La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXII - Romper el patrón
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Capítulo XXXII - Romper el patrón

Mientras volaba aquella mañana junto a Jazz, algo terminó de encajar dentro de mi cabeza.

Había estado pensando mucho en los entrenamientos de los últimos días.

Probablemente demasiado. Porque perder una vez era normal.

Perder diez veces era frustrante. Perder absolutamente todas las veces empezaba a convertirse en un problema para mi orgullo.

Faelidrin siempre ganaba. No importaba si luchaba como humana.

No importaba si utilizaba mi forma de loba.

No importaba si intentaba aprovechar la velocidad de mi forma de murciélago.

Siempre terminaba en el suelo. O contra un árbol.

O dentro del riachuelo. Aquella última seguía siendo especialmente humillante.

Al principio había pensado que simplemente era más fuerte que yo.

Después comprendí que no era eso. Faelidrin no vencía porque fuera más rápida.

Tampoco porque fuera físicamente más poderosa.

Vencía porque entendía lo que iba a hacer.

Siempre. Era como si pudiera leer el siguiente movimiento antes incluso de que yo lo hubiera decidido completamente.

Y entonces lo entendí. Faelidrin amaba la constancia.

Como Safel. Como los árboles. Como los ríos.

Como las raíces. Le gustaban los patrones.

Las cosas que crecían lentamente. Las cosas que podían observarse durante años.

Y precisamente por eso era tan buena anticipándose.

Porque buscaba patrones constantemente. Sonreí mientras planeaba entre dos enormes robles.

Si quería tocarla… No podía hacer lo esperado.

Tenía que sorprenderla. Pero sorprenderla de verdad.

No simplemente atacar desde otro ángulo.

No simplemente correr más rápido. Algo distinto. Algo que no esperara.

Una ráfaga de viento me golpeó las alas y aproveché la corriente para ascender unos metros más.

Entonces recordé algo. Mi madre. Nimenessë me había enseñado que la magia no dependía únicamente de la forma que adoptara mi cuerpo.

Yo había asumido durante mucho tiempo que algunas cosas solo podían hacerse siendo humana.

Pero aquello era una costumbre mental. No una ley.

Había utilizado magia siendo loba. Entonces…

¿Por qué no iba a poder hacerlo siendo murciélago?

La idea me produjo una emoción inmediata.

No porque estuviera segura de que funcionaría. Precisamente porque no lo estaba.

— Jazz.

El jilguero giró sobre sí mismo en mitad del aire.

— ¿Sí?

— Voy a intentar algo.

Aquello fue suficiente para captar toda su atención.

— ¡Bien!

No pareció necesitar más explicaciones. Probablemente porque para Jazz cualquier frase que comenzara con “voy a intentar algo” significaba automáticamente una aventura. Respiré profundamente. O al menos lo más profundamente que podía respirar en aquella forma.

Después empecé a buscar el hechizo. El de agua.

El primero que mi padre me había enseñado.

El primero que realmente había conseguido dominar.

Intenté reunir energía mientras volaba. No ocurrió nada.

Volví a intentarlo. Nada. La corriente de aire bajo mis alas se volvió inestable durante un instante.

Tuve que concentrarme únicamente en no perder altura.

— ¿Funciona? — preguntó Jazz.

— No.

— Ah.

Una pausa.

— Sigue intentando.

Aquello me hizo sonreír. Los consejos de Jazz rara vez eran sofisticados. Pero casi siempre eran útiles. Seguí intentándolo. Una vez. Y otra Y otra más. Sin resultado. Durante varios minutos no ocurrió absolutamente nada.

Solo una murciélaga frustrada atravesando el cielo de Safel mientras un jilguero extremadamente optimista observaba el espectáculo.

Pero no me rendí. Porque todavía quedaba tiempo antes de la clase.

Y porque, de alguna forma, estaba empezando a divertirme.

Finalmente comprendí qué estaba haciendo mal.

Era exactamente el mismo error que había cometido cuando aprendí a alimentarme en forma de loba.

