La sangre imposible (Gilraen 1) Capítulo XXXV - Entre palabras y silencios
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Capítulo XXXV - Entre palabras y silencios

Aunque todavía era mediodía cuando me dormí, no desperté. Ni por la tarde. Ni al anochecer. Ni cuando la noche terminó de extenderse sobre Safel.

Dormí durante horas. Muchas horas. Más de las que recordaba haber dormido jamás desde mi transformación. Incluso más de lo que solía dormir cuando todavía era humana. Mi cuerpo parecía haberse rendido por completo al agotamiento. Y, sinceramente, tampoco tenía fuerzas para impedírselo.

La energía de Faelidrin seguía recorriéndome lentamente, sosteniéndome donde mis propias reservas ya no alcanzaban. La sentía incluso en sueños. Como una corriente cálida que me impedía hundirme del todo.

A veces despertaba apenas unos segundos.

Solo fragmentos. Momentos borrosos entre un sueño y otro.

Una vez abrí medio ojo y vi cómo la luz del atardecer atravesaba las paredes vegetales del árbol-cabaña en tonos dorados.

Otra vez escuché lluvia muy lejos, sobre alguna zona del bosque.

Y en algún momento de la noche noté una presencia conocida cerca de mí.

Jazz. El pequeño jilguero se había acomodado sobre una rama junto al lecho.

Muy cerca. Demasiado cerca para alguien que normalmente parecía incapaz de permanecer quieto más de dos minutos seguidos.

Abrí apenas un ojo. Él también estaba despierto.

No revoloteaba. No cantaba. No hacía piruetas.

Simplemente estaba allí. Observándome. Vigilándome.

La emoción que me llegó a través del vínculo fue inmediata.

Preocupación. Y alivio al comprobar que seguía despierta.

— Hola… —murmuré.

— Hola.

Su respuesta llegó sorprendentemente baja.

— ¿Por qué estás despierto?

El jilguero movió ligeramente las plumas.

— Porque estás herida.

Parpadeé lentamente.

— Deberías dormir.

— Tú también.

Aquello habría sido una respuesta excelente si yo no hubiera estado intentando precisamente dormir desde hacía horas. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

— ¿Quién te lo contó?

Jazz agitó las alas apenas un instante.

— El bosque.

Claro. Debí haber imaginado que Safel entero ya lo sabía. Las flores. Los árboles. Las aves. Probablemente incluso algunas ardillas. Nada permanecía en secreto demasiado tiempo dentro de un bosque que escuchaba.

— Ya estoy mejor.

La emoción que recibí de Jazz fue extremadamente escéptica.

— No.

Tuve que admitir que tenía razón. Volví a cerrar los ojos.

Y cuando desperté de nuevo ya era madrugada.

El interior del árbol-cabaña permanecía casi completamente oscuro.

Las flores nocturnas brillaban débilmente entre las ramas exteriores.

Todo estaba en silencio. Incluso Jazz dormía.

Y entonces sentí frío. Un escalofrío pequeño.

Pero suficiente para hacerme temblar. Solo una vez.

Una única vez. No dije nada. Ni siquiera abrí los ojos.

Pero el árbol lo notó. Por supuesto que lo notó.

Safel siempre parecía darse cuenta de aquellas cosas.

Escuché el leve crujido de varias ramas moviéndose alrededor de mí.

Suave. Lento. Cuidadoso. Después sentí algo rozándome.

Hojas. Muchas hojas. Las más suaves. Las más cálidas.

Las ramas las acomodaron sobre mí poco a poco hasta cubrirme como una manta vegetal.

Protegiéndome. Abrazándome. Cuidándome. Abrí apenas un ojo.

El árbol vibró suavemente. Satisfecho. Como si acabara de resolver un problema extremadamente importante. No pude evitar sonreír.

— Gracias…

La vibración regresó. Pequeña. Contenta.

Y por primera vez desde el accidente me permití dejar de pensar.

Ni Faelidrin. Ni las leyes. Ni Gilraen. Ni el futuro.

Solo el calor de aquellas hojas. La respiración tranquila de Jazz cerca de mí.

Y la certeza de que, al menos por una noche, estaba a salvo.

Después cerré los ojos. Y el sueño volvió a llevarme consigo.

Por la mañana me despertó una voz. No la luz. No Jazz. No el bosque. Una voz. Una voz que no me despertaba nunca. Una voz que me encantaba escuchar. Una voz que habría escuchado durante horas sin cansarme jamás. Una voz que era música para mis oídos. La voz de Faelidrin.

— Buenos días.

Abrí los ojos lentamente. Durante un instante pensé que seguía soñando. La princesa élfica estaba sentada cerca de mi lecho de hojas. La luz de la mañana atravesaba las ramas superiores del árbol-cabaña y dibujaba reflejos verdes sobre su cabello oscuro. Parpadeé varias veces. Seguía allí.

— Buenos días… —murmuré.

Mi propia voz sonó terrible. Débil. Pastosa. Como si hubiera dormido durante una semana. Faelidrin pareció tranquilizarse ligeramente al verme despierta.

— ¿Cómo te encuentras?

Reflexioné unos segundos.

— Como si hubiera perdido una discusión contra una espada.

Aquello estuvo peligrosamente cerca de arrancarle una sonrisa. Peligrosamente cerca.

— Me alegra ver que sigues siendo capaz de hacer bromas.

— Yo no diría capaz.

Miré el techo vegetal.

— Diría que sobreviven por pura obstinación.

