Capítulo XXX - Lo que nos estaba permitido
Estuvimos caminando por Safel durante el resto del día. O quizá no era exactamente caminar. Era avanzar juntas.
Faelidrin continuó enseñándome el bosque como hacía siempre.
Me mostró árboles cuyos frutos solo aparecían una vez cada varios años.
Me explicó cómo ciertas raíces intercambiaban energía bajo tierra a través de distancias enormes.
Me enseñó a distinguir qué flores cantaban al amanecer y cuáles preferían esperar a la noche.
Y yo escuché. O al menos lo intenté. Porque una parte de mí seguía atrapada en aquella conversación junto al riachuelo.
"Yo también quiero estar contigo." Las palabras regresaban una y otra vez.
A veces me hacían feliz. A veces me rompían un poco.
La mayoría de las veces conseguían ambas cosas al mismo tiempo.
Por eso no volví a transformarme en humana.
No me sentía capaz. La forma de loba era más sencilla.
Más honesta. Más fácil de habitar. Los lobos no analizan cada mirada durante horas.
No intentan descifrar leyes antiguas. No se preguntan qué habría pasado en otro mundo.
Simplemente avanzan. Y eso era exactamente lo que necesitaba.
Faelidrin no hizo ningún comentario sobre mi decisión. Ni una sola vez. Simplemente la aceptó. Como aceptaba casi todo lo que yo hacía cuando comprendía el motivo.
De vez en cuando me señalaba alguna planta o alguna criatura del bosque.
Yo levantaba la cabeza para observarla y después continuábamos avanzando.
Era extraño. Todo había cambiado. Y al mismo tiempo nada había cambiado.
Seguíamos recorriendo Safel juntas. Seguíamos aprendiendo.
Seguíamos compartiendo silencios. Pero ahora conocía el significado de muchos de esos silencios. Y sospechaba que ella también.
Cuando llegó el momento de alimentarnos descubrimos otro problema.
Yo seguía siendo una loba. Y jamás había intentado solicitar energía en aquella forma.
Faelidrin se detuvo junto a un pequeño grupo de arbustos cubiertos de flores azules.
En aquel precioso lugar soplaba una brisa ligera, saltarina como el río, cambiante e inquieta.
— Tendrás que aprender.
Moví una oreja en dirección a ella. La princesa élfica sonrió apenas.
— No puedes permanecer siempre en forma lobuna.
Aquello estuvo peligrosamente cerca de una broma.
Intenté conectar con las plantas exactamente igual que hacía en mi forma humana.
No funcionó. Lo intenté otra vez. Tampoco.
La energía seguía allí. Podía sentirla. Pero era como intentar sujetar agua con las patas.
Después de varios intentos frustrados terminé tumbándome sobre la hierba y apoyando el hocico entre las patas delanteras.
Faelidrin observó mi derrota con una paciencia infinita.
— Vuelve a intentarlo.
La miré.
— Otra vez.
Volví a intentarlo. Fallé.
— Otra vez.
Fallé.
— Otra vez.
Aquello se prolongó bastante tiempo. Y, para mi desgracia, la paciencia de Faelidrin resultó ser muchísimo más resistente que mi frustración.
Finalmente comprendí cuál era el problema.
Seguía intentando utilizar técnicas humanas.
Intentaba pensar las peticiones. Intentaba formularlas.
Intentaba construirlas con palabras. Pero yo no era humana en aquel momento.
Era una loba. Así que dejé de pensar. Simplemente sentí hambre.
La expresé. Y el bosque respondió. La energía llegó hasta mí desde la brisa, desde el lejano riachuelo, desde las piedras.
Desde el propio bosque. Fluyó de forma suave y natural.
Tan sencilla que durante un instante me sentí ridícula por no haberlo entendido antes.
Levanté inmediatamente la cabeza. Faelidrin me estaba observando. Y por primera vez en todo el día nuestras miradas se encontraron sin que ninguna de las dos apartara la vista. Hubo una chispa de triunfo. De orgullo. De felicidad compartida. Lo habíamos conseguido.
Ninguna sonrió. Ninguna dijo nada. No hacía falta. Aquella única mirada contenía todo lo que nos estaba permitido. Y quizá también un poco más.
Después continuamos caminando. El sol descendió lentamente sobre Safel. Las sombras comenzaron a alargarse entre los árboles. Las flores diurnas cerraron sus pétalos mientras otras nocturnas despertaban. Y cuando el cielo empezó a teñirse de naranja y violeta comprendí que era hora de marcharme.
Me detuve. Mi cuerpo volvió a cambiar. La loba desapareció. Después llegaron las alas. El mundo volvió a transformarse una vez más.
Faelidrin observó el proceso en silencio. Yo también la observé. Durante apenas unos segundos. Las dos sabíamos lo que queríamos decir. Y las dos sabíamos que no podíamos hacerlo.
Finalmente batí las alas.
— Hasta mañana.
La voz de Faelidrin fue suave. Añadió algo que yo llevaba días anhelando decirle. Algo simple y complejo a la vez.
— Que descanses, Siria.
Y aquella vez utilizó mi nombre. Solo mi nombre.
Después me elevé entre las copas de Safel rumbo a mi árbol-cabaña mientras el último resplandor del día desaparecía lentamente tras el horizonte.
Cuando finalmente llegué al árbol-cabaña ya era completamente de noche.
Las primeras estrellas asomaban entre los huecos de las ramas más altas de Safel y las flores nocturnas habían comenzado a abrirse por todo el bosque.
