La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo  XXXIII - Sin secretos
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Capítulo  XXXIII - Sin secretos

El entrenamiento con espada empezó… razonablemente bien.

Teniendo en cuenta que, esa palabra era bastante generosa.

Una palabra tremendamente optimista. Una palabra que probablemente Faelidrin jamás habría utilizado para describir lo que estaba ocurriendo.

Porque la realidad era que me estaba convirtiendo en una amenaza principalmente para mí misma.

La primera vez que intenté imitar uno de sus movimientos terminé sentada sobre la hierba.

La segunda acabé golpeando una raíz. La tercera descubrí que las espadas eran sorprendentemente eficaces para engancharse en ramas bajas.

Y la cuarta terminé dentro del riachuelo.

Otra vez. Empezaba a sospechar que aquel riachuelo tenía algún tipo de vínculo espiritual conmigo.

— No te rías.

Faelidrin apartó la mirada. Lo cual era exactamente lo que hacía cuando intentaba no reírse.

—Te has reído.

—No.

—Sí.

—No.

La señalé con la espada.

—Eso ha sido una sonrisa.

—Eso ha sido respirar.

La miré. Ella me miró. Y durante unos segundos ambas mantuvimos la expresión completamente seria. Después fui yo quien terminó riéndose. Aquello tampoco ayudó demasiado a mi dignidad. Los siguientes intentos fueron mejorando poco a poco. Muy poco a poco.

Faelidrin me enseñó cómo colocar los pies.

Cómo sujetar la espada. Cómo utilizar el equilibrio.

Cómo aprovechar el movimiento del adversario en lugar de intentar oponerse a él.

Era fascinante observarla. Porque incluso luchando seguía pareciendo parte del bosque.

Nada de sus movimientos resultaba brusco.

Nada parecía desperdiciado. Cada paso tenía un propósito.

Cada giro. Cada bloqueo. Cada respiración.

Era como observar una corriente de agua tomando forma humana.

Y aquello era tremendamente frustrante. Porque cuanto más hermosa era su técnica… Más evidente se volvía lo mucho que me faltaba por aprender. Aun así, seguí intentándolo. Una y otra vez. Caída. Golpe. Caída. Raíz. Caída. Riachuelo. Otra vez. Empezaba a parecer un patrón.

El sol continuó ascendiendo lentamente sobre Safel. Las hojas brillaban bajo la luz de la mañana. El sonido de las espadas chocando se mezclaba con el murmullo del agua y los cantos lejanos de los pájaros. Y poco a poco dejé de pensar. Solo me movía. Atacaba. Esquivaba. Aprendía.

Faelidrin seguía corrigiéndome cada error con aquella paciencia infinita suya.

— Demasiada fuerza.

— Muy lento.

— Has perdido el equilibrio.

— Estás mirando la espada.

— Mira a tu adversario.

— Respira.

Aquella última instrucción la repetía muchísimo. Como si sospechara que yo olvidaba respirar cada vez que intentaba golpearla. Y probablemente tenía razón. Entonces ocurrió.

Fue tan rápido que durante un instante ni siquiera comprendí qué estaba pasando.

Yo acababa de lanzar un ataque lateral. Faelidrin se movió para desviarlo.

Y en ese mismo momento una de las raíces cercanas decidió emerger ligeramente del suelo.

Normalmente ninguna de las dos habría tenido problemas.

Faelidrin conocía el bosque mejor que nadie.

Yo era rápida. Las dos habíamos entrenado allí durante semanas.

Pero aquella vez sucedieron demasiadas cosas al mismo tiempo.

Mi pie golpeó la raíz. Perdí el equilibrio.

Mi espada escapó de mi control. Y vi exactamente hacia dónde se dirigía.

Hacia Faelidrin. El tiempo pareció ralentizarse.

Vi cómo ella intentaba reaccionar. Vi cómo giraba.

Vi cómo buscaba apartarse. Pero incluso Faelidrin tenía límites.

Y por primera vez desde que la conocía… Comprendí que no iba a llegar a tiempo.

Pero Faelidrin reaccionó. Incluso entonces.

Incluso cuando todo estaba ocurriendo demasiado deprisa.

Su mano se alzó como un reflejo. Instintivamente.

La energía recorrió sus dedos y golpeó la espada justo antes de que la alcanzara.

Y durante un instante pensé que lo había conseguido. Que todo había terminado.

Pero entonces comprendí el problema. Faelidrin no había tenido tiempo de apuntar.

Solo de actuar. Solo de reaccionar. La espada cambió de dirección.

Y salió despedida. Directamente hacia mí.

Vi el brillo del acero girando en el aire.

Demasiado rápido. Demasiado cerca. Intenté moverme.

Intenté transformarme. Intenté hacer algo.

No llegué a tiempo. Sentí el impacto. Un dolor ardiente atravesó mi cuello.

Después calor. Muchísimo calor. Y entonces sangre.

Mi sangre. La vi salpicar la hierba. Las raíces.

Las flores cercanas. Durante unos segundos ni siquiera entendí lo que había ocurrido.

Simplemente me llevé una mano al cuello.

Y la retiré completamente cubierta de rojo.

Mi estómago se hundió. Porque era demasiada sangre.

Muchísima. Más de la que jamás había perdido.

El mundo empezó a inclinarse ligeramente.