Seguía intentando pensar como humana. Intentaba construir el hechizo paso a paso.

Intentaba ordenarlo. Controlarlo. Dirigirlo.

Pero en aquel momento estaba volando. Mi cuerpo no quería pensar.

Quería sentir. Así que dejé de luchar contra ello.

Simplemente sentí el agua. La humedad del aire.

El rocío sobre las hojas. La energía líquida que recorría Safel.

Y entonces ocurrió. Una pequeña esfera de agua apareció flotando junto a mí.

Casi pierdo el control del vuelo de la sorpresa.

La esfera osciló unos segundos antes de estabilizarse.

Pequeña. Sencilla. Perfecta. Me quedé mirándola.

Incrédula. Lo había conseguido. De verdad lo había conseguido.

Jazz emitió un chillido tan fuerte que varias aves cercanas levantaron el vuelo alarmadas.

— ¡SIRIA!

La esfera de agua se deshizo inmediatamente porque me distraje. Pero ya no importaba. Porque había funcionado.

— ¡Lo has visto!

— ¡Lo he visto!

— ¡Lo he hecho!

— ¡Lo has hecho!

El jilguero empezó a describir círculos frenéticos a mi alrededor.

Una pirueta. Dos. Tres. Cuatro. Una quinta claramente innecesaria.

La emoción que me transmitía era tan intensa que resultaba contagiosa.

Orgullo. Alegría. Entusiasmo. Como si el logro fuera suyo también.

Y quizá, en parte, lo era. Porque Jazz siempre estaba allí cuando aprendía algo nuevo.

Siempre. No importaba si era algo importante o algo absurdo.

— He sido yo — dije con una sonrisa enorme—. Estoy practicando cómo sorprender a la silenciosa.

La reacción del jilguero fue inmediata. Ejecutó una pirueta espectacular que estuvo peligrosamente cerca de terminar contra una rama.

Recibí una explosión de orgullo a través del vínculo.

Jazz estaba encantado. Y, por primera vez en varios días, yo también.

Porque no pensaba en leyes antiguas. No pensaba en prohibiciones imposibles.

No pensaba en lo injusto que era todo. Pensaba en algo mucho más sencillo.

Tenía un plan. Un plan pequeño. Probablemente imperfecto. Probablemente arriesgado. Pero era mío.

Y mientras observaba el sol elevándose poco a poco sobre Safel, sentí una emoción que llevaba días sin experimentar. Impaciencia. Ganas de que empezara la lección. Ganas de enfrentarme a Faelidrin. Ganas de descubrir si, por una vez… Podría sorprenderla.

Finalmente llegó la hora. Me despedí de Jazz y emprendí el vuelo hacia el claro.

Durante todo el trayecto sentí aquella mezcla extraña de nervios y emoción revoloteando dentro de mí.

Porque por primera vez desde que habían comenzado las lecciones de combate…

tenía un plan. Quizá un plan terrible. Quizá un plan condenado al fracaso.

Pero era mi plan. Y eso ya era más de lo que había tenido hasta entonces.

Atravesé las copas de Safel a gran velocidad. Pronto distinguí el riachuelo. Las flores. Y la figura de Faelidrin esperándome junto al claro. Como siempre. Mi corazón dio un pequeño salto. Porque seguía pareciéndome hermosa. Ridículamente hermosa. De una forma que resultaba bastante injusta.

El cabello negro se movía suavemente bajo la brisa matinal.

La luz atravesaba las hojas superiores y dibujaba reflejos dorados sobre sus hombros.

Y durante un instante estuve a punto de aterrizar normalmente.

Transformarme. Saludar. Comenzar la lección.

Pero entonces recordé mi plan. Y recordé también que si le daba tiempo a prepararse… estaba perdida.

Así que no aterricé. No me transformé. No le di los buenos días.

Ataqué. Vi cómo sus ojos se abrían apenas una fracción de segundo al verme descender directamente en forma de murciélago.

