La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXVIII - Demasiado bosque
69%

Capítulo XXVIII - Demasiado bosque

Llegué al claro y, para mi alivio, allí estaba Faelidrin. Esperándome.

Durante todo el vuelo había intentado convencerme de que quizá no aparecería. Que quizá enviaría a otro elfo. Que quizá encontraría cualquier excusa para evitar verme después de lo ocurrido durante la Fiesta del Principio del Verano.

Pero allí estaba. De pie junto al riachuelo. Con aquella belleza imperfecta que tanto me gustaba. El cabello negro cayéndole sobre los hombros. Las manos entrelazadas detrás de la espalda. Los ojos marrones que observaban el agua mientras esperaba.

Durante un instante me quedé suspendida en el aire observándola. Y sentí algo extraño. Alivio. Muchísimo alivio. Porque si estaba allí…significaba que al menos no me odiaba.

Aterricé sobre una raíz cercana. Mi cuerpo recuperó la forma humana. Noté inmediatamente cómo el corazón empezaba a latirme demasiado deprisa.

Faelidrin giró la cabeza hacia mí. Nuestros ojos se encontraron. Y durante una fracción de segundo pensé que iba a decir algo. Cualquier cosa. Un comentario. Una pregunta. Una referencia a la noche anterior. Incluso un reproche habría servido. Pero no.

— Llegas puntual.

Lo dijo en élfico. Como si nada hubiera ocurrido. Como si yo no la hubiera besado. Como si ella no hubiera desaparecido inmediatamente después. Como si la noche anterior no existiera. Y antes de que pudiera responder ya estaba caminando.

— Hoy continuaremos con las estructuras profundas del lenguaje antiguo.

Parpadeé.

— ¿Qué?

— Las estructuras profundas.

Siguió caminando.

— Hasta ahora has aprendido vocabulario. También gramática básica. Pero todavía piensas como humana cuando utilizas magia.

Me quedé inmóvil unos segundos. Esperando. Esperando que añadiera algo más. No lo hizo.

— Faelidrin…

— Ven.

Su tono seguía siendo tranquilo. Natural.

Demasiado natural. Y aquello empezó a ponerme nerviosa.

La seguí. Porque no tenía alternativa. Pero mientras caminábamos entre los árboles mi cabeza era un caos absoluto.

¿De verdad íbamos a fingir que no había ocurrido?

¿Eso era lo que estaba haciendo? ¿Fingir?

Intenté buscar algún gesto que me ayudara a entender qué estaba pensando.

Algo. Lo que fuera. Pero Faelidrin era desesperadamente buena ocultando emociones.

Más que cualquier humano. Más que cualquier vampiro.

Más incluso que Séfora. Y eso ya era decir mucho.

Llegamos a una pequeña zona cubierta por flores blancas. Faelidrin señaló una de ellas.

— Háblale.

Parpadeé.

— ¿Qué?

— Háblale.

Miré la flor. Luego la miré a ella. Luego volví a mirar la flor.

— ¿Ahora?

— Sí.

— ¿Y qué le digo?

— Lo que quieras.

Empecé a sospechar que la lección no iba sobre flores.

La observé unos segundos. Ella evitó perfectamente mi mirada.

Aquello confirmó mis sospechas. Sí estaba pasando algo.

Y sí estaba evitándolo deliberadamente. Me agaché frente a la flor.

Intentando concentrarme. Intentando escuchar.

Intentando hacer cualquier cosa que no fuera pensar en Faelidrin.

Lo conseguí durante aproximadamente cuatro segundos.

Después mi mente volvió al mismo lugar. Al beso.

A sus labios. A la forma en que se había apartado. A la expresión de sus ojos.

— No estás escuchando la flor.

Levanté la cabeza. Faelidrin seguía observándome.

— Lo intento.

— No.

Su respuesta fue inmediata.

— Intentas escuchar tus propios pensamientos.

Aquello me hizo fruncir el ceño. Porque tenía razón. Y empezaba a odiar muchísimo que siempre tuviera razón.

— Quizá porque tengo motivos para pensar.

— Todos los tienen.

— Algunos más que otros.

Silencio. Un silencio pequeño. Pero suficiente.

Vi cómo apartaba la mirada durante un segundo.

Solo uno. Y aquello me dio una pista. Estaba incómoda.

Realmente incómoda. Eso hizo que mi corazón latiera todavía más deprisa.

Porque Faelidrin nunca parecía incómoda.

Nunca. Era como descubrir que una montaña podía ponerse nerviosa.

— Faelidrin.

— La flor.

— Faelidrin.

— La flor.

La miré fijamente. Ella siguió mirando la flor.

Aquello era tan absurdo que estuve a punto de reírme.

La princesa élfica más serena de Safel estaba escondiéndose detrás de una flor.

Y cuanto más lo pensaba…Más evidente se volvía.

No estaba actuando como alguien indiferente.

Estaba actuando como alguien que no sabía qué hacer. Y aquello era muy diferente. Muchísimo.

Pero que ella no supiera qué hacer, que estuviera incómoda, no me daba las respuestas que necesitaba.

Y cuanto más intentaba concentrarme en la lección, más evidente se volvía que Faelidrin estaba escondiéndose detrás de ella.

Detrás de las palabras. Detrás de las flores.

Detrás del idioma élfico. Detrás de cualquier cosa que no fuera la noche anterior.

Suspiré lentamente. Y entonces tomé una decisión.

