La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXI - El arte de perder
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Capítulo XXXI - El arte de perder

Durante los días siguientes continuaron las lecciones.

Los días empezaron a parecerse unos a otros. No de una forma aburrida. Más bien de una forma tranquila. Como si Safel hubiera decidido concederme una pequeña tregua antes de la siguiente tormenta.

Cada mañana me despertaba al amanecer. A veces por la luz. A veces por Jazz. A veces simplemente porque mi cuerpo parecía haberse acostumbrado al ritmo del bosque.

Volábamos juntos durante horas. Bueno, quizá no horas. Pero siempre me parecían demasiado pocas.

Jazz esperaba cada amanecer con exactamente la misma cantidad imposible de energía.

No importaba si había llovido durante la noche.

No importaba si el cielo estaba cubierto de nubes.

No importaba absolutamente nada. Para él cada día era una aventura nueva.

Y, poco a poco, aquella forma de ver el mundo empezó a contagiarme.

Volábamos sobre Safel. Perseguíamos corrientes de aire.

Descubríamos rincones nuevos del bosque.

Hacíamos piruetas. Y algunas mañanas simplemente planeábamos en silencio mientras observábamos cómo el sol nacía sobre las copas de los árboles.

Después llegaban las lecciones. Y ahí las cosas se complicaban.

Porque Faelidrin y yo habíamos cruzado una frontera de la que ya no podíamos regresar.

Ahora conocía la verdad. Ella también. Y aquello lo cambiaba todo.

Y al mismo tiempo no cambiaba nada. Seguíamos recorriendo senderos entre los árboles.

Seguíamos hablando de magia. Seguíamos aprendiendo el lenguaje antiguo.

Seguíamos escuchando flores, raíces, ríos y piedras.

Pero bajo cada conversación existía otra conversación distinta.

Una silenciosa. Una que ninguna de las dos podía permitirse tener.

Algunos días conseguía soportarlo mejor.

Otros no. Cuando aquello ocurría dejaba de ser humana.

A veces me transformaba en loba. A veces en murciélago.

No porque quisiera escapar de Faelidrin.

Todo lo contrario. Era porque mi forma humana se había convertido en la forma donde más sentía.

Y a veces sentir demasiado resultaba agotador.

La loba era más sencilla. Más directa. Más honesta.

El murciélago era más libre. Más ligero.

Menos preocupado por aquello que no podía cambiar.

Faelidrin nunca me preguntó por qué lo hacía.

Y yo nunca tuve que explicárselo. Simplemente lo entendía.

Como tantas otras cosas. Había momentos extraños durante aquellas jornadas.

Momentos pequeños. Momentos que probablemente nadie más habría considerado importantes.

Una mirada demasiado larga. Una sonrisa diminuta.

La forma en que pronunciaba mi nombre cuando creía que no estaba prestando atención.

La manera en que a veces se detenía ligeramente más cerca de mí de lo necesario.

Nada de aquello significaba nada. Y al mismo tiempo lo significaba todo.

Porque era lo único que teníamos. Las lecciones continuaban.

Los días avanzaban. Y nosotras aprendíamos poco a poco a convivir con una verdad imposible.

Por las tardes regresaba a mi árbol-cabaña. Y allí siempre estaba Jazz. Esperándome. A veces sobre una rama. A veces dentro. Una vez incluso lo encontré profundamente dormido en mi cama vegetal como si hubiera decidido que el árbol también le pertenecía. No tenía corazón para echarlo.

Y así transcurrieron los días. Con una tranquilidad extraña.

Una tranquilidad que parecía real. Pero que no terminaba de engañarme.

Porque había una ausencia constante durante todas aquellas jornadas.

Séfora. No había vuelto. Una parte de mí agradecía aquella ausencia.

Porque conocía demasiado bien el vínculo que compartíamos.

Séfora habría sabido inmediatamente que algo me ocurría.

Probablemente lo habría descubierto incluso antes que yo misma.

Y no estaba preparada para explicarlo. Ni para escuchar sus preguntas.

Ni para soportar sus sonrisas si llegaba a enterarse de la verdad sobre Faelidrin.

Pero otra parte de mí... La echaba muchísimo de menos.

Más de lo que había imaginado. Porque cuando algo maravilloso o terrible ocurría, mi primer impulso seguía siendo querer contárselo.

Porque una parte de mí seguía esperando verla aparecer entre los árboles con aquella sonrisa tranquila suya.

Porque seguía siendo mi madre falsa. Y porque, por mucho que Safel empezara a sentirse como un hogar...

Había personas que ningún bosque podía sustituir.

Algunas noches me descubría mirando hacia el cielo desde la entrada de mi árbol-cabaña. Preguntándome dónde estaría. Si estaría bien. Si estaría pensando en mí tanto como yo pensaba en ella.

Y entonces Jazz aparecía con alguna observación absurda sobre una ardilla o una nube con forma de hoja. Y durante unos minutos conseguía olvidarme de echarla de menos. Solo durante unos minutos. Pero a veces unos pocos minutos eran suficientes.

Entonces, llegó un día que volvió a sorprenderme.

Aquella mañana transcurrió como tantas otras.

Había volado con Jazz al amanecer. Habíamos perseguido corrientes de aire entre las copas de los árboles y, durante unas horas, el mundo había parecido sencillo.

Después me despedí de él y me dirigí al claro donde me esperaba Faelidrin.

La encontré junto al riachuelo, como casi siempre.

Pero algo era diferente. Lo noté inmediatamente.

No llevaba únicamente la ropa ligera que utilizaba durante nuestras lecciones habituales.

