La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXIV - No me rendiré
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Capítulo XXXIV - No me rendiré

Apenas podía mantenerme sentada. La energía de Faelidrin seguía dentro de mí.

La sentía recorriendo lentamente mi cuerpo, sosteniéndome donde mis propias fuerzas ya no alcanzaban.

Era cálida. Reconfortante. Y estaba llena de ella.

Pero también sabía que tenía razón. No era suficiente.

La herida ya no sangraba. No iba a morir en los próximos minutos.

Pero seguía vacía. Extrañamente vacía. Como una lámpara a la que apenas le queda aceite.

Podía sentirlo en mis brazos. En mis piernas.

En el peso insoportable de mis párpados.

Necesitaba sangre. Y no la tendría. La reina jamás lo permitiría. Faelidrin tampoco.

Durante unos segundos observé el riachuelo.

Pensando. Buscando una alternativa. Y entonces recordé algo.

Una idea. Pequeña. Peligrosa. Pero posible.

El problema era que no podía decirla allí.

No mientras Safel estuviera escuchando. No mientras los árboles, las flores y el propio bosque pudieran oír cada palabra.

Levanté lentamente la mirada hacia Faelidrin. Ella seguía observándome con preocupación. Probablemente vigilando que no me desmayara.

Así que cambié al idioma humano.

— El primer hechizo que lancé como Gilraen...

Vi inmediatamente cómo prestaba atención.

— ...y con el que Séfora descubrió quién era yo...

Hice una pequeña pausa.

— Fue un hechizo de fuego.

Los ojos de Faelidrin se abrieron apenas una fracción.

Solo una. Pero fue suficiente. Porque entendió exactamente lo que estaba diciendo.

No hablaba del hechizo. No hablaba de Séfora.

Estaba pronunciando la palabra acordada.

Fuego. Necesitamos hablar. A solas. De verdad.

Durante unos segundos nuestras miradas permanecieron unidas.

Después Faelidrin asintió muy levemente.

No hizo preguntas. No pidió explicaciones.

Simplemente levantó una mano. La magia comenzó a extenderse una vez más por el claro.

Las hojas dejaron de susurrar. El riachuelo pareció alejarse.

Los sonidos del bosque se apagaron poco a poco.

Hasta que solo quedamos nosotras. Y el silencio. El verdadero silencio.

Faelidrin terminó el hechizo y volvió a mirarme.

— ¿Qué ocurre?

Su voz era tranquila. Pero podía sentir la preocupación detrás de ella. Porque sabía que no habría invocado aquel silencio sin un motivo importante.

Respiré despacio. O lo intenté.

— Creo que he tenido una idea.

— ¿Qué idea?

La voz de Faelidrin sonó cautelosa. Yo seguía sintiéndome débil. Muchísimo. Pero la idea parecía cada vez más sólida cuanto más la pensaba.

— Tenemos que ir a hablar con mi madre.

Faelidrin parpadeó.

— ¿Con Nimenessë?

— Sí.

La princesa élfica me observó durante varios segundos.

— ¿Por qué?

— Porque ella ya pasó por esto.

Aquello consiguió captar toda su atención.

— ¿Esto?

— Una relación entre especies distintas.

Vi cómo comprendía inmediatamente a qué me refería.

— Ella y mi padre encontraron una forma de estar juntos.

— Siria...

— Y si alguien puede aconsejarnos, es ella.

Faelidrin bajó la mirada.

— No podemos hablar de esto.

— Sí podemos.

— No.

Su voz se volvió más firme.

— Ya estamos rompiendo la ley simplemente teniendo esta conversación.

— No con mi madre.

— Especialmente con tu madre.

Fruncí el ceño.

— ¿Qué significa eso?

— Significa que Nimenessë es una maestra de los vampiros. Una consejera de la reina Natasha.

Una pausa.

— Y una figura importante para muchas especies. Es la madre de Gilraen.

— Precisamente por eso.

— Precisamente por eso no.

La observé. Incluso después de todo. Incluso después de sentir su amor dentro de mí. Seguía intentando protegerme. Seguía intentando protegernos. De todo. Incluidas nosotras mismas.

— Faelidrin.

— No podemos hacer un viaje hasta Rapovims.

— Sí podemos.

— Interrumpiría tu aprendizaje.

— Esa es la excusa que utilizaremos con Tiqueril.

La princesa élfica me miró.

— ¿Excusa?

— Claro.

— Siria...

— Necesito perfeccionar mis habilidades vampíricas.

Extendí una mano.

— Es verdad.

— También es una excusa.

— Las mejores excusas suelen contener algo de verdad.

Durante un instante pareció debatirse entre la exasperación y la diversión. Conociéndola, probablemente ambas.

— Sigues estando herida.

— Precisamente por eso debemos ir.

— Precisamente por eso deberías descansar.

— Y después iremos.

— No creo que sea buena idea.