No sorpresa. Más bien aprobación. Como si hubiera comprendido inmediatamente que algo era distinto.

Batí las alas con fuerza y me lancé hacia ella.

Obviamente no funcionó. Nunca era tan fácil.

Faelidrin ni siquiera se movió. Simplemente levantó una mano.

Una corriente de aire explotó delante de mí.

Me golpeó de lleno. Sentí cómo mi trayectoria se rompía inmediatamente.

El mundo giró. Pero aquella vez era exactamente lo que esperaba.

Mientras caía inicié la transformación. Las alas desaparecieron.

Mi cuerpo se alargó. Las patas tocaron el suelo.

Me convertí en loba apenas un instante antes del impacto.

Rodé una vez. Dos. Tres. La hierba y la tierra pasaron girando delante de mis ojos.

Y entonces recuperé el equilibrio. No me detuve.

Salté. Directamente hacia delante. Vi cómo Faelidrin seguía observándome.

Analizando. Esperando. Intentando comprender qué estaba haciendo.

Perfecto. Eso era exactamente lo que quería.

Mientras saltaba reuní energía. El fuego acudió casi de forma instintiva.

Abrí la boca.  Y una llamarada salió disparada.

No hacia ella. Hacia un árbol situado a pocos metros de su posición.

Vi cómo sus ojos se movían automáticamente hacia el fuego.

Solo un instante. Solo el tiempo suficiente.

Porque yo ya estaba haciendo otra cosa. Mi cuerpo volvió a cambiar en mitad del salto.

La loba desapareció. Las alas reaparecieron.

Y un segundo después ya era un murciélago otra vez.

Ascendí. Giré. Reuní energía una segunda vez.

Agua. Una esfera líquida apareció delante de mí.

La lancé inmediatamente. No hacia Faelidrin.

Hacia el lado opuesto. Vi cómo ella seguía el movimiento del agua.

Calculando. Preparándose para esquivarla.

Y justo entonces ataqué desde el otro lado.

La combinación completa. Murciélago. Loba.

Fuego. Murciélago. Agua. Todo seguido. Todo demasiado rápido.

Todo diseñado para romper los patrones que llevaba semanas utilizando.

Sentí el roce. Apenas un instante. Mis dedos tocaron suavemente su brazo.

Nada más. Un contacto mínimo. Pero suficiente.

Aterricé varios metros más allá. Mi corazón estaba desbocado.

Me giré inmediatamente. Faelidrin seguía inmóvil.

Observando el lugar donde acababa de tocarla.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.

Durante unos segundos no dijo nada. Y aquello me puso todavía más nerviosa. Hasta que finalmente habló.

— Bien.

Solo una palabra. Una única palabra. Pero había algo distinto en su voz.

Y cuando nuestras miradas se encontraron vi algo todavía más valioso.

Orgullo. Pequeño. Discreto. Muy élfico. Pero completamente real.

Aquello me produjo una felicidad absurda.

Mucho mayor de la que debería haber provocado un simple toque.

Faelidrin observó unos segundos más las marcas húmedas que había dejado el hechizo de agua sobre la hierba. Después volvió a mirarme.

— Has dejado de intentar repetir patrones.

No pude evitar sonreír.

— Jazz dice que eres demasiado buena viendo patrones.

Por un instante pareció que iba a sonreír. Solo por un instante.

— Jazz es observador.

Aquello casi contó como un cumplido. Casi. Después apoyó una mano sobre la espada que llevaba colgada a la espalda. Y entonces añadió:

— Ahora empezaremos con las espadas.

Mi sonrisa desapareció inmediatamente.

— ¿Perdón?

— Las espadas.

— Acabo de conseguir tocarte.

— Sí.

— Pensaba disfrutar de mi victoria al menos cinco minutos.

— Ya has disfrutado tres.

La miré horrorizada. Faelidrin parecía completamente seria. Lo cual significaba que probablemente hablaba en serio. Y, por algún motivo, aquello la hacía todavía más hermosa. Lo cual era un problema completamente distinto.