La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXVIII - Demasiado bosque #2
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Capítulo XXVIII - Demasiado bosque #2

Tenía toda la tarde por delante y no se me ocurría nada mejor que volar.

Quizá porque volar se estaba convirtiendo en mi refugio.

Quizá lo había sido siempre desde mi transformación.

Quizá porque allí arriba los problemas parecían más pequeños.

O quizá porque el cielo era el único lugar donde mi corazón conseguía descansar un poco.

Di un salto. Y mientras mi cuerpo abandonaba el suelo, la transformación llegó de forma natural.

Sin esfuerzo. Sin concentración. Sin siquiera pensarlo.

Mis huesos cambiaron. Mis alas aparecieron.

Y un instante después el viento me sostenía.

Sonreí. O al menos lo habría hecho si los murciélagos pudieran sonreír.

Aquello me hizo recordar a Natasha. La primera vez que la había visto cambiar de forma me había parecido algo imposible.

Sobrenatural. Inalcanzable. Y ahora yo también podía hacerlo.

Sin pensar. Como si siempre hubiera formado parte de mí.

La idea seguía resultándome extraña. Pero también agradable.

Batí las alas varias veces y ascendí por encima de las copas de los árboles. Después cerré los ojos. Escuché. No solo con mis oídos de murciélago. También con aquello que Faelidrin me había enseñado. Escuché al bosque. Al viento. A los pájaros. A la vida.

Y busqué una energía concreta. Caótica. Musical. Imposible de ignorar. Jazz. Lo encontré enseguida. Era difícil no encontrarlo. Su mente brillaba entre las demás como una campana sonando en mitad del silencio. Volé hacia él. Y cuando me vio, prácticamente explotó de alegría.

— ¡Siria!

— Hola Jazz.

El jilguero empezó inmediatamente a describir círculos alrededor de mí.

— ¡Has tardado muchísimo!

— Han pasado unas horas.

— ¡Muchísimo!

Tuve que admitir que para un pájaro probablemente sí. Volamos juntos durante unos minutos. Sin hablar demasiado. Simplemente disfrutando del aire. Hasta que finalmente llegó la pregunta inevitable.

— ¿Y bien?

Suspiré.

— ¿Y bien qué?

— ¡La silenciosa!

Claro. La silenciosa. Por supuesto. En lugar de explicarlo con palabras le envié imágenes. La flor. Mis sentimientos. La reacción de Faelidrin. Su huida. El final de la clase.

Jazz observó todo aquello. Y cuanto más observaba, más aumentaba su entusiasmo. Lo cual me pareció una reacción completamente absurda.

— Eso es bueno.

— ¿Bueno?

— Muy bueno.

— Jazz, literalmente salió huyendo.

— Precisamente.

Parpadeé.

— No entiendo tu lógica.

— Porque eres mala siendo pájaro.

— No soy un pájaro.

— Exacto.

Aquello, para él, parecía resolverlo todo. Continuó volando unos segundos antes de añadir:

— La silenciosa está confundida.

— Eso ya lo sé.

— Y asustada.

— Eso también.

— Y tú le gustas.

Casi me estampé contra una rama.

— ¿Qué?

Jazz pareció sorprendido por mi sorpresa.

— Es evidente.

— No es evidente.

— Sí lo es.

— Jazz.

— ¿Sí?

— No puedes saber eso.

La emoción que me transmitió fue algo muy parecido a la indignación.

— ¡Claro que puedo!

Y entonces añadió algo que me dejó pensativa.

— He preguntado.

— ¿Qué?

— He preguntado.

— ¿A quién?

— A las aves.

Me quedé completamente inmóvil en el aire.

— ¿Has estado investigando mi vida sentimental?

— Sí.

Lo dijo con tanto orgullo que no supe si reírme o desesperarme.

— Jazz…

— ¿Qué?

— Eso es rarísimo.

— No.

— Sí.

— No.

Decidí rendirme. Era inútil discutir con un jilguero convencido de tener razón.

— ¿Y qué te han dicho las aves?

Jazz pareció encantado de poder compartir sus descubrimientos.

— Nadie recuerda a la silenciosa con pareja.

Aquello llamó inmediatamente mi atención

— ¿Nadie?

— Nadie.

— ¿Nunca?

— Nunca.

Fruncí el ceño. Faelidrin era hermosa. Muchísimo. Inteligente. Paciente. Poderosa. Resultaba difícil imaginar que nadie se hubiera enamorado de ella. Jazz continuó.

— Los de su especie hacen algo raro.

— ¿Raro cómo?

— La reverencian.

— Bueno… es una princesa.

— Sí.

Una pausa.

— Pero también se apartan.

Aquello me sorprendió.

— ¿Se apartan?

— Sí.

— ¿Por qué?

La respuesta llegó cargada de sinceridad animal.

— Porque la silenciosa parece demasiado grande. No físicamente. Demasiado importante. Demasiado bosque.

Aquella descripción me golpeó inesperadamente. Porque entendí exactamente a qué se refería. Faelidrin no era solo una elfa. A veces parecía una parte de Safel caminando entre los árboles. Y quizá aquello intimidaba más de lo que yo había imaginado.

Jazz descendió unos metros antes de remontar el vuelo otra vez.

— Pero contigo es distinta.

Mi corazón volvió a acelerarse.

— ¿Distinta cómo?

— Te mira.

Aquello no parecía una respuesta. Pero para Jazz sí lo era. Y, extrañamente…Para mí también.

Seguimos volando durante horas. Haciendo piruetas absurdas. Persiguiendo corrientes de aire. Explorando rincones de Safel.

Y por primera vez desde la noche anterior, conseguí olvidarme durante algunos minutos de la vergüenza. Solo algunos. Pero suficientes.

Cuando finalmente el sol comenzó a ocultarse y las sombras crecieron entre los árboles, emprendimos el camino de regreso. Mi árbol-cabaña apareció entre las ramas poco después. Aterricé suavemente. Y entonces miré a Jazz.

— ¿Quieres quedarte?

La emoción que recibí fue tan intensa que casi me hizo reír.

— ¿Puedo?

— Claro.

— ¡Sí!

Parecía que acabara de ofrecerle el mayor tesoro del mundo.

El pequeño jilguero se acomodó inmediatamente entre varias ramas cercanas.

Completamente satisfecho. Yo entré en el árbol-cabaña.

Como cada noche. Pero aquella vez no me sentía tan sola.

Me acomodé sobre mi lecho vegetal. Y antes de cerrar los ojos, hablé en voz baja.

— Buenas noches, Jazz.

— ¡Buenas noches, Siria!

Después apoyé una mano sobre una de las paredes vivas del árbol.

— Buenas noches.

El árbol vibró suavemente. Contento. Agradecido. Y entonces comprendí algo. Había dos buenas noches más que deseaba dar. Una a Séfora. Y otra…otra a una elfa de cabello negro que ocupaba demasiado espacio dentro de mi corazón.

Cerré los ojos.

Y aunque no podía escucharme… Le deseé buenas noches igualmente.