La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXIX - Aunque queramos #2
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Capítulo XXIX - Aunque queramos #2

Negué con la cabeza. Después descendimos lentamente hasta una zona donde las copas de los árboles estaban más cerca unas de otras.

Me posé sobre una rama. Jazz aterrizó junto a mí.

Durante unos segundos permanecimos allí.

Observando el bosque. Observando la mañana.

Y sintiendo cómo el momento se acercaba inevitablemente. Respiré hondo.

— Bueno.

— Bueno.

— Tengo que irme.

Jazz infló las plumas.

— Luego me cuentas.

— Luego te cuento.

— Todo.

— Todo.

Pareció satisfecho con aquella respuesta. Me acerqué un poco y le acaricié suavemente la cabeza con mi ala de murcielago. El pequeño jilguero cerró los ojos un instante. Completamente feliz.

— Gracias, Jazz.

— ¿Por qué?

Sonreí.

— Por ser mi amigo.

La alegría que recibí como respuesta fue tan intensa que casi parecía luz.

Y entonces volví a alzar el vuelo. Esta vez rumbo al claro.

Rumbo a Faelidrin. Rumbo a una conversación que llevaba demasiado tiempo evitando.

Y mientras avanzaba entre las copas de Safel comprendí algo.

Seguía teniendo miedo. Muchísimo. Pero ya no quería huir. Y eso era suficiente.

Alcancé el claro en apenas unos segundos. El viento silbaba alrededor de mis alas mientras descendía entre las copas de Safel. Durante un instante vi el riachuelo brillar entre los árboles como una cinta de plata y, más allá, la figura inmóvil de Faelidrin.

Mi corazón decidió inmediatamente que era un momento excelente para volver a ponerse nervioso. Demasiado tarde para echarse atrás.

Comencé la transformación cuando el suelo todavía quedaba lejos de mis futuros pies.

Ya no necesitaba concentrarme demasiado para hacerlo.

Simplemente ocurría. Las alas desaparecieron.

Los huesos cambiaron. El mundo volvió a adoptar proporciones humanas.

Y mientras descendía fui flexionando ligeramente las rodillas y los tobillos para absorber el impacto.

Aterricé limpiamente sobre la hierba. Sin tropezar.

Sin caerme. Sin acabar rodando por el suelo como me había ocurrido durante mis primeros intentos.

Una parte de mí se sintió orgullosa. Aquello también era aprendizaje. Aquello también era crecimiento. Como si aquella segunda naturaleza siempre hubiera estado allí esperando a despertar.

Me incorporé lentamente. Respiré hondo. Y recordé por qué había venido.

La conversación. La verdadera conversación.

La que llevaba demasiado tiempo evitando.

La que Faelidrin llevaba demasiado tiempo evitando.

Por primera vez estaba decidida a ser yo quien iniciara el tema.

Sin flores. Sin indirectas. Sin esconderme detrás de metáforas. Alcé la vista.

Faelidrin permanecía junto al riachuelo.

Aparentemente ausente. Aparentemente concentrada en observar cómo el agua saltaba entre las piedras.

Aparentemente. Porque ya la conocía mejor.

Sabía que aquello era una fachada. Una muy buena.

Probablemente una de las mejores que había visto jamás. Pero una fachada al fin y al cabo.

La princesa élfica podía parecer distraída mientras percibía absolutamente todo lo que ocurría a su alrededor.

Sabía que había escuchado mi llegada mucho antes de que aterrizara.

Sabía que había notado el momento exacto en que había iniciado la transformación.

Y probablemente sabía incluso que mi corazón estaba latiendo demasiado deprisa.

Lo que no sabía era si eso me tranquilizaba o me aterrorizaba más.

Durante unos segundos permanecí inmóvil observándola.

La luz de la mañana atravesaba las ramas y se reflejaba sobre el agua en pequeños destellos dorados.

El viento movía suavemente algunos mechones de su cabello negro.

Y, como siempre, parecía formar parte del paisaje más que una visitante de él.

Como si Safel la hubiera imaginado y después decidido convertirla en persona.

Tragué saliva. No. Esta vez no iba a quedarme mirándola en silencio. Esta vez había venido para hablar. Y pensaba hacerlo. Aunque mi corazón pareciera tener opiniones muy distintas sobre aquella idea.

— Buenos días, Faelidrin.

La princesa élfica apartó la vista del riachuelo y me miró. Durante un instante me pareció que algo cruzaba sus ojos. Algo rápido. Algo que desapareció tan deprisa que no fui capaz de identificarlo.

— Buenos días, Gilraen.

Gilraen. Aquella palabra cayó sobre mí como una pequeña piedra.

No Siria. No mi nombre. Mi título. La figura de la profecía.

La persona que debía salvar Iria. Una forma elegante de poner distancia entre nosotras.

Una muralla construida con una sola palabra.

Sentí una pequeña punzada en el pecho. No.

No iba a permitir que volviera a esconderse detrás de aquello.

No después de la fiesta. No después de la flor. No después de tantos silencios.

Faelidrin hizo un pequeño gesto hacia el sendero.

