavía no estaba preparada para aprender el hechizo élfico, comprendí exactamente cuánto lo deseaba.

Porque había secretos demasiado importantes para compartirlos con todo un bosque.

Y porque había personas con las que uno simplemente necesita poder hablar.

Decidí cambiar de tema antes de que Jazz empezara a hacer preguntas peligrosamente acertadas.

— Hoy todavía no tengo energías para salir a volar contigo.

El jilguero inclinó ligeramente la cabeza.

— Lo sé.

Aquello no me sorprendió demasiado. Cualquiera que me hubiera visto intentar incorporarme aquella mañana habría llegado a la misma conclusión. Lo que sí me sorprendió fue lo que añadió después.

— Además, la silenciosa ya te está esperando en el claro.

Parpadeé.

— ¿Qué?

— Te está esperando.

Me incorporé un poco más entre las hojas.

— ¿Ya?

— Sí.

Aquello era extraño. Muy extraño. Faelidrin solía ser puntual. Extremadamente puntual. Pero también sabía perfectamente el estado en el que me encontraba.

— ¿Cómo sabes eso?

Jazz abrió las alas ligeramente.

— Porque la vi.

— ¿Cuándo?

— Antes.

Aquella respuesta era sospechosamente poco concreta. Pero antes de que pudiera insistir añadió algo todavía más extraño.

— Ha estado hablando toda la noche con Tiqueril.

Lo observé fijamente.

— ¿Toda la noche?

— Casi toda.

— ¿Con Tiqueril?

— Sí.

Ahora sí me senté del todo. O al menos lo intenté. Las hojas protestaron inmediatamente bajo mí y el árbol-cabaña transmitió una desaprobación silenciosa. La ignoré.

— Espera.

Jazz seguía completamente tranquilo.

— ¿Cómo sabes eso?

— Porque lo sé.

Lo miré. Él me miró.

— Esa no es una respuesta.

— Sí lo es.

— No lo es.

— Claro que lo es.

Fruncí el ceño.

— Jazz.

— ¿Sí?

— Hace apenas unos segundos estabas dormido.

— Correcto.

— Profundamente dormido.

— Muy profundamente.

— Y ahora me estás diciendo que sabes dónde está Faelidrin y con quién ha pasado la noche.

— Correcto.

Lo señalé.

— Eso no tiene sentido.

Jazz pareció reflexionar unos instantes.

— A veces las cosas tienen sentido y a veces simplemente son verdad.

Aquello consiguió confundirme todavía más.

— ¿Qué significa eso?

— No lo sé.

— Entonces no deberías decirlo.

— Pero sigue siendo verdad.

Me quedé observándolo varios segundos. El jilguero permaneció completamente tranquilo. Demasiado tranquilo. Lo cual, tratándose de Jazz, era casi más inquietante que cualquiera de sus respuestas.

— Eres muy raro.

— Lo sé.

— Muchísimo.

— También lo sé.

Suspiré. Porque discutir con Jazz era como discutir con una corriente de aire. Podías intentarlo, pero rara vez llegabas a algún sitio.

— Entonces según tú, Faelidrin me está esperando.

— Sí.

— Y ha pasado gran parte de la noche hablando con Tiqueril.

— Sí.

— Y tú sabes eso porque... lo sabes.

— Exactamente.

Me tapé los ojos con una mano.

— Algún día voy a descubrir cómo funciona tu cabeza.

— No creo.

— ¿Por qué?

— Porque tampoco estoy seguro de cómo funciona yo.

Aquello consiguió arrancarme una pequeña risa.

Jazz pareció muy satisfecho consigo mismo.

Y, por algún motivo, tuve la sensación de que estaba ocultando algo.

No algo importante. No algo peligroso. Simplemente algo que consideraba divertido no contar.

Exactamente igual que hacía yo a veces. Lo cual resultaba preocupante.

Porque empezaba a sospechar que pasábamos demasiado tiempo juntos.

Le pedí ayuda al árbol para bajar. Normalmente habría descendido volando o saltando de rama en rama sin pensarlo demasiado. Pero aquel día la simple idea de hacerlo por mis propios medios parecía una invitación bastante directa a caerme.

Las ramas vibraron suavemente, comprendiendo inmediatamente lo que necesitaba. Y unos segundos después apareció el mismo tobogán vegetal que había creado días atrás. No pude evitar sonreír. El motivo era distinto. La debilidad, desgraciadamente, era muy parecida.

— Gracias —murmuré.

Las hojas se agitaron con evidente satisfacción. Después me dejé deslizar. El descenso fue lento y sorprendentemente cómodo. Las ramas me guiaron entre los distintos niveles del árbol-cabaña hasta depositarme suavemente sobre el suelo del bosque.

Durante unos segundos permanecí inmóvil.

Esperando. Comprobando si el mundo tenía intención de seguir girando.

Seguía girando. Pero algo menos que el día anterior.

Supuse que aquello podía considerarse una mejora.

Respiré hondo. Y empecé a caminar. O al menos a intentarlo.

Porque en mi cabeza avanzaba con decisión hacia el claro donde me esperaba Faelidrin.

En la realidad parecía una combinación preocupante entre una caminata y una negociación constante con mis propias piernas. Apenas había recorrido unos metros cuando el primer mareo me obligó a detenerme. Apoyé una mano sobre el tronco de un árbol cercano. Esperé. Respiré. Y continué.

— Esto es ridículo... — murmuré para mí misma.