Capítulo XXXIII - Sin secretos #2
Aquello arrancó una sonrisa débil de mis labios. Incluso medio muerta, podía imaginar perfectamente la reacción de Tiqueril. Faelidrin también pareció imaginarla.
— Y honestamente… yo tampoco quiero que tengas que hacerlo.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. El riachuelo seguía sonando cerca de nosotras. Ajeno a todo.
— Podrías intentar absorber energía del río.
Seguí la dirección de su mirada. El agua brillaba bajo la luz de la mañana.
— O de los árboles.
Una pausa.
— O de las flores.
Negué muy despacio. El simple movimiento hizo que el mundo girara.
— No puedo.
Faelidrin frunció el ceño.
— Sí puedes.
— No.
Tomé una respiración temblorosa.
— No tengo fuerzas.
Y aquella era la verdad. Podía sentir la energía alrededor. Sentía el río. Sentía el bosque. Sentía toda la vida de Safel. Pero se encontraba absurdamente lejos. Como si estuviera observándola desde detrás de un cristal.
— No puedo alcanzarla.
Por primera vez desde que la conocía vi impotencia en los ojos de Faelidrin. Una impotencia auténtica. Porque sabía que tenía razón. Finalmente cerró los ojos unos segundos. Como si estuviera tomando una decisión. Cuando volvió a abrirlos, la determinación había regresado.
— Está bien.
— ¿Qué?
— Te daré mi energía.
Parpadeé.
— Faelidrin…
— No discutas.
Aquello estuvo peligrosamente cerca de sonar como una orden.
— Necesitas recuperarte.
— No quiero hacerte daño.
La respuesta llegó inmediatamente.
— No me harás daño.
Sabía que estaba mintiendo. Y ella sabía que yo lo sabía. Lo vi en sus ojos. Las dos sabíamos que había gastado demasiada energía utilizando los hechizos, y que ofrecerme su energía la dejaría todavía más exhausta.
— No será suficiente para sustituir la sangre.
Continuó antes de que pudiera responder.
— Seguirás débil. Mucho. Quizá durante días. Quizá más.
Su mano se desplazó hasta sujetar la mía. Con cuidado. Como si todavía temiera romperme.
— Pero al menos sobrevivirás.
Aquello consiguió arrancarme una pequeña sonrisa cansada.
— Suena como una mejora considerable.
Contra todo pronóstico, Faelidrin también sonrió.
Solo un poco. Solo durante un instante. Pero estaba ahí.
Y por primera vez desde el accidente comprendí algo.
El miedo que había visto en sus ojos no había desaparecido.
Simplemente estaba intentando esconderlo otra vez.
Porque había estado a punto de perderme. Y ambas lo sabíamos.
— Faelidrin…
Ella entrelazó suavemente sus dedos con los míos.
— Lo sé.
No sabía exactamente a qué estaba respondiendo. Tal vez a mi agradecimiento. Tal vez a mi miedo. Tal vez a algo mucho más profundo. Y entonces sentí su energía. Cálida. Suave. Antigua como el bosque. Fluyendo lentamente hacia mí. Como una corriente tranquila atravesando la oscuridad.
Y por primera vez desde que la espada me había alcanzado… dejé de sentir que me estaba apagando.
La energía de Faelidrin comenzó a entrar en mi interior. Y fue como volver a casa. La reconocí inmediatamente.
Ya la había sentido antes, cuando me había alimentado de ella. Recordaba aquella calma antigua. Aquella serenidad profunda que parecía imposible de alterar. Recordaba el amor que sentía por Safel. Por sus árboles. Por sus ríos. Por todas las criaturas que habitaban el bosque.
Pero esta vez era diferente. Porque había matices nuevos. O quizá siempre habían estado allí y yo no había sabido verlos.
La energía fluía despacio entre nosotras, llenando los espacios vacíos que la pérdida de sangre había dejado dentro de mí.
Y mientras lo hacía… la sentía. Sentía a Faelidrin.
No sus pensamientos. No palabras. Algo mucho más profundo.
Emociones. Verdades. Partes de ella que jamás decía en voz alta.
Y entonces lo comprendí. Lo que sentía hacia mí era mucho más fuerte de lo que había imaginado.
Muchísimo más. No era cariño. No era afecto.
No era simplemente el amor tranquilo de una amiga.
Era amor. Amor de verdad. Profundo. Complejo. Dolorosamente real.
La intensidad de aquel descubrimiento me dejó sin aliento.
Porque no había duda. Ni una sola. No después de sentirlo de aquella forma.
Faelidrin me amaba. Me amaba incluso cuando la desesperaba.
Porque también sentí eso. Sentí su frustración.
Sus momentos de exasperación. La cantidad de veces que había querido sacudirme por los hombros y obligarme a pensar antes de actuar.
La cantidad de veces que me había considerado imprudente.
Impulsiva. Temeraria. Incapaz de medir los riesgos.
Sentí todas las ocasiones en las que había observado alguna de mis decisiones con auténtico horror.
Y aun así… La energía seguía fluyendo. Y junto a aquella frustración existía otra cosa.
Algo cálido. Algo inmenso. Porque también amaba precisamente esas partes de mí.
Amaba mi impulso de ayudar. Mi capacidad para actuar cuando otros dudaban.
Mi tendencia a lanzarme hacia delante incluso cuando tenía miedo.
No porque creyera que eran virtudes perfectas.
Sino porque eran mías. Porque eran parte de quien yo era.
Y porque ella veía detrás de todos aquellos defectos algo que consideraba hermoso.
Sentí un nudo en la garganta. Faelidrin era calma.
Era paciencia. Era costumbre. Era raíces creciendo durante siglos.
Era conocimiento acumulado generación tras generación.
Yo era exactamente lo contrario: velocidad, instinto, cambio, tormenta y, sin embargo, ella amaba esa diferencia.
Igual que yo amaba la suya. Porque las dos éramos extrañas.
Las dos éramos distintas. Las dos estábamos un poco fuera del lugar que el mundo había preparado para nosotras.
Y quizá por eso nos habíamos encontrado.
Quizá por eso nos habíamos reconocido tan rápido.
La comprensión me golpeó con tanta fuerza que me dolió.
Porque era real. Todo era real. No me lo había imaginado.
No había confundido sus gestos. No había interpretado mal sus silencios.
No había construido castillos sobre ilusiones.
Faelidrin quería estar conmigo. De verdad. Tanto como yo quería estar con ella.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos. No por tristeza. No exactamente. Era algo más complicado. Más grande. Era la emoción de descubrir algo que llevaba mucho tiempo deseando escuchar.
Y al mismo tiempo saber que no podía tenerlo.
Una lágrima terminó escapando. Después otra.
Vi cómo Faelidrin las observaba. Y durante un instante pareció comprender exactamente lo que acababa de descubrir.
Sus ojos también se humedecieron. Ninguna de las dos dijo nada.
No hacía falta. Porque por primera vez no existían secretos entre nosotras.
Y aquello era tan hermoso como doloroso.