Capítulo XXIX - Aunque queramos
Esta vez me despertó el sol del amanecer acariciándome los ojos.
No fue una voz insistente. No fue el hambre.
No fue ninguna preocupación. Fue simplemente la luz.
Una luz cálida y dorada que atravesaba las hojas del árbol-cabaña y dibujaba manchas verdes sobre mi rostro.
Parpadeé lentamente. Durante unos segundos permanecí inmóvil, suspendida entre el sueño y la vigilia. Escuchando.
El bosque ya estaba despierto. Las hojas susurraban unas con otras bajo la brisa de la mañana.
A lo lejos cantaban varias aves. El riachuelo cercano seguía entonando aquella melodía alegre y saltarina que parecía incapaz de callarse jamás.
Y entonces noté un pequeño peso sobre mi hombro.
Giré apenas la cabeza. Jazz dormía profundamente apoyado contra mí.
Una de sus alas estaba medio desplegada.
Las plumas se movían ligeramente con cada respiración.
Sonreí. Resultaba extraño. Hacía apenas unos días ni siquiera sabía que podía hablar con los pájaros.
Y ahora uno de ellos dormía sobre mi hombro como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Safel tenía aquella capacidad. Convertía lo imposible en cotidiano.
Convertía los milagros en costumbres. Y quizá por eso también me había enamorado allí.
La sonrisa desapareció lentamente. Faelidrin.
Su nombre apareció inmediatamente. Pero esta vez el pensamiento fue distinto.
No vino acompañado de vergüenza. Ni de aquel deseo absurdo de esconderme bajo las mantas vegetales del árbol.
No. Aquella mañana desperté con una convicción.
Hablaría con ella. De verdad. Sin flores intermediarias.
Sin margaritas orgullosas. Sin excusas. Sin fingir que no estaba ocurriendo nada.
Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas.
Demasiado tiempo intentando interpretar silencios.
Demasiado tiempo analizando cada mirada.
Cada gesto. Cada palabra. Y estaba cansada.
Si Faelidrin quería rechazarme de verdad, tenía derecho a hacerlo.
Y yo tenía derecho a saberlo. Pero si no era eso...
Si todo aquello era otra cosa... Entonces también necesitaba saberlo.
Porque la incertidumbre estaba empezando a doler más que cualquier respuesta posible.
Suspiré lentamente. Creo que me debo eso. Y creo que se lo debo a ella.
La observación me sorprendió incluso a mí misma. Porque era verdad. Faelidrin merecía algo mejor que una Siria escondiéndose detrás de flores mientras declaraba sus sentimientos indirectamente. Merecía honestidad. Aunque fuera incómoda. Aunque doliera. Aunque terminara mal.
También me di cuenta de otra cosa. De cuánto había cambiado.
De cuánto había evolucionado. Hacía no tanto tiempo, mi única preocupación era sobrevivir.
Intentar comprender la nueva naturaleza de mi existencia y conseguir llegar al día siguiente.
Y ahora… Ahora era capaz de pensar que tenía derecho a saber.
Que tenía derecho a enamorarme. Que tenía derecho a vivir. No solo a sobrevivir.
Volví a mirar a Jazz. Seguía dormido. Y entonces una idea acudió a mi mente. Una melodía. Una muy antigua. Una que conocía desde antes de recordar conocerla. Cerré los ojos. Y la envié suavemente a través del vínculo mental que compartíamos. No palabras. Música. Una nana.
Las notas flotaron despacio hacia la mente del pequeño jilguero.
Suaves. Cálidas. Protectoras. Y mientras lo hacía comprendí algo que jamás había entendido del todo.
Aquella canción. Aquella nana. Siempre había estado conmigo.
Desde niña. Desde mucho antes de conocer la verdad sobre mi madre.
Mucho antes de saber que seguía viva. Mucho antes de reencontrarme con ella. Y de repente lo entendí.
Aquella era su canción. La canción que Nimenessë me cantaba cuando yo creía que estaba muerta.
La canción que me llevaba en sueños durante las noches más difíciles.
La canción con la que una madre seguía cuidando a su hija incluso cuando no podía estar a su lado.
Sentí un nudo en la garganta: pequeño, dulce, doloroso y hermoso.
Jazz empezó a despertarse. Primero llegaron pequeñas emociones confusas. Después curiosidad. Después reconocimiento. Y finalmente, una explosión de felicidad.
— ¡Otra vez!
Reí suavemente.
— Buenos días, Jazz.
— ¡Ha sido una forma maravillosa de despertarse!
— Me alegro.
El jilguero dio un pequeño salto sobre mi hombro.
— ¿La has inventado tú?
Miré la luz filtrándose entre las hojas.
— No.
Sonreí.
— Me la enseñó alguien que me quiere mucho.
Jazz pareció aceptar aquella explicación inmediatamente.
Los pájaros eran extraordinariamente buenos aceptando las cosas importantes sin necesidad de analizarlas durante horas. Algo que yo claramente no había aprendido. El pequeño jilguero agitó las alas.
— ¿Volamos?