Algunas emitían una luz tenue azulada. Otras brillaban en tonos plateados.
Desde el aire, el bosque parecía un cielo invertido.
Aterricé junto a la abertura de mi árbol-cabaña.
Y allí estaba Jazz. A duras penas despierto.
El pequeño jilguero estaba posado sobre una rama cercana con las plumas completamente esponjadas, cómo una bolita de plumas y los ojos medio cerrados.
Parecía estar librando una batalla épica contra el sueño.
Una batalla que claramente estaba perdiendo.
Al verme llegar abrió los ojos de golpe.
— ¡Siria!
— Jazz...
— ¡Has vuelto!
— Sí.
— ¿Y bien?
Suspiré. Ni siquiera había tocado todavía una rama y ya estaba preguntando. Me transformé parcialmente durante el aterrizaje, pero me detuve a medio camino. Aquella noche no me apetecía recuperar mi forma humana.
Estaba cansada. Demasiado cansada. Así que permanecí como murciélago. Me colgué boca abajo de una de las ramas interiores del árbol-cabaña y me envolví parcialmente con las alas.
Jazz revoloteó inmediatamente hasta colocarse cerca de mí.
— ¿Qué ha pasado?
— Muchas cosas.
— ¿Buenas cosas?
Lo pensé unos segundos.
— Sí.
— ¿Malas cosas?
Volví a pensarlo.
— También.
Aquello pareció desconcertarlo profundamente.
— ¿Cómo pueden ser ambas?
— Porque las personas somos complicadas.
— Eso ya lo sabía.
A pesar de todo, sonreí. Jazz seguía luchando contra el sueño. Lo veía en sus movimientos. Cada pocos segundos, cerraba los ojos durante un instante demasiado largo y después volvía a abrirlos sobresaltado. Pero se negaba a rendirse. Necesitaba saber qué había ocurrido.
— ¿La silenciosa estaba allí?
— Sí.
— ¿Y hablasteis?
— Sí.
— ¿Y entonces?
Suspiré lentamente. No tenía fuerzas para contarle toda la conversación. No tenía fuerzas para explicar leyes antiguas, especies híbridas, prohibiciones imposibles ni sentimientos contradictorios. Ni siquiera estaba segura de comprenderlo todo yo todavía. Así que elegí la versión más sencilla.
— Nuestra relación está prohibida.
Jazz parpadeó. Esperó unos segundos. Después volvió a parpadear. Y entonces sentí la confusión más intensa que jamás había recibido de él.
— ¿Qué significa eso?
Cerré los ojos.
— Significa que no podemos estar juntas.
— ¿Por qué?
— Porque existen leyes.
La confusión aumentó todavía más.
— ¿Qué son leyes?
Aquello me hizo soltar una pequeña risa cansada.
— Son... normas.
— ¿Como no comer ciertas bayas?
— Algo parecido.
Jazz reflexionó unos segundos.
— Entonces ignoradlas.
Me tapé los ojos con una de las alas.
— Ojalá fuera tan fácil.
— ¿Las normas son malas?
— No siempre.
— ¿Y esta?
Abrí los ojos lentamente. Pensé en Faelidrin. Pensé en su tristeza. Pensé en aquel «yo también quiero estar contigo». Pensé en siglos de tradiciones élficas. Pensé en aquella ley, común a todas las especies, que nos impedía estar juntas. Pensé en mi propia existencia.
Y finalmente respondí:
— Esta sí.
Jazz permaneció callado unos segundos. Una rareza absoluta. Después me transmitió algo que parecía indignación.
— Es una norma estúpida.
No pude evitar reírme otra vez.
— Quizá tengas razón.
— Claro que la tengo.
La seguridad con la que lo dijo habría resultado irritante si no estuviera prácticamente dormido.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
El bosque susurraba suavemente alrededor del árbol-cabaña.
A lo lejos cantaban algunas criaturas nocturnas.
La noche avanzaba. Y yo estaba agotada. Emocionalmente agotada. Jazz debió notarlo.
Porque, por primera vez desde que lo conocía, decidió no seguir preguntando. Simplemente se acomodó sobre una rama cercana.
— Lo siento.
Parpadeé sorprendida.
— ¿Por qué?
— Porque estás triste.
Aquello me golpeó mucho más de lo que esperaba. Los animales tenían una forma extraña de llegar directamente al centro de las cosas. Sentí algo parecido a una sonrisa en mi interior.
— Gracias, Jazz.
El jilguero ya estaba medio dormido otra vez.
— Mañana será mejor.
— Eso espero.
— Seguro.
No parecía una esperanza. Parecía una certeza.
Y quizá esa era otra de las razones por las que me gustaba tanto estar con él.
Jazz siempre creía que mañana podía ser mejor.
Aunque no tuviera ninguna prueba. Aunque el mundo entero dijera lo contrario.
Simplemente lo creía. Observé unos segundos cómo sus ojos terminaban de cerrarse.
Después apoyé la cabeza contra la rama.
— Buenas noches, Jazz.
— Buenas noches, Siria...
Su respuesta llegó ya arrastrada por el sueño.
Pocos segundos después estaba dormido. Yo permanecí despierta un poco más. Escuchando el bosque. Escuchando la respiración tranquila de mi amigo. Y pensando inevitablemente en una elfa de cabello negro que probablemente también estaría contemplando aquella misma noche desde algún lugar de Safel.
Finalmente cerré los ojos. Y antes de dormirme, le deseé buenas noches en silencio.