La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIX - Aunque queramos #4
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Capítulo XXIX - Aunque queramos #4

Faelidrin bajó la mirada unos segundos. Y entonces terminó de decir aquello que claramente llevaba intentando evitar desde hacía días.

— Por lo tanto, está prohibido.

El silencio cayó entre nosotras.

— No podemos estar juntas.

Aquello dolió. Mucho más de lo que esperaba. Porque después de todo lo ocurrido… Después de la flor. Después de su reacción. Después de la energía que le había entregado... Sabía lo que iba a decir a continuación incluso antes de que abriera la boca.

— Aunque queramos.

Mi respiración se detuvo. Aunque queramos.

No aunque tú quieras. No aunque yo quiera.

Aunque queramos. Las dos. Las dos. Durante un instante fui incapaz de pensar en nada más.

Porque llevaba días dudando. Días preguntándome si me había equivocado.

Si había imaginado cosas que no existían.

Si mi corazón simplemente había querido creer.

Y ahora ya no había duda. Faelidrin también sentía algo.

Aquello debería haberme hecho feliz. Y, de alguna manera, lo hizo.

Pero también convirtió el dolor en algo mucho más real.

— Entonces...

Mi voz salió más débil de lo que pretendía.

— ¿Es verdad?

Ella cerró los ojos. Solo un instante.

— Sí.

Una única palabra. Pequeña. Silenciosa. Pero capaz de cambiar mi mundo entero.

— Yo también quiero estar contigo.

Mi corazón dio un salto tan fuerte que casi dolió. Y, por segunda vez desde que había llegado a Safel, vi aparecer lágrimas en los ojos de Faelidrin.La primera había sido pocos segundos antes. Estas no llegaron a caer. Pero estaban allí.

— Precisamente por eso existe el problema.

La observé. Y comprendí algo terrible. Aquello no le estaba resultando más fácil que a mí. Quizá incluso era peor. Porque ella conocía las consecuencias. Yo no.

— Pero entonces...

Intenté ordenar mis pensamientos.

— Según esa ley...

Mi voz empezó a endurecerse.

— No podré estar jamás con nadie.

Faelidrin no respondió inmediatamente. Y aquel silencio fue respuesta suficiente.

— Exacto.

La palabra me golpeó como una piedra.

— Eso es absurdo.

— Lo sé.

— Es injusto.

— Lo sé.

— Ni siquiera he elegido ser así.

— Lo sé.

Aquello me enfureció. Porque ella estaba de acuerdo conmigo. Y aun así seguía aceptándolo.

— Entonces debemos encontrar una solución.

Por primera vez algo parecido a la tristeza apareció claramente en su rostro.

— No la hay.

— Tiene que haberla.

— No la hay.

— Faelidrin...

— Siria.

Su voz se volvió firme. No fría. Triste.

— Hay leyes más antiguas que los reyes. Más antiguas que Safel. Más antiguas que muchas de las naciones que existen ahora.

— Entonces habrá que cambiarlas.

Aquello arrancó una pequeña sonrisa cansada de sus labios. La primera en mucho tiempo.

— Eres imposible.

— Eso me dicen mucho.

La sonrisa desapareció. Pero dejó algo cálido detrás. Algo que hizo todavía más difícil todo aquello. Permanecimos en silencio varios segundos. Dos personas que acababan de descubrir que se amaban. Y que no podían hacer nada con ello.

Finalmente fui yo quien habló.

— ¿Y si necesito volver a hablar de esto?

Faelidrin apartó la vista hacia el bosque. El hechizo seguía envolviéndonos. Protegiéndonos. Ocultándonos. Entonces respondió.

— Di la palabra "fuego" en lengua humana.

Parpadeé.

— ¿Fuego?

— Sí.

Asentí lentamente.

— Y entonces levantaré el hechizo.

— Sí.

Aquello sonaba casi ridículo. Y, sin embargo, comprendí inmediatamente por qué lo hacía.

Era una llave. Una forma de decir "necesito hablar contigo".

Una palabra secreta entre las dos. Algo pequeño.

Íntimo. Nuestro. Y solo ese pensamiento consiguió acelerar otra vez mi corazón.

Faelidrin debió notarlo. Porque inmediatamente se giró.

— Ven.

— ¿Qué?

— Vamos a caminar.

— ¿Ahora?

— Sí.

Y antes de que pudiera seguir preguntando, el hechizo desapareció. El sonido del bosque regresó de golpe. El río. Las hojas. El viento. La vida. Todo volvió. Y con ello desapareció también aquella intimidad absoluta que habíamos compartido.

Me quedé inmóvil unos segundos. Intentando procesarlo todo. Intentando comprender cómo era posible sentirme tan feliz y tan destrozada al mismo tiempo. Ella quería estar conmigo. Y no podía estar conmigo. Aquello era una crueldad digna de los dioses.

Faelidrin ya había empezado a caminar entre los árboles.

Yo la observé alejarse. Y comprendí que no podía seguirla en forma humana.

No en aquel estado. Necesitaba algo más simple.

Más instintivo. Más honesto. Mi cuerpo cambió antes incluso de terminar el pensamiento.

La magia recorrió mis huesos. Mis manos tocaron el suelo.

Y unos segundos después corría junto a ella en forma de loba.

El mundo se volvió olores. Sonidos. Movimiento. Mucho más sencillo. Mucho más soportable. Faelidrin me observó de reojo. Y comprendió inmediatamente por qué lo había hecho. No dijo nada. Simplemente aceptó mi decisión.

Y continuó caminando mientras yo trotaba a su lado. Como si aquel silencio fuera, por el momento, la única compañía que ambas éramos capaces de soportar.