La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXVII - La canción lejana #2
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Capítulo XXVII - La canción lejana #2

El árbol vibró suavemente bajo mi mano. Calmándome.

Y entonces comprendí algo curioso. Safel entero parecía empeñado en sostenerme cuando me rompía un poco.

Los árboles. El río. Jazz. Séfora. Incluso Faelidrin, aunque fuera precisamente ella quien me había dejado hecha un desastre la noche anterior.

Abrí los ojos lentamente.

— De acuerdo — murmuré.

Jazz explotó inmediatamente en alegría.

— ¡Volemos!

No pude evitar sonreír.

— De acuerdo. Pero solo un rato. Tengo que asistir a mi clase con Faelidrin.

La emoción triunfal del pequeño jilguero atravesó el vínculo mental.

Y entonces añadió, completamente convencido:

— Perfecto. Así podrás seguir intentando conquistarla después.

Me llevé una mano a la cara.

— Por todos los dioses… voy a terminar recibiendo consejos amorosos de un pájaro.

Y lo peor era que Jazz parecía profundamente orgulloso de ello.

Volé un rato más junto a Jazz. Sin grandes conversaciones esta vez. Sin preguntas incómodas sobre Faelidrin ni estrategias absurdas de cortejo basadas en cantar más fuerte. Y, sinceramente… lo agradecí. A veces el silencio también podía ser compañía.

El pequeño jilguero revoloteaba cerca de mí atravesando corrientes de aire con aquella alegría despreocupada que parecía formar parte natural de él.

Subía. Bajaba. Giraba sobre sí mismo sin motivo aparente.

Como si el simple hecho de existir bajo el cielo ya fuera suficiente motivo para celebrar. Y quizá lo era.

Yo también empecé a relajarme poco a poco.

El viento atravesaba mis alas de murciélago mientras Safel se extendía bajo nosotros como un océano verde infinito.

Desde arriba, el bosque parecía eterno. Antiguo.

Vivo. Las copas de los árboles se mecían lentamente bajo la luz creciente de la mañana, y pequeños fragmentos dorados del sol naciente se derramaban sobre las hojas como si alguien hubiese dejado caer luz líquida entre las ramas.

Respiré profundamente. Volver a volar seguía sintiéndose como recuperar una parte de mí que había estado dormida demasiado tiempo.

Porque el cielo hacía algo extraño conmigo.

Allí arriba… todo dolía menos. La guerra parecía más lejana.

Duncan parecía menos inevitable. Y hasta mi corazón dejaba de sentirse tan roto durante unos minutos.

El aire convertía mis pensamientos en algo más ligero.

Más soportable. Y Jazz ayudaba. Muchísimo.

Porque para él no existían las guerras. No existían las profecías.

Ni los destinos. Ni las responsabilidades imposibles.

Solo existía el ahora. El viento actual.

La corriente actual. La canción actual. El insecto actual.

Nada más. Y quizá por eso estar cerca de él resultaba tan descansado.

Jazz no esperaba nada de mí. No necesitaba que fuera Gilraen.

Ni salvadora. Ni monstruo. Ni heroína. Solo otra criatura volando junto a él.

Durante un rato descendimos cerca de una zona donde el bosque se abría ligeramente y el viento ascendía con fuerza entre las copas. Jazz aprovechó inmediatamente la corriente para empezar a hacer piruetas completamente innecesarias.

— ¡Mira esto!

El jilguero giró sobre sí mismo tres veces en el aire antes de pasar peligrosamente cerca de una rama.

— Vas a matarte algún día.

— ¡Pero no hoy!

Eso me hizo reír otra vez. Empezaba a sospechar que Jazz era incapaz de sentirse triste más de cinco segundos seguidos. Seguimos volando. A veces juntos. A veces separados unos metros. Pero siempre cerca.

Y poco a poco empecé a notar cómo el peso de la noche anterior se volvía menos asfixiante.

No desaparecía. Ni mucho menos. Cada vez que pensaba demasiado en Faelidrin seguía sintiendo aquel nudo incómodo en el pecho.

Seguía recordando el momento exacto en que se apartó.

La confusión en sus ojos. La rapidez con la que huyó entre los otros elfos.

Pero ya no sentía únicamente vergüenza. Ahora también había otra cosa.

Una esperanza pequeña. Muy peligrosa. Porque Jazz había dicho algo que no conseguía quitarme de la cabeza.

