La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXVII - La canción lejana
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Capítulo XXVII - La canción lejana

Por la mañana siguiente me despertó una voz dentro de mi mente. Alegre. Inquieta. Llenísima de energía.

— ¡Siria Siria Siria!

Gemí suavemente y me removí entre las hojas y mantas vegetales de mi árbol-cabaña.

— Mmm…

— ¡Siria! ¡Siria! ¡Es de día!

Abrí apenas un ojo. La luz del amanecer atravesaba las hojas superiores del árbol en tonos dorados y verdes.

El bosque ya había despertado completamente.

Podía sentirlo incluso sin abrir los ojos del todo.

Pájaros cantando. El viento moviendo ramas altas.

El riachuelo cercano danzando con aquella energía juguetona que siempre parecía demasiado feliz para existir tan temprano.

Y yo… yo quería desaparecer. Me acurruqué todavía más entre las hojas, escondiendo media cara contra el improvisado lecho vegetal.

— No quiero levantarme…

Al otro lado del vínculo mental sentí inmediatamente la confusión de Jazz. Una confusión rapidísima, nerviosa, imposible de separar del resto de emociones caóticas que siempre llevaba encima el pequeño jilguero.

— ¿Por qué?

Cerré los ojos con fuerza. Porque había besado a Faelidrin.

Porque Faelidrin me había rechazado. Porque ahora, después de aquello, entendía muchísimo mejor lo enamorada que estaba de ella.

Y porque lo peor de todo era que no podía culpar únicamente a la bebida élfica.

Sí, había perdido la cautela. Sí, seguramente jamás me habría atrevido sin aquella especie de licor mágico creado por criaturas claramente irresponsables.

Pero el sentimiento ya estaba allí antes.

Muchísimo antes. La bebida no había inventado nada.

Solo había abierto la puerta. Y ahora ya no podía fingir que aquello no existía.

Sentí un pequeño nudo en el pecho. Extrañamente físico.

Más fuerte incluso que el hambre vampírica de días atrás.

Faelidrin era hogar. La idea apareció clara dentro de mi cabeza y me hizo querer esconderme todavía más bajo las hojas.

No sabía exactamente cuándo había ocurrido.

Tal vez durante las lecciones junto al río.

Tal vez cuando me sostuvo al caer. Tal vez cuando comprendí que ella también se sentía distinta entre los suyos.

O quizá había empezado incluso antes, desde el primer instante en que la vi caminar entre los árboles como si el bosque respirara con ella. No lo sabía. Solo sabía que dolía.

Y Jazz seguía esperando una respuesta. Suspiré lentamente.

Intentar explicárselo con palabras humanas a un jilguero parecía imposible.

Así que hice lo mismo que otras veces. Abrí un poco mi mente.

Y le envié imágenes. La fiesta. Las luces flotando entre los árboles.

La bebida. Faelidrin. Mi corazón acelerándose cada vez que la miraba.

El beso. Y después… ella apartándose. Su frase.

— Has bebido demasiado.

La sensación de vacío posterior. El silencio.

El pequeño jilguero recibió todo aquello de golpe.

Durante unos segundos solo sentí desconcierto rápido y desordenado desde su mente.

Luego llegó algo completamente inesperado.

Diversión. No humana. No cruel. Pero sí algo muy parecido a una risa.

Una risa de pájaro. Si las emociones humanas eran fuego o agua, las de Jazz eran chispas saltando en todas direcciones.

— ¿Por eso te afliges?

Abrí los ojos lentamente.

— ¿Por eso…? Jazz, me rechazó.

El jilguero pareció todavía más confundido.

— ¡A mí me dicen que no muchísimas veces!

Parpadeé.

— Eso no ayuda demasiado.

— ¡Claro que ayuda! ¿Sabes qué hago yo?

Y entonces me di cuenta de algo absurdo. Era verdad. Precisamente me había fijado en él por eso. Por cómo perseguía incansablemente a otros pájaros cantando una y otra vez aunque lo ignoraran. Aunque salieran volando. Aunque claramente no funcionara. Jazz jamás parecía desanimarse demasiado tiempo.

— No… ¿qué haces?

La respuesta llegó llena de orgullo.

— ¡Canto más fuerte! ¡Y mejor! ¡Y hago piruetas!

No pude evitar que una pequeña risa escapara de mis labios. Ahí estaba otra vez aquella simplicidad brutal de los animales. Todo era más directo para ellos. Más sincero. Más vivo.

— Entonces… ¿yo debo cantarle?

La reacción de Jazz fue una explosión de diversión tan intensa que incluso sentí indignación.

— ¡No! ¡Tú no tienes plumas bonitas ni alas amarillas!

— Gracias, supongo…

— Debes hacer lo que hacéis vosotros para conquistar corazones.

Aquello me hizo hundir la cara otra vez contra las hojas.

— Ese es exactamente el problema, Jazz. No sé cómo hacemos eso.

Hubo una pausa breve. Luego una emoción de comprensión parcial.

— Ah. Eso sí es grave.

Volví a reírme. Muy suavemente esta vez.

Y me sorprendió descubrir que hablar con él realmente estaba ayudando.

Porque Jazz no entendía la vergüenza humana.

Ni las complejidades élficas. Ni los silencios incómodos cargados de significado.