Sobre su espalda descansaba una espada larga de aspecto sencillo.

No parecía ceremonial. Tampoco especialmente ornamentada.

Parecía una herramienta. Una muy peligrosa. Me detuve frente a ella.

— Buenos días.

— Buenos días, Siria.

Aquello seguía provocándome una pequeña felicidad absurda. Que utilizara mi nombre. Faelidrin observó unos segundos el bosque antes de hablar.

— Hoy cambiaremos la modalidad de las lecciones.

Parpadeé.

— ¿Cambiaremos?

Ella asintió.

— Continuaremos estudiando magia, idioma y conexión con el bosque.

Hizo una pausa.

— Pero hoy comenzaremos también el entrenamiento físico.

La observé confundida.

— ¿Físico?

— Sí.

Su mano se apoyó suavemente sobre la empuñadura de la espada.

— Como dijo mi madre, esta no es una guerra que vaya a ganarse con espadas.

Aquello me sonó familiar.

— Pero eso no significa que una espada no pueda ser útil.

Me sostuvo la mirada.

— Debes aprender a luchar.

Sentí una mezcla extraña de entusiasmo y preocupación.

— ¿Y tú vas a enseñarme?

— Sí.

— ¿Y cómo sabremos si estoy aprendiendo?

Por primera vez apareció una sombra de diversión en sus ojos.

— Cuando consigas tocarme.

Aquello sonaba razonable. Al principio. Cinco minutos después descubrí que era completamente imposible.

Comenzamos sin armas. Faelidrin quería observar cómo me movía.

Yo intenté aprovechar mi velocidad vampírica.

Ella me esquivó. Intenté sorprenderla por un lado.

Ella ya no estaba allí. Intenté utilizar fuerza.

Ella utilizó equilibrio. Intenté utilizar agresividad.

Ella utilizó precisión. En menos de un minuto terminé tumbada boca arriba sobre la hierba. Mirando el cielo.

— Eso ha sido humillante.

— Sí.

La miré.

— ¿Acabas de admitirlo?

— Sí.

Aquello era casi peor. Volví a ponerme en pie. Lo intenté otra vez. Y otra. Y otra. El resultado nunca cambiaba. A veces acababa en el suelo. A veces contra un árbol. Una vez terminé dentro del riachuelo. Aquella fue especialmente vergonzosa.

Faelidrin ni siquiera parecía cansarse. Y eso empezaba a resultar irritante.

— ¿Estás disfrutando de esto?

— No especialmente.

— Mientes muy mal.

— No estoy mintiendo.

Lo peor era que probablemente decía la verdad.

Simplemente era mejor que yo. Muchísimo mejor.

Decidí cambiar de estrategia. Si mi cuerpo humano no funcionaba...

Quizá mi forma de loba sí. La transformación recorrió mi cuerpo.

Segundos después corría hacia ella sobre cuatro patas.

Más rápida. Más fuerte. Más instintiva. Faelidrin tardó exactamente unos segundos en derribarme igualmente.

Rodé por la hierba. Me levanté. Volví a intentarlo. Mismo resultado.

— Esto empieza a parecer personal.

— Es una lección.

— Una lección extremadamente violenta.

— Las guerras suelen serlo.

Aquello consiguió que dejara de protestar. Porque tenía razón. Otra vez. La odiaba un poco cuando tenía razón. Lo cual ocurría con demasiada frecuencia.

Probé después con mi forma de murciélago.

Aquello funcionó mejor. Durante unos segundos.

Mi capacidad para volar y cambiar de dirección rápidamente consiguió sorprenderla un par de veces.

Incluso llegué a pensar que iba a lograr tocarla.

Entonces Faelidrin utilizó magia. No algo espectacular.

No rayos ni explosiones. Simplemente alteró una corriente de aire.

Lo suficiente. Mi trayectoria cambió. Y terminé chocando contra unas ramas.

— ¡Eso es hacer trampas!

— Estamos entrenando magia y combate.

— Sigue siendo hacer trampas.

— Solo porque ha funcionado.

Me quedé colgada boca abajo de una rama varios segundos. Ofendida. Ella siguió caminando tranquilamente. Aquello tampoco ayudó a mi dignidad.

Los días siguientes continuaron igual. Entrenábamos.

Aprendíamos. Combatíamos. Y yo perdía. Constantemente.

No importaba la forma que utilizara. Humana.

Loba. Murciélago. Incluso aprendí a cambiar entre ellas durante el combate.

Aparecer como loba y transformarme en murciélago en mitad de un salto.

Caer en forma humana. Atacar desde ángulos inesperados.

Improvisar. Adaptarme. Cambiar. Crecer. Y aun así... Siempre ganaba ella. Siempre.

Al principio aquello me frustró. Muchísimo.

Después empezó a fascinarme. Porque cuanto más combatíamos, más comprendía algo.

Faelidrin no era poderosa porque fuera rápida.

Ni porque fuera fuerte. Ni porque conociera más magia.

Era poderosa porque entendía. Entendía el movimiento.

Entendía el bosque. Entendía a sus adversarios.

Y, lo más irritante de todo... Empezaba a entenderme a mí.

Algunas veces parecía saber lo que iba a hacer incluso antes de que yo misma lo supiera.

Y aquello resultaba profundamente injusto. Pero también admirable.

Y quizá ese fue el verdadero comienzo de mis lecciones de combate.

No aprender a golpear. No aprender a esquivar.

Sino aprender que la fuerza por sí sola nunca sería suficiente.

Porque algún día tendría que enfrentarme a Duncan.

Y si él era tan poderoso como todos decían...

Necesitaría algo más que fuerza para derrotarlo.