Si ella no quería hablar de lo ocurrido…

quizá podría hacerlo de otra forma. Me arrodillé junto a la flor.

Era una margarita. Sencilla. Hermosa. Pequeña.

Pero al mismo tiempo sorprendentemente compleja.

Como muchas de las cosas que estaba descubriendo en Safel.

Como muchas de las cosas que estaba descubriendo sobre mí misma.

Apoyé suavemente los dedos sobre la tierra cercana. Cerré los ojos. Y me dirigí a ella.

— Hola, hermosa flor.

Sentí inmediatamente su reacción. Orgullo. Un orgullo sencillo y luminoso. La margarita parecía muy satisfecha con aquella presentación. Y no pude evitar sonreír.

— Sí… creo que te gusta que te digan eso.

La flor vibró levemente. Complacida.

— Eres sencilla… pero también compleja.

La emoción cambió inmediatamente. Confusión. Y algo parecido a una protesta. Como si no estuviera segura de que aquello fuera un cumplido.

— Lo eres.

Busqué las palabras adecuadas.

— Tu belleza es sencilla.

Sentí aprobación.

— Pero sostener todos esos pétalos no debe ser sencillo.

La aprobación desapareció.

— Mantenerlos abiertos. Recibir la luz. Compartir espacio sin impedir que los demás reciban también esa luz.

La flor parecía cada vez menos convencida. Y aquello me hizo sonreír todavía más. Era increíble la cantidad de personalidad que podía tener una margarita.

— No es una crítica.

La flor seguía ofendida.

— Lo prometo.

Esperé unos segundos. La indignación disminuyó un poco. Solo un poco.

— Ser sencilla y compleja al mismo tiempo es algo hermoso.

La margarita pareció relajarse finalmente. Y entonces mis pensamientos empezaron a desviarse. Otra vez. Hacia donde siempre terminaban desviándose. Hacia ella.

— Mis sentimientos por alguien son parecidos.

La flor volvió a llenarse de curiosidad. Curiosidad enorme. Expectativa. Interés. Incluso una emoción parecida al entusiasmo. Era evidente que disfrutaba escuchando historias.

— Son sencillos.

Miré de reojo a Faelidrin. Seguía de pie cerca del riachuelo. Aparentemente concentrada en observar el agua. Aparentemente.

— Y complejos.

La margarita seguía escuchando.

— Sencillos porque me gusta estar con ella. Porque me hace sentir segura. Porque cuando está cerca me siento menos perdida. Porque me gusta escucharla hablar. Porque me gusta verla sonreír. Aunque sonría tan poco que casi parece un milagro cada vez que ocurre.

Noté algo. No en la flor. En Faelidrin. No se había movido. Pero tampoco estaba completamente inmóvil. Había una tensión nueva en sus hombros. Muy pequeña. Muy leve. Continué.

— Y son complejos porque también me enfada.

La margarita pareció desconcertada.

— Muchísimo. Tiene la costumbre insoportable de tener razón. Y de hacer preguntas cuando yo quiero respuestas. Y de responder preguntas con otras preguntas.

La flor pareció encontrar aquello bastante divertido. Yo también. Un poco.

— Y aun así…

Tragué saliva.

— Aun así, creo que es la persona más extraordinaria que he conocido.

El bosque pareció quedarse más silencioso. O quizá fue solo mi imaginación. La margarita seguía escuchando. Y yo ya no sabía muy bien si estaba hablando para ella. O para otra persona.

— Estoy profundamente enamorada de esa persona.

El silencio cayó de golpe. La flor se llenó de emoción.

Curiosidad. Alegría. Interés. Expectación.

Pero la reacción que realmente importaba no fue la suya.

Fue la de Faelidrin. Porque por primera vez desde que había comenzado la clase…

La princesa élfica dejó de fingir. Sus dedos se cerraron ligeramente.

Su respiración cambió. Y durante apenas un instante pareció olvidar cómo permanecer perfectamente serena.

Solo un instante. Uno. Pero lo vi. Y eso fue suficiente.

Faelidrin permaneció inmóvil varios segundos.

Demasiados. Como alguien intentando recuperar una calma que acababa de escapársele.

Cuando finalmente habló, su voz sonó completamente tranquila. Demasiado tranquila.

— La lección ha terminado por hoy.

Parpadeé. La margarita también pareció sorprendida.

— ¿Qué?

— Confío en que sabrás alimentarte.

Seguía sin mirarme. Y eso dolió más de lo que esperaba. Porque comprendí inmediatamente lo que estaba haciendo. Estaba huyendo. No del bosque. No de mí. De sus propias emociones. La vi girarse. La vi empezar a alejarse.

Y durante un instante estuve tentada de llamarla.

De obligarla a quedarse. De exigir una respuesta.

Pero no lo hice. Porque la expresión que había visto durante aquella fracción de segundo seguía grabada en mi memoria.

No parecía rechazo. No parecía enfado. Parecía miedo. Y aquello me confundía muchísimo más.

Me quedé sola junto a la orgullosa margarita. La flor seguía intentando averiguar el final de la historia. Yo seguía intentando averiguar exactamente lo mismo.

Me di cuenta de que me había quedado sola en el claro. Sola con mis pensamientos. Y aquello era peligroso. Porque cuando me quedaba sola demasiado tiempo, mi mente terminaba girando siempre alrededor del mismo tema. Faelidrin. Suspiré.