“La silenciosa te mira distinto.”

Y, peor todavía:

“También estaba asustada.”

Las palabras del pequeño jilguero seguían girando dentro de mí mientras planeaba sobre Safel.

¿Y si realmente no había sido rechazo absoluto?

¿Y si Faelidrin simplemente… no sabía qué hacer con aquello?

La idea era tan esperanzadora que automáticamente intentaba destruirla cada pocos minutos antes de hacerme ilusiones absurdas.

Pero volvía igualmente. Una parte de mí recordaba perfectamente aquel instante.

El segundo exacto después del beso. Faelidrin no había parecido enfadada.

Ni disgustada. Ni fría. Había parecido desordenada.

Y quizá eso era todavía más peligroso. Porque significaba que yo también había provocado algo en ella.

El pensamiento hizo que mi vuelo perdiera estabilidad un instante. Jazz reaccionó inmediatamente.

— ¡Tus alas volvieron a hacer raro!

— No hacen raro.

— ¡Sí hacen raro! ¡Cada vez que piensas en la silenciosa!

— Jazz.

— ¿Sí?

— Voy a dejar de contarte cosas.

La emoción divertida del jilguero prácticamente explotó dentro del vínculo mental.

— ¡No lo harás!

Y, para mi desgracia, probablemente tenía razón.

El sol siguió ascendiendo lentamente sobre Safel.

La luz dorada del amanecer empezó poco a poco a volverse más clara y blanca, alejándose de aquella belleza suave de las primeras horas del día.

El bosque despertaba completamente ahora.

Cada vez había más movimiento entre las ramas.

Más aves. Más criaturas pequeñas. Más canciones.

Y entonces comprendí que ya debía haber pasado bastante tiempo.

Me detuve unos segundos sobre una corriente de aire cálido y observé la posición del sol.

Mi estómago se tensó inmediatamente. Faelidrin.

La clase. Jazz debió notar el cambio en mi ánimo porque descendió rápidamente hasta colocarse a mi lado.

— ¿Qué ocurre?

— Tengo que irme.

La decepción del jilguero fue inmediata.

— ¿Ya?

— Sí. Tengo clase con Faelidrin.

Aquello cambió completamente su emoción. Entusiasmo absoluto.

— ¡Perfecto!

— No veo qué tiene de perfecto.

— ¡Puedes seguir conquistándola!

Gemí mentalmente.

— Necesito enseñarte el concepto de sutileza.

— ¿Qué es eso?

— Exactamente mi problema.

Jazz no pareció preocupado por mi sufrimiento emocional. De hecho, parecía profundamente satisfecho consigo mismo. Descendió unos metros haciendo pequeños círculos rápidos en el aire antes de volver a acercarse.

— Recuerda volar bonito.

— No creo que así funcionen los elfos.

— Pues deberían.

No pude evitar reírme otra vez. Después reduje ligeramente la velocidad mientras observaba el bosque bajo mí. Podía regresar caminando. Sería más prudente. Más tranquila. Pero entonces recordé otra cosa.

“Cuando vuelas te mira distinto.”

Mi corazón reaccionó demasiado rápido. Miré hacia el cielo abierto unos segundos.

Después hacia la dirección donde se encontraba el claro de entrenamiento.

Y antes de poder arrepentirme… tomé una decisión.

Llegaría volando. Tal vez Jazz tenía razón.

Bueno, probablemente no sobre cantar más fuerte.

Pero quizá sí sobre otra cosa. Quizá esconderme solo empeoraría todo.

Además… volar era la forma en que más yo me sentía últimamente.

Más libre. Más completa. Más viva. Y si Faelidrin realmente me observaba diferente allí arriba…

entonces quería que me viera. La idea me puso nerviosa inmediatamente.

Muchísimo. Pero no lo suficiente para detenerme.

— Tengo que irme de verdad —le transmití a Jazz.

El jilguero revoloteó felizmente.

— ¡Luego me cuentas si funciona!

— Voy a arrepentirme muchísimo de haberte puesto nombre.

— ¡No es verdad!

Sonreí.

— No. No lo es.

Y entonces batí las alas con fuerza. El viento me envolvió inmediatamente mientras descendía entre las enormes copas verdes de Safel rumbo al claro donde me esperaba Faelidrin. O quizá no me esperaba. Y, honestamente… eso me ponía todavía más nerviosa.