Di un paso. Después otro. Y mis piernas dejaron de obedecerme.

Caí de rodillas. Escuché mi espada golpeando el suelo en algún lugar lejano.

O quizá no estaba tan lejos. Ya no estaba segura.

Todo parecía extraño. Difuso. Lejano.

— ¡Siria!

La voz de Faelidrin. Por primera vez desde que la conocía sonó rota.

La princesa élfica llegó hasta mí prácticamente al instante.

Ni siquiera la vi moverse. Un momento estaba a varios metros.

Al siguiente estaba sujetándome. Sus manos presionaron inmediatamente la herida.

Escuché palabras en élfico. Rápidas. Urgentes.

Palabras que jamás me había enseñado. Hechizos.

Muchos hechizos. La energía del bosque entero pareció agitarse a nuestro alrededor.

Yo intenté concentrarme. Intenté escuchar. Pero cada vez resultaba más difícil. Tenía sueño. Un sueño extraño. Pesado. Como si alguien estuviera colocando mantas sobre mis pensamientos una tras otra.

— No.

La voz de Faelidrin llegó inmediatamente.

— No te duermas.

Parpadeé. Me costaba mantener los ojos abiertos.

— Estoy… cansada…

— Lo sé.

Sus manos seguían brillando sobre mi cuello. La magia fluía constantemente.

— Pero no te duermas.

Intenté obedecer. De verdad lo intenté. Pero el sueño seguía creciendo.

Observé su rostro. Y aquello fue lo que más me asustó.

Porque Faelidrin estaba asustada. De verdad.

No la serenidad habitual. No la calma imposible que parecía acompañarla siempre.

Miedo. Puro y real. Había lágrimas acumulándose en sus ojos.

No caían. Todavía no. Pero estaban allí.

Y aquella imagen me resultó muchísimo más aterradora que la sangre.

— Faelidrin…

Ella negó inmediatamente.

— No hables.

Otro hechizo. Más energía. Más luz. Más desesperación escondida entre palabras élficas que no entendía.

El tiempo empezó a comportarse de forma extraña.

Quizá pasaron segundos. Quizá minutos. Quizá mucho más.

No lo sabía. Solo recordaba la presión de sus manos.

Su voz. Los hechizos. Y aquellos ojos marrones negándose a perderme.

Finalmente, algo cambió. La sangre dejó de brotar.

Poco a poco. Hasta detenerse. La luz de los hechizos se debilitó.

Faelidrin soltó una respiración temblorosa.

La primera que parecía permitirse desde el accidente.

Yo seguía apoyada contra ella. Débil. Terriblemente débil.

Como si hubiera corrido durante días enteros sin detenerme.

La herida seguía doliendo. Pero ya no sentía aquella sensación horrible de estar vaciándome.

—Ya está.

Su voz apenas fue un susurro.

—Ya está.

Y entonces comprendí algo. Había sobrevivido.

Pero me faltaba muchísima energía. Tanta que apenas podía mantener los ojos abiertos.

Y aun así… Lo último que recuerdo antes de cerrar los ojos unos segundos fue la expresión de Faelidrin.

Aquella mezcla imposible de alivio, miedo y cariño que ya no podía esconder.

Como si durante unos minutos hubiera olvidado todas las leyes del mundo.

Y solo hubiera recordado que podía perderme.

— No te duermas todavía.

Su voz sonó mucho más suave que antes. Las manos seguían apoyadas sobre mi cuello, envueltas en los últimos restos de aquellos hechizos que acababan de salvarme la vida.

—Tenemos otro problema que solucionar.

Parpadeé lentamente. Cada movimiento parecía requerir un esfuerzo absurdo.

—¿Otro problema…?

Incluso hablar resultaba difícil. Mi lengua parecía demasiado pesada. Mi cabeza también. Faelidrin me observó atentamente. Ya no parecía aterrorizada como hacía unos momentos. Pero la preocupación seguía allí. Profunda. Persistente. Como una sombra detrás de sus ojos.

—Sí.

Intenté incorporarme. No lo conseguí. Mis brazos temblaron inmediatamente.

—¿Cuál…?

Apenas reconocí mi propia voz. Sonaba pastosa. Lenta. Vacía. Como si perteneciera a otra persona. Faelidrin suspiró.

— Has perdido demasiada sangre.

Asentí débilmente. Aquello ya lo había notado.

— Tu cuerpo sigue vivo gracias a los hechizos.

Hizo una pequeña pausa.

— Pero no tiene suficiente energía para recuperarse por sí mismo.

La miré sin comprender del todo. Mi mente funcionaba demasiado despacio.

— Debes alimentarte.

La palabra me hizo cerrar los ojos un instante. Claro. Alimentarme. La solución parecía obvia. Y, sin embargo, me sentía tan agotada que ni siquiera había pensado en ello.

— De hecho…

Vi cómo dudaba. Solo un segundo.

— Lo que realmente necesitarías ahora sería sangre.

Aquello consiguió que volviera a abrir los ojos. La princesa élfica sostuvo mi mirada.

— Sangre de un ser vivo.

No había juicio en sus palabras. Ni miedo. Ni rechazo. Solo preocupación.

— Sería la forma más rápida de recuperarte.

Tragué saliva. O al menos lo intenté.

— Pero…

— Pero la reina jamás lo permitiría.