Esta vez sí apareció una pequeña sonrisa. Duró apenas un instante. Pero estuvo allí. Y mi corazón reaccionó de forma completamente ridícula. Faelidrin observó un momento la herida ya cerrada de mi cuello.

— He hablado con mi madre sobre el accidente.

Aquello consiguió captar toda mi atención.

— ¿Y?

— Y ha decidido que hoy no debes moverte de aquí.

Parpadeé.

— ¿Tiqueril ha decidido eso?

—Sí.

Una pausa.

— Y yo estoy de acuerdo.

— Traición.

— Realismo.

Sus ojos descendieron un instante hacia mis manos.

— Hoy haremos la lección aquí.

— ¿Aquí?

— Aquí.

Miré el lecho. Después la miré a ella.

— Me gusta esta nueva modalidad.

— No te acostumbres.

— Demasiado tarde.

La pequeña sonrisa regresó. Apenas un segundo. Suficiente. Intenté incorporarme un poco más. Mala decisión. El mundo giró inmediatamente. Faelidrin apoyó una mano sobre mi hombro.

— No.

— Solo iba a sentarme.

— No.

— Ni siquiera sabes lo que iba a hacer.

— Ibas a hacer algo imprudente.

Consideré discutirlo. Después recordé que probablemente tenía razón. Otra vez.

— Te odio un poco cuando haces eso.

— Lo sé.

A continuación, comenzó la lección. Y para mi sorpresa no continuamos con idiomas.

Ni con flores. Ni con combate. Faelidrin empezó a enseñarme magia élfica.

Magia antigua. Diferente. Mucho más sutil de lo que estaba acostumbrada.

No se trataba de lanzar energía. Ni de imponer la voluntad sobre el mundo.

Se trataba de escuchar. De convencer. De colaborar.

Como si la magia élfica no naciera del poder.

Sino de la relación. Las horas fueron pasando lentamente.

Y, en algún momento, sin que ninguna de las dos pareciera buscarlo realmente…

La conversación cambió. Empezó con una pregunta.

Una pregunta sencilla. Y terminó en el único lugar al que parecía dirigirse siempre el destino de Gilraen.

Duncan. El nombre cayó entre nosotras como una piedra arrojada a un estanque.

Y el ambiente dentro del árbol-cabaña cambió inmediatamente.

— Odio a Duncan.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Faelidrin levantó la vista de las hojas sobre las que estaba dibujando pequeños símbolos élficos.

— ¿Sí?

— Me ha arrebatado demasiadas cosas.

Noté cómo mi mano se cerraba sobre una de las mantas vegetales.

— A mi padre. Mi vida humana. Mi futuro.

La observé.

— Me obligó a convertirme en Gilraen.

Mi voz descendió un poco.

— Y ahora incluso amenaza con arrebatarme la posibilidad de estar con alguien a quien amo.

El silencio permaneció unos segundos entre nosotras.

— No debes permitir que Duncan ocupe tanto espacio dentro de ti.

Fruncí el ceño.

— Mató a mi padre.

— Lo sé.

— Destruyó mi vida.

— Lo sé.

— Entonces, ¿cómo puedes pedirme que no lo odie?

Faelidrin guardó silencio unos instantes antes de responder.

— No te pido que no lo odies.

Aquello me sorprendió.

— ¿No?

Negó suavemente con la cabeza.

— El odio existe por una razón. Igual que la tristeza. Igual que el miedo.

Sus ojos buscaron los míos.

— Lo que te pido es que no te pierdas dentro de él.

Aquello me dejó callada.

— Porque el odio siempre promete algo que nunca entrega.

— ¿Y qué promete?

— Que si lo alimentas lo suficiente dejará de doler.

Su voz fue apenas un susurro.

— Pero nunca ocurre.

Desvié la mirada hacia una de las paredes vivas del árbol-cabaña.

— No entiendo cómo tú no le odias.

Faelidrin tardó unos segundos en responder.

— ¿A Duncan?

Asentí.

— Destruye todo lo que toca.

Mi voz se endureció.

— Los humanos destruyen bosques. Los vampiros al menos conviven con ellos. Los elfos los respetáis más que nadie.

La observé.

— Y Duncan parece llevar al extremo contrario. Como si quisiera convertir la destrucción en una forma de vida.

Faelidrin bajó la mirada.

— Sí.

— Entonces, ¿cómo no puedes odiarle?

La princesa élfica permaneció pensativa.

— Porque he visto demasiado sufrimiento para creer que el odio puede curarlo.

El bosque susurró suavemente fuera del árbol-cabaña.

— No confundas eso con compasión hacia Duncan.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

— Lo detendría sin vacilar.

— Entonces...

— Pero una cosa es detener a alguien.

Hizo una pausa.

— Y otra convertirlo en el centro de tu vida.

Permanecí en silencio.

— Además...

La palabra llegó más suave.

— Si todo hubiera sido diferente quizá jamás habríamos llegado hasta aquí.

Mi corazón dio un pequeño salto.

— ¿Hasta aquí?

— Hasta Safel.

Su mirada no se apartó de la mía.

— Hasta este árbol.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

— Hasta esta conversación.

Sentí que mi enfado se debilitaba un poco.

— Eso sigue sin justificar lo que hizo.

— No.

Faelidrin negó lentamente.

— Y nunca lo hará.

La sonrisa desapareció.

— Pero tampoco permitiré que él decida quién eres.

Fruncí ligeramente el ceño.

— ¿Qué significa eso?

— Que Duncan convirtió a Siria en Gilraen.

Sus ojos se suavizaron.

— Pero depende de ti decidir si Gilraen termina olvidando quién era Siria.