— Vamos a continuar con la lección de la flor.

Negué con la cabeza.

— Eso puede esperar.

La vi tensarse apenas. Muy poco. Pero lo suficiente. Continué antes de que todos mis miedos consiguieran detenerme.

— Primero tenemos que hablar.

Sus ojos se clavaron en los míos. Durante unos segundos no dijo nada. Parecía estar buscando la forma de decir algo. Quizá buscando una forma elegante de escapar otra vez. Quizá buscando cualquier tema de conversación relacionado con flores, árboles o gramática élfica.

Pero esta vez yo fui más rápida.

— Faelidrin...

Tomé aire. Y seguí adelante antes de que me fallara el valor.

— Lo que siento por ti no es el cariño que se siente por una profesora.

Su expresión permaneció inmóvil. Demasiado inmóvil.

— Es algo más.

Mi corazón latía con tanta fuerza que casi podía escucharlo.

— Estoy enamorada de ti.

El bosque pareció guardar silencio. O quizá fui yo quien dejó de escucharlo todo.

— Estoy enamorada de cada gesto que haces.

Tragué saliva.

— Y de los que no haces.

Vi cómo sus dedos se cerraban ligeramente. Continué.

— De cada palabra.

— Siria...

— Y de cada silencio.

— Siria...

— De tu paciencia. De tu forma de escuchar. De tu manera de caminar por Safel como si formaras parte de él.

La tensión en sus hombros aumentó.

— Siria.

— Y ya no quiero seguir fingiendo que no existe.

Entonces habló. Y sus palabras sonaron demasiado rápidas. Como alguien aferrándose a la primera explicación que encontraba.

— Son los efectos de la bebida de la Fiesta del Verano.

Negué inmediatamente.

— No.

— Todavía no piensas con claridad.

— ¡No!

La palabra salió más fuerte de lo que pretendía.

— La bebida no creó nada.

La vi apartar la mirada un instante. Solo uno.

— Lo único que hizo fue desinhibirme.

Volví a dar un paso hacia ella.

— Los sentimientos ya estaban ahí.

Y entonces ocurrió algo que jamás habría esperado. Vi miedo. Miedo real. No tristeza. No enfado. Miedo. Los ojos de Faelidrin se abrieron ligeramente. Y de pronto toda su serenidad pareció agrietarse.

— ¡CALLA!

La palabra resonó en el claro. Me quedé completamente inmóvil.

Porque nunca la había oído levantar la voz.

Nunca. Ni una sola vez. Por un instante pareció tan sorprendida por haber gritado como yo por escucharla.

Pero no se disculpó. No retrocedió. Al contrario.

Levantó ambas manos y comenzó a pronunciar palabras en un élfico que jamás había escuchado.

Antiguo. Mucho más antiguo que cualquier cosa que me hubiera enseñado.

Las sílabas parecían mezclarse con el viento.

Con el agua. Con las raíces. La magia empezó a acumularse a su alrededor.

— ¿Qué haces?

Ella continuó recitando el hechizo.

— Faelidrin.

— Calla.

Esta vez no gritó. Su voz volvió a sonar suave.

Pero había una urgencia enorme debajo de aquella calma recuperada.

Como si necesitara terminar aquello cuanto antes.

Las palabras élficas siguieron brotando de sus labios.

El riachuelo redujo su murmullo. Las hojas dejaron de moverse.

Y, poco a poco, una sensación extraña descendió sobre el claro.

Silencio. No ausencia de sonido. Algo mucho más profundo.

Un silencio mágico. Un silencio que parecía envolver el mundo. Finalmente el hechizo terminó.

La energía se desvaneció lentamente. Faelidrin soltó el aire despacio.

Como si hubiera estado conteniendo la respiración.

Y entonces, por primera vez desde que había llegado aquella mañana, me miró directamente.

No como maestra. No como princesa. No como alguien intentando esconderse. Simplemente me miró.

— He lanzado un hechizo de silencio.

Parpadeé.

— ¿Por qué?

Sus ojos se desviaron un instante hacia los árboles que nos rodeaban. Hacia el riachuelo. Hacia las flores. Hacia todo Safel. Y entonces comprendí algo incluso antes de que hablara. El bosque escuchaba. Siempre escuchaba.

— Mientras dure — dijo finalmente— ningún ser vivo podrá oír nuestras palabras.

Hizo una pausa. Su voz descendió todavía más.

— Ni nuestros pensamientos.

Y por primera vez desde que la conocía... Faelidrin parecía estar preparándose para decir algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

Observé a Faelidrin durante unos segundos.

El hechizo de silencio ya envolvía el claro.

Por primera vez desde que había llegado a Safel estábamos realmente solas.

Sin árboles escuchando. Sin flores curiosas.

Sin pájaros indiscretos. Sin el propio bosque prestando atención a cada emoción que cruzaba nuestras voces.

Y aun así... Seguía viendo duda en sus ojos.

No duda sobre lo que había dicho. Duda sobre algo mucho más profundo. Como si una parte de ella siguiera negándose a aceptar aquello.