Suspiré. Aquella frase empezaba a perseguirme.

— Nunca crees que mis ideas son buenas.

— Porque muchas veces son peligrosas.

— Y algunas veces funcionan.

— Algunas.

No pude evitar sonreír. Ella tampoco consiguió ocultar del todo una pequeña sonrisa cansada. Pero desapareció rápidamente. Porque el problema seguía allí. Entre nosotras. Gigante. Imposible de ignorar.

— Faelidrin...

Su nombre salió más suave esta vez.

— Tenemos que hacer ese viaje.

La princesa élfica permaneció inmóvil.

— ¿Por qué?

La pregunta me sorprendió. Porque parecía sincera. Como si realmente necesitara escucharlo. Como si quisiera saber por qué estaba tan empeñada. Tragué saliva. Y decidí responder con la verdad.

— Porque no pienso rendirme.

Vi cómo algo cambiaba en sus ojos.

— He pasado demasiados días creyendo que estaba sola en esto.

Tragué saliva.

— No después de descubrir que me amas.

Sus dedos se tensaron ligeramente.

— Siria...

— No.

Negué despacio.

— He sentido tu energía.

Apoyé una mano sobre mi pecho.

— La sigo sintiendo.

Mi voz tembló.

— Sé lo que sientes.

El silencio cayó entre nosotras.

— Y sé que es tan grande como lo que yo siento por ti.

Por primera vez fue ella quien apartó la mirada.

— Eso no cambia nada.

— Lo cambia todo.

— No.

Su voz sonó triste.

— Antes de ser Siria eres Gilraen.

Aquello me golpeó. Porque sabía que lo decía en serio. Porque conocía el peso de aquella responsabilidad. Porque una parte de mí estaba de acuerdo. Pero otra estaba cansada. Terriblemente cansada.

— No.

Faelidrin volvió a mirarme.

— ¿No?

Negué lentamente.

— Antes de ser Gilraen soy Siria.

La sorpresa apareció claramente en sus ojos. Aproveché antes de perder el valor.

— No puedo salvar un mundo entero si yo misma me estoy rompiendo por dentro.

La observé.

— No puedo ser Gilraen si Siria no está en paz.

Mi voz se volvió más firme.

— No puedo ser Gilraen si Siria no está bien.

Aquello pareció atravesar todas sus defensas.

Porque no encontró una respuesta inmediata.

Por primera vez desde que había comenzado la conversación...

se quedó sin palabras. Y eso era algo extraordinariamente raro en Faelidrin.

El silencio se prolongó. Largo. Profundo. Hasta que finalmente cerró los ojos.

Como alguien que acaba de perder una discusión que en realidad nunca quiso ganar. Y cuando volvió a abrirlos había una ternura inmensa en ellos.

— Eres imposible.

La sonrisa que apareció en mis labios fue automática.

— Eso me dicen mucho.

Esta vez sí sonrió. Pequeñísimo. Pero suficiente.

— Lo pensaré.

— Eso no es un no.

— No.

— ¿Es un sí?

— No.

— Entonces es un progreso.

La sonrisa de Faelidrin se hizo apenas un poco más grande. Y por primera vez desde que la espada me había alcanzado... sentí que tal vez existía una esperanza.

Faelidrin bajó lentamente el hechizo. El mundo regresó de golpe.

El murmullo del riachuelo volvió a llenar el claro.

Las hojas susurraron sobre nuestras cabezas.

Varias aves cantaron entre las ramas cercanas.

Y, en algún lugar, sentí inmediatamente la curiosidad escandalizada de varias margaritas que claramente llevaban demasiado tiempo intentando escuchar una conversación de la que habían sido excluidas.

Safel volvía a estar vivo a nuestro alrededor.

Faelidrin permaneció unos segundos observándome. Después apartó con suavidad una mano de mi cuello, comprobando una última vez que la herida permanecía cerrada.

— Hoy no continuaremos con las lecciones.

Parpadeé lentamente.

— ¿Qué?

— Después de esto estás demasiado débil.

Su voz volvió a adquirir aquel tono tranquilo y firme que utilizaba cuando ya había tomado una decisión.

— Necesitas descansar.

Quise protestar. O al menos intentarlo. Pero apenas tenía energía para mantener una conversación. Faelidrin pareció adivinarlo.

— ¿Tienes fuerzas para transformarte en murciélago?

La miré confundida.

— ¿Para qué?

Y entonces, por primera vez desde que la conocía, vi una pequeña expresión de exasperación cruzar su rostro.

— Porque voy a llevarte al árbol-cabaña.

Parpadeé.

— ¿Llevarme?

— Sí.

— Faelidrin…

— No.

Aquella única palabra acabó inmediatamente con cualquier protesta que pudiera estar preparando.

— Necesitas descansar mucho.

Durante unos segundos nos observamos en silencio. Después suspiré.

— Empiezo a sospechar que te gusta dar órdenes.