Y entonces comprendí que llevaba varios minutos pensando exactamente lo mismo.
Volver a volar antes de encontrarme con Faelidrin.
Necesitaba eso. Necesitaba viento. Necesitaba altura.
Necesitaba recordar quién era cuando el corazón se empeñaba en convertirse en un desastre.
Porque hablar con Faelidrin requeriría valor.
Y yo sospechaba que el cielo era el único lugar donde todavía podía encontrarlo con facilidad.
Sonreí.
— Sí.
Jazz prácticamente explotó de entusiasmo.
— ¡Sí!
Me acerqué a la abertura del árbol-cabaña.
La mañana se extendía sobre Safel en tonos dorados y verdes.
El bosque parecía infinito. Antiguo. Paciente.
Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir y estuviera dispuesto a esperar a que yo también lo descubriera.
Respiré profundamente. Después miré a Jazz.
— Vamos a volar.
Y por primera vez desde la Fiesta del Principio del Verano...sentí que quizá estaba preparada para afrontar lo que viniera después.
Volamos. Volamos durante horas como si no existiera nada más en el mundo. Como si no hubiera guerra. Como si Duncan no existiera. Como si las profecías, los destinos y las responsabilidades hubieran desaparecido por una mañana.
Jazz y yo atravesamos el cielo de Safel persiguiendo corrientes de aire invisibles.
Subíamos. Descendíamos. Girábamos entre las copas de los árboles.
A veces tan cerca de las ramas que parecía imposible no golpearlas.
A veces tan alto que el bosque se convertía en una inmensa alfombra verde extendida bajo nosotros.
Y durante un rato conseguí dejar de pensar. Algo que empezaba a parecerme un milagro.
Jazz realizaba piruetas imposibles con la naturalidad de quien había nacido para ello. Yo intentaba imitarlas. Con resultados discutibles.
— ¡Más rápido! —me transmitió en un momento.
— ¡Voy lo más rápido que puedo!
— ¡Puedes más!
Y, para mi desgracia, tenía razón. Descendí en picado entre dos enormes árboles y remonté el vuelo apenas unos metros antes de tocar las copas.
La sensación me arrancó una carcajada. Jazz respondió con una explosión de alegría.
Para él aquello no era una competición. Era un juego.
Y quizá por eso resultaba tan divertido.
Porque no importaba quién volara mejor. Importaba volar. Nada más.
Durante varios minutos nos limitamos a danzar entre las corrientes de aire. Sin palabras. Sin pensamientos complejos. Sin conversaciones incómodas. Y aun así estábamos comunicándonos constantemente.
Jazz giraba hacia la izquierda. Yo lo seguía. Yo ascendía. Él me imitaba. Era una conversación hecha de movimiento. Una lengua que no necesitaba palabras.
Y poco a poco fui comprendiendo algo. No estaba volando únicamente porque me gustara.
Estaba reuniendo valor. Cada corriente de aire calmaba una parte de mis nervios.
Cada metro ganado al cielo alejaba un poco mis miedos.
Porque sabía perfectamente lo que iba a hacer cuando llegara al claro.
Esta vez no iba a esconderme detrás de flores.
No iba a hablar indirectamente. No iba a fingir que todo estaba bien.
Hablaría con Faelidrin. De verdad. Mi estómago se tensó inmediatamente al pensarlo. Jazz debió notarlo.
— Has vuelto a hacer raro.
— No hago raro.
— Sí haces raro.
Suspiré.
— Estoy nerviosa.
— ¿Por la silenciosa?
— Sí.
El jilguero pareció considerar aquello durante unos segundos.
— Entonces vuela más.
Parpadeé.
— ¿Eso es un consejo?
— Claro.
— Es un consejo terrible.
— No.
La seguridad con la que lo dijo me hizo reír.
— ¿Y por qué volar más solucionaría nada?
— Porque cuando vuelas eres feliz.
Aquello me dejó callada. Porque era una respuesta absurdamente sencilla.
Y también completamente cierta. Durante unos segundos no respondí.
Simplemente seguí planeando sobre el bosque.
Notando el viento. El cielo. La libertad.
Y comprendí que quizá Jazz acababa de resumir algo que yo llevaba semanas intentando entender.
Cuando volaba dejaba de intentar ser quien los demás esperaban.
No era Gilraen. No era la elegida. No era una futura salvadora.
No era una estudiante. No era una enamorada confundida.
Era simplemente Siria. Y eso resultaba increíblemente descansado.
Seguimos volando un rato más. Hasta que finalmente algo cambió. La posición del sol. La inclinación de la luz. El color del cielo. Y comprendí que había llegado el momento. Reducí lentamente la velocidad. Jazz lo notó enseguida.
— Ya es hora.
— Sí.
La decepción atravesó el vínculo durante un instante. Pero desapareció tan rápido como había llegado.
— Te irá bien.
Sonreí.
— ¿Ahora eres adivino?
— No.
Una pausa.
— Pero la silenciosa te mira raro.
No pude evitar reírme.
— Esa sigue siendo tu prueba para todo.
— Porque funciona.