Capítulo XXXV - Entre palabras y silencios #3
— También es sincero. Demasiado sincero a veces.
— ¿Demasiado?
— Muchísimo. Si cree algo, lo dice. Si piensa algo, lo dice. Si considera que estoy haciendo una tontería... Lo dice.
— Entonces parece una buena amistad.
— Lo es.
Sentí una pequeña calidez al reconocerlo. Porque realmente lo era. Una de las mejores que había tenido jamás.
— Le puse yo el nombre.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Faelidrin.
— ¿Cómo?
— Porque no tenía uno.
— ¿Y aceptó que se lo pusieras?
— Claro.
La respuesta salió tan rápida que ambas terminamos sonriendo.
— ¿Y por qué Jazz?
Pensé unos segundos.
— Porque me recuerda a una melodía. A algo imprevisible. A algo que parece caótico pero que, de alguna forma, siempre funciona. Como una canción improvisada. Como una corriente de aire. Como él.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Después continué hablando. Le conté cómo lo había conocido.
Cómo había aparecido cuando yo todavía me sentía perdida en Safel.
Cómo había insistido en hablar conmigo. Cómo había terminado acompañándome cada mañana.
Le conté nuestros vuelos. Las carreras imposibles entre los árboles.
Las piruetas. Las discusiones absurdas. Las veces que había investigado mi vida sin permiso.
Aquello arrancó una mirada muy característica de Faelidrin.
— ¿Investigó tu vida?
— Sí.
— Eso parece invasivo.
— Lo fue.
— ¿Y qué hiciste?
— Intenté explicarle que era raro.
— ¿Y funcionó?
— No.
Por primera vez escuché una risa muy breve escapando de los labios de Faelidrin.
Apenas un instante. Pero estaba allí. Y aquello hizo que mi corazón olvidara durante unos segundos todos sus problemas.
Después seguí hablando. Le conté que Jazz se había convertido en mi confidente.
No mencioné a quién pertenecían los sentimientos que le confesaba.
No hacía falta. Las dos lo sabíamos. Pero Safel no.
— Le cuento cosas.
— ¿Qué tipo de cosas?
Me encogí ligeramente de hombros.
— Las que me preocupan. Las que me hacen feliz. Las que me asustan.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.
— Por ejemplo, sabe perfectamente cuánto me gusta volar.
— Eso ya lo imagino.
— No.
Negué con la cabeza.
— No lo imaginas.
Miré hacia las ramas superiores del árbol-cabaña. Hacia los fragmentos de cielo que se veían entre las hojas.
— Cuando vuelo me siento libre.
Las palabras salieron solas.
— Libre de todo. Libre de las expectativas. Libre de las profecías. Libre del miedo. Libre de mí misma.
Durante unos segundos no añadí nada más. Y cuando volví a mirar a Faelidrin descubrí que me observaba con mucha atención. Como si aquella respuesta le hubiera dicho algo importante. Algo más importante de lo que yo misma había pretendido decir.
— Entonces es bueno que vueles tanto.
Su voz sonó suave. Muy suave. Y por alguna razón sentí que aquella respuesta no hablaba únicamente del vuelo.
Seguimos hablando durante mucho más tiempo del que pretendíamos. O quizá fui yo quien habló. Porque una vez empecé a contar historias sobre Jazz resultó sorprendentemente difícil detenerme.
Le hablé de muchas cosas. De cómo había aparecido en mi vida cuando todavía me sentía perdida en Safel.
De las mañanas que pasábamos volando juntas entre las copas de los árboles.
De cómo conseguía arrancarme una sonrisa incluso en los días más difíciles.
Y de cómo, sin que me diera cuenta, se había convertido en uno de mis amigos más cercanos.
Faelidrin escuchaba. Como siempre. Sin interrumpirme demasiado.
Sin apresurarse. A veces haciendo alguna pregunta.
A veces simplemente observándome mientras hablaba.
Y poco a poco me di cuenta de algo. Hacía mucho tiempo que no hablaba tanto con alguien.
No de profecías. No de guerras. No de responsabilidades.
Simplemente de algo que me hacía feliz. Y eso resultaba extrañamente agradable.
Mientras tanto, el día había seguido avanzando sin que ninguna de las dos pareciera prestarle demasiada atención.
La luz fue cambiando poco a poco entre las ramas de Safel.
Primero descendía casi vertical desde lo alto, derramándose sobre las hojas en pequeños destellos dorados.
Después empezó a inclinarse. Las sombras se alargaron lentamente sobre el suelo del bosque.
Podíamos ver el riachuelo desde el árbol-cabaña.
Y comenzó a reflejar tonos anaranjados. Las flores diurnas fueron cerrando sus pétalos una tras otra.
Y cuando terminé de contarle cómo Jazz había decidido investigar mi vida sentimental consultando a medio bosque de aves, la luz ya se había vuelto suave y dorada.
Faelidrin levantó la vista hacia el cielo visible entre las copas de los árboles.
Solo entonces pareció darse cuenta de la hora.
O quizá ya lo sabía desde hacía mucho tiempo y simplemente me había dejado hablar.
Aquella segunda posibilidad me pareció bastante probable.
Sus ojos regresaron a mí. Y por un instante ninguno de los dos dijo nada.
El bosque estaba tranquilo. El agua seguía cantando entre las piedras.
Una suave brisa movía las hojas sobre nuestras cabezas.
Y algo dentro de mí deseó que aquel momento pudiera durar un poco más. Solo un poco más.
Pero finalmente Faelidrin habló.
— Es tarde.
Miré alrededor. Y descubrí que tenía razón. No solo era tarde. Prácticamente había anochecido. Parpadeé sorprendida.
— No me había dado cuenta.
Una pequeña sombra de diversión apareció en sus ojos.
— Lo sé.
Aquello me hizo sonreír. Por supuesto que lo sabía. Probablemente llevaba horas sabiéndolo. Faelidrin guardó silencio unos instantes más. Después cerró el libro que habíamos estado utilizando durante parte de la lección.
— Por hoy es suficiente.
Asentí lentamente. La lección había terminado. Y aun así ninguna de las dos parecía tener demasiada prisa para que se marchase. Permanecimos unos segundos más allí. En mi árbol-cabaña. Simplemente escuchando el bosque. Simplemente existiendo en el mismo lugar.
Entonces ocurrió algo tan pequeño que cualquier otra persona lo habría considerado insignificante. Pero para mí no lo era. Porque llevaba semanas soñando con ello. Faelidrin me miró. Y dijo:
— Buenas noches, Siria.
Sentí cómo el corazón daba un pequeño salto dentro de mi pecho.
Aquellas palabras eran absurdamente sencillas.
Dos palabras que cualquier persona pronunciaba cada día sin pensar.
Pero para mí significaban mucho más. Porque cuántas noches había deseado decirle exactamente eso.
Cuántas veces había llegado a mi árbol-cabaña, había cerrado los ojos y le había deseado buenas noches en silencio.
Sin saber si algún día podría hacerlo de verdad.
Sin saber si algún día ella me respondería.
Y ahora estaba ocurriendo. Sonreí. Una sonrisa sincera. Imposible de contener.
— Buenas noches, Faelidrin.
Durante un instante nuestras miradas permanecieron unidas.
Y tuve la sensación de que ella comprendía perfectamente por qué aquellas palabras significaban tanto para mí.
Porque quizá también significaban algo para ella.
Después el momento pasó. Como pasan todos los momentos. Pero la calidez permaneció.
Y mientras ella bajaba del árbol-cabaña, descubrí que yo seguía sonriendo. Solo por haber podido decir algo tan simple. Y tan extraordinariamente importante.