La princesa élfica arqueó una ceja.

— Y yo empiezo a sospechar que te gusta ignorarlas.

Incluso agotada, no pude evitar sonreír.

Hice la transformación sin discutir más. Sinceramente, no tenía fuerzas para hacerlo.

La magia recorrió mi cuerpo lentamente. Mis huesos cambiaron. Mis brazos se convirtieron en alas. El mundo volvió a adoptar las proporciones extrañas de mi forma de murciélago. Incluso aquello resultó agotador. Cuando terminé, apenas conseguía mantenerme aferrada a una rama cercana.

Faelidrin esperó a que terminara antes de acercarse.

Y entonces me tomó entre sus manos. Con un cuidado tan exagerado que habría resultado divertido en cualquier otra circunstancia.

Como si temiera romperme. Como si fuera algo frágil.

Lo cual, teniendo en cuenta que había estado a punto de desangrarme hacía menos de una hora, probablemente era una preocupación razonable. No dije nada. Ella tampoco.

Simplemente emprendió el camino hacia mi árbol-cabaña.

La mayor parte del trayecto transcurrió en silencio.

Yo permanecía acurrucada entre sus manos mientras el bosque pasaba lentamente a nuestro alrededor.

Podía sentir el calor de su piel. El ritmo tranquilo de su respiración.

La energía que todavía seguía fluyendo débilmente desde ella hacia mí.

Y, por extraño que pareciera, me sentía segura. Terriblemente cansada. Pero segura.

Cuando finalmente llegamos, el árbol-cabaña abrió suavemente una de sus paredes vegetales para permitirnos entrar.

Faelidrin avanzó despacio hasta el interior.

Mi lecho de hojas ya estaba preparado. Las ramas se habían acomodado formando aquella especie de nido vegetal donde dormía cada noche.

Más mullido de lo habitual. Más recogido.

Como si el propio árbol hubiera percibido que algo iba mal.

Faelidrin me depositó allí con una delicadeza infinita.

Después permaneció unos segundos observándome.

Yo seguí acurrucada, aunque aquella no fuera la forma natural de dormir de un murciélago.

Estaba demasiado débil incluso para colgarme cabeza abajo de una rama, y mucho más para recuperar mi forma humana.

Y entonces hizo algo que me sorprendió. Apoyó una mano sobre el tronco interior del árbol.

— Necesito pedirte algo.

La corteza vibró suavemente bajo sus dedos. Faelidrin cerró los ojos un instante.

— Siria ha resultado herida.

Las hojas más cercanas se estremecieron inmediatamente. Preocupación. La sentí claramente.

— Ya no corre peligro.

Aquello pareció tranquilizar un poco al árbol.

— Pero estará débil durante bastante tiempo.

La vibración regresó. Más suave esta vez. Más atenta.

— Cuídala.

La voz de Faelidrin descendió apenas un poco.

— Por favor.

Las ramas se movieron lentamente alrededor del lecho. Como una promesa. Como un abrazo. Y entonces añadió algo que me hizo sonreír débilmente.

— Es muy importante para el futuro de Iria.

El árbol vibró con solemnidad. Como si acabara de recibir una misión sagrada.

Yo, por supuesto, me quedé con la sensación de que aquello no era exactamente lo que Faelidrin había querido decir. Porque había sentido su energía. Y sabía perfectamente que no era solo el futuro de Iria lo que le preocupaba.

Faelidrin retiró la mano del tronco. Después me observó una última vez. Sus ojos permanecieron sobre mí durante apenas unos segundos. Demasiado pocos. Y demasiado largos al mismo tiempo. Finalmente se dio la vuelta. Y se marchó.

Esperé hasta que desapareció entre las ramas.

Solo entonces decidí que tenía que volver a mi forma humana.

No sabía de dónde iba a sacar la energía necesaria pero sabía que tenía que hacerlo.

No podía quedarme en forma de murciélago.

La transformación fue lenta. Pesada. Como si mi cuerpo estuviera tan cansado como yo.

Cuando terminó, me acomodé entre las hojas.

Me hice un ovillo. Las ramas se ajustaron inmediatamente a mi alrededor.

Protegiéndome. Sosteniéndome. Quería pensar.

De verdad quería hacerlo. Quería repasar todo lo ocurrido.

La conversación. La ley. El accidente. El miedo en los ojos de Faelidrin.

Su energía recorriendo mi interior. Su amor.

Todo aquello que había descubierto. Todo aquello que había cambiado.

Y todo aquello que seguía pareciendo imposible.

Pero no pude. Porque el cansancio era demasiado grande. Mis ojos empezaron a cerrarse. Intenté resistirme. Fracasé.

La última sensación que tuve antes de quedarme dormida fue la energía de Faelidrin todavía presente dentro de mí. Cálida. Tranquila. Familiar. Y después el sueño me encontró. Y me llevó consigo.