La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIX - Aunque queramos #3
75%

Capítulo XXIX - Aunque queramos #3

No lo entendía. Le había confesado mis sentimientos.

Dos veces. Le había dicho que la amaba. Le había dicho que estaba enamorada de ella.

¿Qué más podía hacer? Y entonces comprendí algo.

Las palabras eran humanas. Incluso élficas.

Pero había otra forma. Una mucho más sincera.

Una que no podía mentir. Una que no podía disfrazarse.

Una que no podía ocultar nada. Mi energía.

La misma energía que me había permitido conocer parte de ella cuando me alimenté de Faelidrin.

La misma energía que me había mostrado su tristeza.

Su delicadeza. Su soledad. Su forma de amar el mundo.

Si ella sentía la mía... Lo comprendería.

Todo. Sin filtros. Sin errores. Sin interpretaciones. Tomé aire lentamente.

Y empecé a reunir energía entre mis manos. Sentí la sorpresa inmediata de Faelidrin.

— Siria...

No respondí. Seguí concentrándome. La energía acudió desde mi interior.

No como cuando me alimentaba. No como cuando utilizaba magia.

Aquello era distinto. Era yo. Simplemente yo.

La fui reuniendo poco a poco. Condensándola.

Dándole forma. Una esfera pequeña apareció entre mis manos.

Plateada. Luminosa. Viva. Pude sentir dentro de ella mis recuerdos.

Mis emociones. Mis miedos. Mis esperanzas.

Todo aquello que me convertía en quien era.

Y lo más extraño fue que sabía exactamente cómo hacerlo.

Nunca me lo habían enseñado. Jamás había practicado algo parecido.

Y aun así...Sabía. Como si alguna parte de Gilraen hubiera despertado.

Como si mi propia alma comprendiera algo que mi mente todavía no alcanzaba.

Aparté lentamente aquella esfera de mi pecho. Y la acerqué hacia Faelidrin.

La princesa élfica abrió los ojos con sorpresa. Una sorpresa auténtica. Profunda.

— ¿Qué estás haciendo?

— Quiero que me conozcas.

— Siria...

Retrocedió apenas un paso.

— Detente.

Negué con la cabeza.

— No.

La esfera continuó avanzando.

— Acepta esto.

— No es necesario.

— Sí lo es.

La energía flotaba entre nosotras. Su luz iluminaba suavemente nuestros rostros.

— Quiero que me conozcas.

Faelidrin parecía incapaz de decidir si estaba más preocupada o más impresionada.

— No deberías hacer esto.

— ¿Por qué?

— Porque es peligroso.

Su voz sonó más firme.

— Un enemigo podría descubrirlo todo sobre ti.

La observé. Y sonreí suavemente.

— Lo sé.

— Entonces no lo hagas.

— Tú no eres un enemigo.

Aquello la dejó inmóvil. Sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho. Pero ya no iba a retroceder. No después de haber llegado tan lejos.

— Tú eres mi hogar elegido.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el riachuelo parecía atreverse a interrumpirlo.

Vi algo romperse dentro de Faelidrin. No de forma dolorosa.

Más bien como una presa cediendo lentamente.

Como una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Sus hombros se relajaron. Apenas. Sus defensas descendieron.

Apenas. Y finalmente extendió las manos.

La esfera de energía avanzó hacia ella. Y la aceptó.

La luz desapareció lentamente entre sus dedos.

Faelidrin cerró los ojos. Yo contuve la respiración.

Porque ahora estaba viendo todo. Mi infancia.

Mi madre. Mis miedos. Rea. Las noches de soledad.

Mi transformación. El hambre. Séfora. Jazz.

Las veces que me había sentido rota. Las veces que había fingido estar bien.

Mis errores. Mis defectos. Mis inseguridades. Todo.

Y también aquello que llevaba intentando explicarle durante días. Lo que sentía por ella. No como palabras. No como declaraciones. Como verdad. Pura y desnuda.

Vi cómo pequeñas emociones cruzaban su rostro mientras recibía cada fragmento: tristeza, ternura, dolor, cariño y, finalmente, comprensión.

En algún momento sus labios temblaron ligeramente.

Y aquello me asustó más que cualquier otra cosa.

Porque Faelidrin nunca temblaba. Pasaron varios segundos.

O varios minutos. No lo supe. El tiempo parecía haberse detenido.

Finalmente abrió los ojos. Y vi lágrimas.

Lágrimas reales. Brillando en sus ojos marrones.

Mi corazón dejó de latir durante un instante.

— Faelidrin...

Ella me observó. Como si me estuviera viendo por primera vez. Como si acabara de recorrer cada rincón de mi alma. Y entonces habló. Con una voz tan baja que casi parecía romperse.

— Hay un problema.

Aquellas tres palabras me atravesaron el pecho. Porque ya conocía a Faelidrin lo suficiente para saber que no las habría pronunciado a la ligera. La observé. Ella seguía sosteniendo mi mirada.

Y por primera vez desde que la conocía no parecía una princesa. Ni una maestra. Ni siquiera una parte de Safel. Parecía simplemente una mujer obligada a decir algo que no quería decir.

— ¿Qué problema?

Faelidrin tardó varios segundos en responder. Como si estuviera escogiendo cuidadosamente cada palabra.

— Como sabes por tu padre y por tu madre... las relaciones entre especies diferentes están prohibidas.

Parpadeé. No era la respuesta que esperaba. De todas las posibilidades que habían pasado por mi cabeza... aquella no estaba entre ellas.

— Pero...

Fruncí el ceño.

— Parte de mí también es élfica.

— Sí.

Su voz sonó suave.

— Pero también eres humana.

Asentí.

— Y vampira.

Asentí otra vez.

— Y dragona.

Mi corazón empezó a hundirse lentamente.

— Y aún no lo sabes del todo...

Sus ojos se desviaron un instante.

— Pero también eres hada y sirena.

Aquello ya lo sabía. Séfora me había hablado de ello. Natasha también. Aun así, escucharlo de labios de Faelidrin lo volvió más real. Más pesado.

— Lo sé.