Para él aquello era simplemente una criatura intentando acercarse a otra criatura. Y eso era todo. Nada más.

Durante unos segundos permanecimos en silencio. Bueno… en el equivalente al silencio que podía existir con Jazz, lo cual significaba sentir constantemente pequeñas emociones veloces rebotando dentro del vínculo.

Curiosidad. Impaciencia. Alegría. Hambre. Orgullo absurdo por haber atrapado un insecto hacía no mucho. Y entonces llegó otra pregunta.

— ¿Por qué te importa tanto?

La sencillez de la pregunta me golpeó más fuerte de lo esperado.

Abrí los ojos lentamente y miré las hojas sobre mi cabeza.

¿Por qué? Porque Faelidrin me entendía. Porque nunca me miraba como monstruo ni como salvadora.

Porque veía quién era yo debajo de Gilraen.

Porque cuando estaba cerca de ella dejaba de sentirme completamente rota entre especies.

Porque hacía que Safel pareciera menos extraño.

Porque su calma me tranquilizaba incluso cuando me desesperaba.

Porque sus pequeñas sonrisas me afectaban muchísimo más de lo razonable.

Y porque empezaba a sospechar que una parte de mí se había acostumbrado demasiado rápido a buscarla constantemente.

Tragué saliva despacio.

— Porque… cuando estoy con ella… me siento menos perdida.

La emoción que llegó desde Jazz fue inmediata. Comprensión sencilla. Muy sencilla. Pero comprensión al fin y al cabo.

— Entonces debes seguir volando cerca de ella.

Aquello me hizo sonreír tristemente.

— No creo que funcione así.

— ¿Por qué no?

Claro. Porque los pájaros resolvían las relaciones básicamente con cantar, volar bonito, insistir muchísimo. Y honestamente… empezaba a parecerme un sistema menos complicado que el nuestro.

Jazz siguió hablando antes de que pudiera responder.

— La silenciosa te mira distinto.

Mi corazón dio un salto desagradablemente fuerte.

— ¿Qué?

— Cuando vuelas.

Parpadeé varias veces.

— ¿Faelidrin me mira… distinto?

La emoción del jilguero se agitó rápidamente.

— Sí. Como si escuchara una canción lejana.

Aquello me dejó completamente inmóvil. Porque Jazz no mentía. No sabía hacerlo. Y porque la descripción era demasiado específica para ser inventada por un pájaro pequeño con el cerebro lleno de semillas y entusiasmo.

Me incorporé lentamente sobre el lecho vegetal. El árbol notó inmediatamente el movimiento y varias ramas se acomodaron alrededor de mí con suavidad. Jazz siguió transmitiendo emociones rápidas.

— Pero ayer también estaba asustada.

Eso hizo que mi pecho volviera a tensarse.

— ¿Asustada?

— Sí.

Una pausa breve.

— Como los animales cuando algo importante cambia.

Me quedé completamente quieta. Porque una parte de mí había interpretado la reacción de Faelidrin como rechazo absoluto.

Claro y definitivo. Pero otra parte… otra parte seguía recordando cómo había perdido la calma durante aquel segundo.

Cómo sus ojos habían dejado de ser completamente serenos.

Cómo se había marchado demasiado rápido.

Y ahora Jazz acababa de introducir una posibilidad peligrosísima dentro de mi cabeza.

Que quizá no había sido rechazo exactamente. Quizá había sido miedo.

La idea era tan esperanzadora que automáticamente desconfié de ella.

— Jazz…

— ¿Sí?

— Creo que tú entiendes las relaciones muchísimo mejor de lo que crees.

— ¡Claro que sí! Soy un jilguero excelente.

Aquello me hizo reír otra vez. Más fuerte esta vez. Y el árbol-cabaña vibró suavemente a mi alrededor, contento por el sonido. Me quedé quieta un instante al notar aquello. Safel realmente escuchaba. A veces olvidaba hasta qué punto.

Suspiré lentamente y terminé incorporándome del todo.

La luz del amanecer ya inundaba gran parte del bosque. Rayos dorados atravesaban las pequeñas aperturas entre ramas y hojas, llenando el interior del árbol-cabaña de reflejos verdes.

Jazz notó inmediatamente el cambio en mi ánimo.

— ¡Ya no estás escondiéndote!

— Todavía quiero esconderme un poco.

— Pero menos.

Y, para mi desgracia, el pájaro tenía razón.

Porque hablar con él había reducido ligeramente el desastre emocional dentro de mi pecho.

Solo ligeramente. Pero suficiente para respirar mejor.

Me acerqué despacio hacia la abertura del árbol-cabaña.

El bosque se extendía bajo mí, inmenso y vivo bajo la luz de la mañana.

Y entonces recordé algo terrible. Tenía clase con Faelidrin. Mi estómago se encogió inmediatamente. Jazz, por supuesto, reaccionó con entusiasmo absoluto.

— ¡Entonces ve! ¡Ve ya! ¡Ve a verla!

— Jazz, tú no entiendes la humillación.

— No sé qué es eso.

Claro que no. Los animales realmente eran muchísimo más libres emocionalmente que nosotros. Apoyé una mano sobre el tronco del árbol y cerré los ojos un segundo. Podía hacerlo. Podía actuar con normalidad. Probablemente. Bueno… quizá no con normalidad. Pero sí sin morir de vergüenza. Tal vez.